La COP29, celebrada en Bakú, concluyó con un acuerdo climático ampliamente criticado por las naciones en desarrollo. El principal compromiso establece que los países ricos aportarán 300,000 millones de dólares anuales hasta 2035 para apoyar la transición energética y la adaptación climática de los países más vulnerables. Sin embargo, esta cifra fue calificada como un “insulto” por los países en desarrollo, que demandaban al menos 500,000 millones anuales.
Además, el acuerdo omite referencias explícitas a la salida de las energías fósiles, un retroceso respecto a la COP28 de Dubái, y limita las contribuciones de países como China o las naciones del Golfo a un carácter voluntario, lo que generó más tensiones.
Diego Pacheco, negociador boliviano, lamentó la falta de ambición del pacto y sostuvo que el “pago de la deuda climática es un derecho de los países del sur global”. Por su parte, el secretario general de la ONU, António Guterres, llamó a considerar el acuerdo como una base para avanzar en compromisos más sólidos en la COP30, programada para noviembre de 2025 en Belém, Brasil.
La COP29 dejó un panorama de insatisfacción y desafíos pendientes en la lucha global contra el cambio climático.




