Por: Arlindo Luciano Guillermo
Soy lector desde antes de la adolescencia y hasta hoy no dejo de leer ni escribir. Presumo ser lector, pero no creo que tenga -lo reconozco- “competencias prácticas, lingüísticas y creativas” para ser poeta, narrador o crítico literario, pero sí comparto comentarios a través de una columna periodística que se publica puntualmente. Escribir es acto solidario con lo que se sabe, piensa y siente, una necesidad innata de comunicación, socialización, confrontación de puntos de vista. Nadie es dueño de la verdad. De lo que sí estoy consciente es que me ubico dentro de los “lectores activos con pensamiento crítico” que entiende lo que lee y cuestiona y disiente, que coincide y concierta. Nadie está en la obligación de ponerse de hinojos ante un libro ni ante su autor. Un libro fascina, atrapa como la miel a la abeja, embriaga repetidas veces, genera pasión y apología. Vargas Llosa podrá ser Premio Nobel de Literatura, pero es falible, polémico, discutible; no somos ovejas ni decimos chicheñó a todo. ¿Algo se le puede reprochar a Vallejo? Un mismo libro puede ser entendido de diversas maneras. Un libro puede ser apreciado, tolerado, leído heroicamente, alabado o, simplemente, rechazado por su nula empatía con el lector. Darle a un adolescente que lea el Quijote íntegramente es un despropósito. Si se le sugiere capítulos idóneos, que podría interesarle, se generaría una lectura atractiva. La familia y la escuela constituyen escenarios propicios para la lectura. No se puede esperar que los hijos sean lectores o muestren interés por la lectura y afecto por el libro, si los padres jamás leen ni compran un libro. El docente es líder, referente y ejemplo de lector, si no lo hace, qué podría exigir a los estudiantes.
Un viernes vi a un estudiante del colegio leyendo. Reconocí el título y a su autor: Las 48 leyes del poder de Robert Green. El libro contiene casos de conflictos históricos y políticos y el modo de resolverlos con astucia, inteligencia y estrategia. Es pariente cercano de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y El arte de la guerra de Tuz Tzu. No le pregunté por qué leía ese libro comprado en Crisol. Recordé: “Uno lee que lo que le interesa”. Semanas después lo vi con otros libros. Recientemente me contó que estaba leyendo Nexus de Yuval Noah Harari. “No es original, 25 soles”, me dice antes que le pregunté sobre el libro. Cuando José Alberto me dijo que le prestara la poesía completa de César Vallejo, le dije que no; lo más probable es que no me lo devuelva o lo maltrate. Pero le di la versión digital. Desde ese día le digo: “No te olvides de leer a Vallejo”. Le pregunté qué había leído de Vallejo. “La XVIII y LXV de Trilce; su madre y su prisión en Trujillo”. Me quedé boquiabierto. María Fátima es hija de abogados. “Mi hija lee los cuentos de Edgard Allan Poe en inglés”, me dice a la salida del colegio. En clases la vi leyendo un libro voluminoso. Me acercó y leo el título: Poesía completa de Alejandra Pizarnik. Le pregunto por la “poeta maldita” argentina y repite de memoria: “Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado / y mi corazón está loco / porque aúlla a la muerte / y sonríe detrás del viento / a mis delirios. / Qué haré con el miedo / Qué haré con el miedo. / Ya no baila la luz en mi sonrisa / ni las estaciones queman palomas en mis ideas / mis manos se han desnudado / y se han ido donde la muerte / enseña a vivir a los muertos”. Es un fragmento del poema “El despertar”, dedicado a León Ostrov, su psicoanalista. “Yo estoy leyendo Los ríos profundos de Arguedas”, me comenta Piero, hijo de un colectivero. Lo animo a que siga leyendo. “Los personajes son adolescentes como tú en un colegio internado de Abancay”, le explico. Angie abre los ojos cuando leo los poemas de Eguren y de Valdelomar. “Quisiera leer esos poemas en mi casa”. “Claro que sí”. Le envié, ese mismo día, la versión digital de la poesía de Eguren y Valdelomar. ¿Quién les ha motivado a leer literatura y ensayos políticos a estos adolescentes? ¡Yo no! ¿Por instinto personal o un paradigma cercano? Solo sé que leen sin que se les obligue ni pida una constatación en un examen escrito. Ahí tenemos casos de potenciales “ciudadanos lectores”.
El 10 de noviembre es el Día Nacional de la Biblioteca Escolar según la RM N°. 1795-78-ED; viene desde la dictadura militar de Morales Bermúdez. Una efeméride estratégica en el aprendizaje y las competencias lingüísticas de los estudiantes. La biblioteca es un recinto ad hoc donde se ofrecen libros a los lectores, ciudadanos ávidos de información y descubrimiento; no, cementerio de libros ni despensa de objetos anticuados ni bibliotecario sepulturero. ¿Realmente existe “biblioteca escolar” que merezcan los estudiantes? Las universidades sí cuentan con bibliotecas implementadas, especializadas, actualizadas (libros digitales, e-books). ¿Cuál es la frecuencia de visita a las bibliotecas escolares? ¿Qué libros leen los estudiantes? ¿Existe una bibliotecóloga que organiza, clasifica, fomenta y motiva la lectura? ¿Cuál es la contribución efectiva de la biblioteca escolar en la calidad de los aprendizajes y el desempeño docente? ¿Usan la biblioteca estudiantes y docentes? ¿Cuánto de presupuesto económico se destina anualmente para implementar y actualizar la biblioteca escolar? Es patético que el director de una escuela presente “sendos oficios” para la donación de libros. Un escritor hace esfuerzos homéricos para publicar su libro. Viene alguien y le dice: “Regálame tus libros para la biblioteca escolar”. Debería decir: “Señor escritor, véndame 50 ejemplares de su libro”. Eso es gestión educativa y respeto al escritor. Quiere implementar la biblioteca escolar con libros regalados. ¿Existe un criterio técnico para implementar una biblioteca escolar? ¿O los estudiantes tienen que leer lo que hay? La gestión no es “mendigar libros”, sino comprar libros según las necesidades de los estudiantes. Eso es un reto para los directivos de las escuelas. Para “bibliotecario mendigo” es suficiente Ricardo Palma. Los tiempos han cambiado.
Siempre que asigno una lectura -poesía de Vallejo, Neruda, cuentos de Arguedas, Cárdich o Ribeyro- escucho la infame frase: “No me gusta leer”. Respondo: “Nadie lee por gusto, sino por necesidad. Nadie come, respira o duerme por gusto, sino porque hay una urgencia”. A veces soy convincente, otras mastico mi amargura; a nadie se le puede obligar a leer. Creo en una sociedad de “ciudadanos lectores”, con autonomía de pensamiento, valientes para disentir, dignos de aceptar errores y enmendaduras. La inteligencia artificial se incorpora con rapidez en los quehaceres profesionales, técnicos, académicos, científicos y educativos. ¿Habrá menos lectores con la IA? ¿La información dependerá del Chatgpt? Un lector activo tiene tres competencias con los cuales actuará ante la IA: pensamiento crítico, autonomía de decisiones y creatividad para convertirse en el “amo de la IA”, no al revés. Es la ventaja de ser lector: escribir y pensar con libertad, discrepar con argumento, ver por dónde se dirige la falacia y el sofisma. Un lector es tan gambeteador y efectivo como Lamine Yamal. Soy lector, no aspiro a otro noble oficio ni exijo lisonjas.




