Por: Jacobo Ramírez Mays
Transitar por las carreteras y calles de nuestra ciudad se ha convertido en un gran peligro. Mientras nuestras autoridades parecen estar más preocupadas por hacer videos para TikTok, los baches crecen en cada calle ya lo largo de casi toda la carretera central. Viajar hoy en día es tan peligroso como enfrentarse a sicarios, extorsionadores u otros delincuentes. Parafraseando a Roberto Carlos, podemos decir que, cada día, en las carreteras, durante noches y madrugadas, los choferes tienen que hacer mil maniobras para evitar caer en un hueco, ya que las vías parecen haber sido bombardeadas y tienen más huecos que las cabezas. de quienes dirigen esta ciudad, quienes parecen más interesados en distraernos con fiestas o con peleas que, de tan teatrales, parecen premeditadas. Finalmente, sus líos terminan en abrazos y, seguramente, en besos.
Cuando uno quiere viajar, ya sea hasta Acomayo, por un lado, o hasta Ambo, por el otro, es recomendable buscar primero un sacerdote para confesarse o encomendarse a Dios, pedirle perdón por los pecados cometidos y salvar nuestra alma, ya que la parca. , escondida, puede estar esperándonos en cualquiera de esos kilómetros de huecos que hay en la carretera. De nuestro cuerpo no hay que preocuparnos, porque este tranquilamente puede caber en algunos de esos hoyos existentes. Me pregunto, ¿nuestras autoridades no saldrán de Huánuco? Les recomiendo ni siquiera una salida a Jancao, y verán los enormes huecos que encontrarán.
Desde hace algún tiempo, cada vez que subo a un colectivo, no sé si el conductor es un chofer o un trabajador de circo. Maneja como si fuera un equilibrista o malabarista en plena función. Mientras aspiro el monóxido de los vehículos que transitan por nuestra ciudad o trago polvo, mi cuerpo se balancea de un lado a otro, y entiendo que es por los huecos que me enloquecen, aunque siempre me han enloquecido. A veces, el carro rápido pasa por uno de esos hoyos y salta como un sapo, golpeando mi cabeza contra el techo. Después, con tristeza, observa los pocos pelos que quedan pegados en él. Otras veces, las llantas de un lado caen en algún bache, haciendo que el vehículo se incline y dé la sensación de volcarse. En esos momentos, disimuladamente me encomiendo a todos los santos y, cuando el viaje se normaliza, maldigo a todos los responsables que no hacen nada por arreglar el problema.
En ocasiones, se puede ver a algunos trabajadores tapando los huecos, no sé si con brea u otros materiales, pero su trabajo dura lo mismo que un equipo peruano en una contienda internacional. A veces, esos borrachitos de la esquina harían mejor ese trabajo. Como ni siquiera pueden hacer bien la tarea de tapar huecos, tengo un gato que se llama Vengador, y se los puedo prestar, ya que, cuando él tiene sus necesidades, tapa tan bien los huecos que nadie se da cuenta. Lo malo de mi mascota es que le gustan las conservas con sabor a ratas, y si va al municipio o al gobierno regional, es capaz de devorarse a las autoridades.
Por mi parte, cada mañana al salir de casa y cada tarde al regresar, me encomiendo a todos los santos que recuerdo, rezo a mi ángel de la guarda y me persigno ante cada nicho que veo a lo largo de la carretera. Para terminar, me pregunto: ¿hasta cuándo seguiremos así? Ojalá que el león que todos los huanuqueños llevamos en nuestro subconsciente despierte y reclamemos una ciudad con menos huecos y más ordenada. Es momento de que dejemos de estar como la primera escultura de ese felino en la plazuela San Sebastián: sin huevos.
Las Pampas, 07 de noviembre de 2024




