QUEREMOS TANTO A SAMUEL

Por: Arlindo Luciano Guillermo

En “Casa para escribir”, del poemario de Claro a oscuro, Samuel Cárdich escribe: “Una casa para escribir con los míos y de lo ajeno, / en un lugar donde no lleguen cartas / porque el más lejano estaría próximo en volver. / Lo imagino: un solista en una casa rústica / un poco apartada del mundo / para saber más del mundo, tocando, / como en un piano, / las teclas de la vieja máquina de escribir”. Para Samuel la escritura de poesía es un oficio “apasionado y mortal”. Los poemas “La madre” y “El hijo”, un par de notables monólogos complementarios, son de antología universal. La madre (doña Arsenia Ampudia, a quien conocí cuando ella vivía en el Jr. Dos de Mayo, frente al antiguo local de la Facultad de Educación) dice: “Soy el guardagujas y elijo tu ruta / que te lleve hacia la estación abierta. / Y hablas de estar solo. Pide y en un segundo / pongo a un niño en mi boca o la charla / salina de algún viejo navegante, / susurros y hechos de mil vidas para ser a pausas / la multitud que te cautiva: y te hablo como un canto”. El hijo le responde: “Mas sosiégate, aunque turbia y azarosa sea la ruta / entre mil caminos, encuentro / siempre la vía de mi hogar antiguo: tu regazo. / Una y otra vez, tú eres mi lugar. / Lo sabes por ti: dos pasos adelante / y dos atrás, y por los flancos, como un batallón / me cierran tus escudos. / Si estoy bebido / eres el otro ebrio que me echa el brazo para no caer”. Y esa extraordinaria parábola de la amistad sincera y concreta. Ahí están su esposa Georgina y sus grandes amigos Zein y Esteban. Al paciente [Samuel Cárdich] le llega “una canasta llena se rosas”. “… son muchas rosas / para un solo hombre o es uno de los momentos / más gratos de mi vida (…)  y no sé qué decir pasmado / por tanta belleza, que, en forma de rosas, / me ha traído la amistad”. La grandeza de Samuel es su amistad transparente, sin condiciones ni intereses mezquinos. La poesía de Samuel siempre va a estar erguida como los tres jircas centinelas de la ciudad y dinámico como el río Huallaga. En mis años mozos bebí excéntrico en un bar, que hoy ya no existe, en el Jr. Dámaso Beraún, leyendo el poema “Nocturno”, incluido en Hora de silencio.  Subí agilísimo de un salto a la mesa, exigí atención a los bohemios y repetí de memoria: “Tengo el corazón sumerso / en un lago de penumbras, / la memoria sitiada / por los ecos insomnes de la ausencia, / un vértigo hacia el ocaso / en el circular trote del horario, / la innumerable herencia de la sangre / teñida por el negror del luto”. Unos pocos aplaudieron, los demás dejaron de mirarme y continuaron bebiendo. En Poesía reunida (2022), este poema, de 13 versos libres, tiene ligeras modificaciones: la palabra “sumerso” ha sido reemplazada por “hundido”, se corrige ortográficamente “segada” por “cegada”. 

Amigo Samuel, ciudadano Samuel, poeta Samuel, escritor Samuel; todo junto, en correcta coherencia, es Samuel Armando Cárdich Ampudia. Yo le digo Chamo o por sus siglas SACA. Cada vez que me comunico con él, le digo literalmente: “Hola, Chamito, llamo para echarte de menos”. Él siempre me contesta: “Estoy bien, aunque con los achaques de la edad”. Reímos placenteramente. Replico: “Tienes para rato, compadrichi”. Hace poco estuvo en UCI y ahora está fuera de ella. Siempre tomamos café, largas charlas, no hay tema ni agenda establecidos; todo fluye espontáneamente, como los sanos sentimientos, pero terminamos hablando de nosotros, de la amistad, de las ingratitudes, de las adversidades, de lo importante que es ser un “amigo incondicional”. Alguna vez le dije, en el cumpleaños de Mario Malpartida: “Samuel, la política no debe enemistarnos ni quitarnos amigos. La política es efímera; la amistad dura para siempre”. Meses antes habíamos tenido un desliz político. Nos abrazamos, reímos e hicimos un brindis con cerveza. Ese día -7 de diciembre- fuimos los invitados más felices de la fiesta.

Samuel vivía muy cerca de mi casa del Jr. Abancay, esa calle paralela al Jr. José Olaya, donde hoy se ubica el hospital de EsSalud en Amarilis. Éramos vecinos sin saberlo. Así que cuando nos conocimos empezamos a frecuentar para cumplir el rol obligatorio de bohemio y poeta. Él tiene 77 años; yo, 58. Hay atravesamos una vida reposada, serena, cuidando la salud. Ya no somos bohemios, sino cafeteros de extensas jornadas. Fue mi profesor en la universidad. Con él tuvimos acercamiento a la poesía del Renacimiento italiano y, por extensión, español. Recuerdo que leímos los sonetos de Petrarca; ahí supe que se podía inventar un nombre de mujer para camuflar la identidad de un “amor platónico” o una “Dulcinea del Toboso”. Lo primero que leí de Samuel fue el poemario Hora de silencio, que me lo obsequió autografiado, que despareció por arte de magia de mi biblioteca; era 1986. Ese libro lo llevaba debajo del brazo adonde sea. Lo leía y releía sin fatiga. El siguiente fue Malos tiempos, su primer libro de cuentos. Reía a carcajadas con “La carta poderosa” y “Un ángel bajado del cielo”, pero también se notaba una gran innovación en el modo de contar historias: el monólogo, personajes femeninos, escenarios urbanos y lenguaje lejos de la tradición y el cuadro de costumbres. Ya había hecho su aparición en el escenario literario y cultural de Huánuco la Agrupación Cultural Convergencia (1983) y se publicó Tres en raya (1985). A partir de entonces, Samuel no ha dejado de escribir cuentos, novelas y poesía para niños, adolescentes y adultos. “El mejor gesto de solidaridad con Samuel es leer y comprar sus libros”, me dice Rubén Valdez. No soy especialista -menos crítico literario- de la narrativa y poesía de Cárdich, pero sí su lector compulsivo. He leído, prácticamente, todo lo que ha publicado. Recientemente presenté El corazón ardiente del estío (poesía erótica) y comentado el libro de cuentos ¿Y?

Siempre le deseo salud, vitalidad para escribir y valor para seguir publicando. Cuando edita un nuevo libro le agradezco como un niño por un regalo a Papa Noel. Samuel Cárdich merece aprecio y actos de solidaridad de sus amigos, lectores y de gente anónima. La poesía de Samuel es muy valorada por los críticos literarios y apreciada y admirada por sus lectores. Sé que pronto volveré a tomar miles de tazas de café en el Cabrera donde nos reunimos con los amigos para tertuliar sobre la vida diaria, los quehaceres literarios, rutinas profesionales y anécdotas domésticas. Los amigos son la sal de la tierra, sin ellos la vida está incompleta. Samuel es un amigo que sabe entregar amistad sincera, que también la plasma en su poesía, que exuda transparencia, vitalidad, testimonio y una actitud de rebeldía contra la realidad injusta y monótona. “Usted es un roble, compadrichi”, le escribí. El padre Juan López me dice que pronto estará en Huánuco; su hijo Adriano me lo reafirma. Te espero, Samuel, para “chismear”, como solemos decir, sacarle el jugo a la vida y sus circunstancias. Ahí seguramente nos dirás que ya estás por publicar otro libro más. Tú sabes sacarle provecho a la vida para convertirla en poesía. Así escribiste Blanco de hospital. Yo aquí, paciente, en Huánuco, sigo leyendo tu poesía.