Por: César A. Navarro Pardavé
Director Académico IESP FIBONACCI
Especialista en Procesos de Licenciamiento
La deserción estudiantil en los Institutos de Educación Superior no es solo un problema educativo; es un síntoma de las profundas desigualdades y fallos estructurales de nuestra sociedad. En un país donde las carreras técnicas representan una de las rutas más rápidas hacia la empleabilidad, el hecho de que miles de jóvenes abandonen sus estudios antes de culminarlos revelan una crisis que trasciende las aulas.
Causas: ¿culpa del estudiante o del sistema?
Es fácil culpar a los estudiantes por “falta de compromiso” o “desmotivación”. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Según datos del INEI, en 2023, cerca del 40% de los jóvenes que desertaron lo hicieron por motivos económicos. ¿De quién es la culpa cuando un estudiante debe elegir entre pagar el alquiler o asistir a clases? El costo de las pensiones, materiales, transporte y manutención crea una barrera insuperable para familias que viven con ingresos mínimos.
Pero las instituciones no están exentas de responsabilidad. Muchos programas no están diseñados pensando en las realidades de sus estudiantes. Horarios inflexibles, currículos desactualizados y una desconexión flagrante con las necesidades del mercado laboral hacen que los estudiantes no solo pierdan el interés, sino también la fe en que un título técnico les asegure un futuro mejor.
A esto se suma la falta de infraestructura y recursos en algunos Institutos que no cumplen con lo mínimo para prestar servicios educativos. Mientras los estudiantes luchan por aprender en aulas abarrotadas o laboratorios mal equipados o lo peor aún inexistentes, los discursos oficiales celebran “avances” que, en la práctica, son meramente cosméticos.
El desafío de culminar una carrera técnica en un país desigual y polarizado”
Hablar de culminar una carrera técnica en el Perú sin reconocer las barreras estructurales es, francamente, una hipocresía. La pobreza, que afecta a una cuarta parte de la población, obliga a muchos estudiantes a trabajar jornadas completas en empleos mal remunerados y sin estabilidad. Según cifras del Ministerio de Educación, más del 60% de los estudiantes técnicos trabajan mientras estudian, lo que reduce sus posibilidades de éxito académico.
Por si fuera poco, las carreras técnicas enfrentan un estigma social que no se puede ignorar. A pesar de ser vitales para la economía, muchas familias y los propios estudiantes ven estas opciones como una “segunda opción” o un “plan B”, lo que impacta su motivación desde el inicio y es que las familia, colegios, educación superior y la demanda laboral se dan la espalda sin intención de colaborar una con la otra a favor del desarrollo social y económico del País.
Hacia un cambio radical: ¿hay solución?
Resolver la deserción estudiantil no es cuestión de maquillar estadísticas o lanzar campañas de marketing. Requiere decisiones audaces y, sobre todo, voluntad política. Aquí bajo mi humilde experiencia planteo algunas alternativas de solución:
- Subsidios educativos directos. Beca 18 y sus variantes son insuficientes, basta de becas limitadas y burocráticas; se necesitan programas de apoyo financiero que lleguen directamente a los estudiantes más vulnerables para cubrir pensiones, materiales y transporte.
- Currículos flexibles y adaptados. Actualización de la normativa vigente, brindando autonomía a los Institutos para actualizar sus programas de estudio permitiendo la educación hibrida que permitan a los estudiantes trabajar sin abandonar sus clases.
- Promoción agresiva de las carreras técnicas. Es hora de cambiar el discurso social sobre la formación técnica. Esto incluye campañas que resalten el valor de estas carreras y su impacto en la economía. La universidad tiene una importancia relevante para el desarrollo País, pero los números y la demanda laboral actual, llaman a gritos a los egresados de los Institutos, se debe desterrar prejuicios sociales obsoletos.
- Infraestructura y recursos dignos. Las instituciones deben ser espacios que inspiren y motiven a los estudiantes, con laboratorios modernos, herramientas actualizadas y entornos de aprendizaje que estén a la altura de las exigencias actuales, siempre y en constante control del cumplimiento de las Condiciones Básicas de Calidad. A la fecha se han licenciado solo 105 de más de 700 Institutos, increíble que después de una década de emitida la ley 30512, se haya avanzado tan poco.
- Alianzas con el sector privado. Vincular a los estudiantes con prácticas remuneradas y programas de aprendizaje dual es clave para demostrar que su educación tiene un impacto tangible en su futuro laboral.
La deserción estudiantil no desaparecerá con soluciones superficiales o discursos optimistas. Se requiere una reforma estructural que no solo comprenda las causas, sino que también ataque las raíces de esta problemática. Porque cada estudiante que abandona su carrera representa no solo una historia inconclusa, sino también un talento perdido para el país. Y ese es un lujo que no podemos permitirnos.




