Por Arlindo Luciano Guillermo
“La gente hace cosas malas por falta de sabiduría, no por ignorancia”, dice Sócrates. La frase “amo y esclavo” lo escuché a Jorge Luis Borges; le corresponde a Marco Aurelio, el “filósofo con actuación política”. En una sociedad consumista, crematística, impulsiva, donde es más fácil odiar que amar, donde la sinceridad trueca en impostura por alguna rencilla endeble, donde escasean oportunidades para el “decente de actitud” y beneficios a montones para bribones, donde cuesta sonreír y “normal” despreciar con lenguaje no verbal, de crisis moral y de identidad y pérdida del rumbo del bienestar, el estoicismo se abre camino como una necesidad de sobrevivencia y un estilo de vida para conservar la sensibilidad, la razón y el autogobierno de sí mimo. La línea divisoria entre la coherencia y la anomia social es casi invisible. Será tal vez cierto que para ejercer una carrera profesional con éxito y efectividad hay que dejar la moral a buen recaudo en la casa familiar. Da lo mismo mentir que decir la verdad, disfrazar una falacia, incurrir en demagogia para engatusar, apelar a la habilidad verbal y lógica para el uso del sofisma y fabricar una patraña donde existe una certeza. El sábado pasado me llama un amigo y me cuenta que está en la Alameda de la República haciendo las compras de la semana. “Hago lo que me gusta”, dice feliz. De los libros, la intelectualidad y la opinión pública desciende a las veredas y al pavimento donde la gente se confunde entre vendedores y compradores. “Cocinaré caigua rellena y caldo verde con queso”. En ese contexto escucho una conversación titulada Estoicismo: una filosofía de vida (BBVA) de Massimo Pigliucci, profesor de Filosofía en el City College de Nueva York, doctor en Genética y Biología Evolutiva. Reviso rápidamente las Meditaciones de Marco Aurelio para iluminar mi percepción sobre el estoicismo. Un docente con control emocional, en situaciones de crisis y ejercicio de la paciencia en el aula con estudiantes, es un estoico. Ese profesor termina la clase satisfecho y alegre porque ha sabido controlar sus emociones, ha utilizado la razón y se ha alejado de la tentación del maltrato verbal y físico en el que podría haber incurrido. El docente no solo transfiere información, sino también despierta curiosidad e inspira carácter.
Hoy vivir correctamente -sin presumir de paradigma ni perfecto- es un desafío diario; la tentación a la transgresión de la norma o la ética ronda como un tiburón a su presa. Massimo Pigliucci afirma que el estoicismo es una filosofía de vida con metafísica (modo de ver el mundo) y ética (cómo se actúa en ese mundo). Según los estoicos hay dos tipos de emociones: las disruptivas (negativas: odio, enojo, envidia) y constructivas (afecto, filantropía, autoestima, autoconocimiento). La meta del estoicismo, como práctica y método, es minimizar, empequeñecer y disipar las emociones disruptivas; alejarse de las emociones negativas y acerarse a las positivas. Eso mejoraría la calidad de la vida personal y social. Un estoico puede ganar 15 mil soles mensuales, vivir en una mansión, disponer de bienes. El problema no es el dinero, sino en qué y cómo lo usas. El rol del dinero no es hacer felices a los poseedores, sino atender sus necesidades. Hay dos palabras japonesas cercanas al estoicismo: ikigai (razón de vivir, propósito de vida, misión, sentido de la vida, para qué vivo) e ichigo-ichie (una vez, una oportunidad, lo que haces hoy nunca se repetirá, vive hoy como su fuera el último día de tu existencia). El estoicismo es una filosofía antiestrés en una sociedad hiperactiva, multitasking o multitarea (muchas cosas a la vez y ninguna bien), de networking (red de contactos con fines laborales, comerciales o financieros; no es lo mismo que Facebook), de autoaceptación y actuación racional en momentos apacibles y en conflictos catastróficos. El roble jamás producirá rosas ni frutos comestibles, sino madera dura, sombra al peregrino y cobijo a las aves; ese es su trabajo en la naturaleza.
¿Cómo asumir una actitud práctica del estoicismo? Primero, aceptar que algo no hacemos bien. Si estamos enganchados a ciertas “transgresiones capitales” (envidia, soberbia, codicia, egoísmo) es una alerta. Quien odia leve o con furia es infeliz; la infelicidad es un demérito fulminante. Quien cree que posee la verdad tarde o temprano se frustrará cuando la realidad demuestre que es falible y errático. Quien se considera imprescindible, en el oficio que desempaña o el cargo que ostenta, debe saber que con él o sin él la rueda de la historia seguirá dando vueltas. Cristo y Buda han muerto, pero las parroquias y pagodas siguen repletas de feligreses, tienen continuidad con el papa Francisco y el Dalai Lama; si mañana se mueren, otros lo remplazarán. El poder político acaba, la embriaguez del poder pasa y llega la resaca y la cefalalgia, quien asciende a la cumbre con soberbia desciende como una piedra pesada hasta el llano; la consecuencia del poder enajenado es la soledad y el monólogo como el centenario dictador de El otoño del patriarca de García Márquez. En el ataúd, no caben bienes materiales ni joyas. Segundo, según Massimo Pigliucci, hacer lo siguiente: 1. pasear por un centro comercial y no comprar nada, hay cosas que no tienen urgencia: ¿un celular de alta gama es necesario?, ¿si no se celebra lujosamente la fiesta de quince años afecta a la familia y a la quinceañera? Yo voy a Crisol y no siempre compro libros, solo veo y me retiro; 2. nadie es inmortal, algún día vamos a morir. La muerte es inevitable, como anuncia el título del libro de Samuel Cárdich: La muerte puede llegar mañana. El joven será anciano; la belleza física pronto muda con el tiempo. Nadie tiene la vida comprada ni eterna; 3. mirar desde arriba, en perspectiva; nadie ha muerto después de un divorcio, un fracaso en los negocios ni cuando deja de ver a sus hijos. Nadie ve la inmensidad del mar mientras nada, pero sí desde un helicóptero. Marco Aurelio dice: “Recuerda, Alejandro Magno era más importante de lo que eres y aun así murió”.
Cuando encuentro un hallazgo en la lectura o escribo un párrafo inspirado, digo: “¡Eres un genio!”. Disfruto y ovaciono la satisfacción del logro esperado que demanda perseverancia. Hace poco destaqué en clases: “Jóvenes, vamos a hablar de dos poetas que no se comparan con Vallejo, no son más ni menos que él, pero tienen lo suyo: Martín Adán y Carlos Oquendo de Amat”. Pensé: “¡Eres un genio!” La cereza en el pastel: una estudiante concluyó que Vallejo se fue del Perú porque quería morirse en París, quería vivir en París, una ciudad cultural importante, y no estaba dispuesto a retornar a la cárcel”. Massimo Pigliucci, citando a Séneca -el otro estoico junto a Zenón de Citio, Marco Aurelio y Epicteto-, plantea que, antes de ir a dormir, debemos formularnos tres preguntas: ¿qué he hecho mal?, ¿qué he hecho bien?, ¿qué podría haber hecho de otra manera? Se aprende de la experiencia, autofelicitarse, reforzar el logro y replantear la estrategia. No todo se hace mal o bien. Hay derecho a la rectificación. El perdón sin arrepentimiento es falso e hipócrita. Ser un estoico, en el desempeño docente, es una tarea complicada.




