Yeferson Carhuamaca
Mi padre siempre fue duro como el clima de su natal ciudad, y tan caluroso en amor como la hoguera que teníamos dentro de casa. Las calles de mi infancia, esa donde la ropa mojada no amanece seca, sino congelada en una especie de escultura de hielo sólido, es donde mi padre me vio dar mis primeros pasos. Cuando iba creciendo, él, mi padre se convirtió en alguien que me enseñaba de todo, incluso hasta ahora tiende a enseñarme cosas sobre la vida, la electricidad, sastrería y albañilería; él como tantos otros padres dieron a sus hijos lo que nunca tuvieron en su niñez, él me dio un padre, ya que mi abuelo se fue cuando era muy pequeño, no porque quiso, sino porque Dios lo decidió así. En aquellas calles congeladas me enseñó de aquel deporte que hasta ahora practico, el futbol, todas las mañanas de los sábados nos levantábamos muy temprano y nos alistábamos con una casaca, pantalones acolchonados, un par de guantes de lana, una gorra con orejeras, las zapatillas y un balón de cuero.
Era una especie de entrenamiento matutino, en donde yo pateaba el balón algo duro y mi padre me lo devolvía, el la hacía de arquero y yo trataba de encajar un gol, además nos quedamos a ver las pichangas que se armaban en mi barrio, recuerdo que había muchos buenos futbolistas por esas épocas, todos salían de sus casas y las losas deportivas siempre estaban colmadas de gente, ya sea jugando o siendo espectadores. Cada vez que nos sentábamos a observar, mi padre, como buen profesor que siempre fue, me explicaba lo que tenía que desarrollar cada jugador dentro del campo, desde los delanteros y defensas, además de la importancia del arquero, me explicaba de ciertas jugadas para poder controlar el balón y habilitar al compañero más cercano, o defender sin cerrar los ojos, sobre todo que este deporte era para valientes, me decía que debía ser fuerte cuando hay que ir por el balón, el defensa siempre debe morir con el balón o con el jugador contrario.
Aún recuerdo la primera vez que me llevó al estadio Daniel Alcides Carrión, tuve una sensación de alegría, ya que iba a conocer un escenario deportivo de ese tipo, yo tenía recién mis ocho años, ya comprendía de cierta manera lo que era el deporte rey, y estaba preparado para ver por primera vez un partido oficial de futbol profesional, la fecha fue un domingo 26 de julio de 1998, el sol había salido como siempre para quemar y abrigar los corazones de los seguidores del Rodillo amarillo, ellos, que no dejaban de alentar desde los alrededores del estadio. Mi padre siempre me tomó de la mano, entonces por primera vez los vi cruzar, esa hinchada que sigue a todos lados a su equipo, tenía como apelativo: “Los blanquiazules”, mi padre me dijo que ellos eran la barra brava del mejor equipo del Perú, ese equipo era Alianza Lima.
Entramos al estadio, que estaba repleto de hinchas con las camisetas amarrillas del Unión Minas, se jugaba a las dos de la tarde, mi padre me sentó a su lado y me iba explicando todo lo que sucedía, el campo era una alfombra entre verde y amarrilla, los arcos eran muy grandes y los jugadores de ambos equipos estaban calentando. Recuerdo el rostro de mi padre con una sonrisa y emocionado, se frotaba las manos mientras pedía algo para comer, entonces los equipos empezaron a salir, todo era algarabía descontrolada, las pasiones me ponían la piel de viva emoción.
Recuerdo que toda esa emoción del público se apagó al minuto 44 del partido, casi para finalizar el primer tiempo el jugador Juan Jayo metió el primer gol, y la desazón se apoderó del estadio, pero mi padre a pesar de su enojo siguió alentando. Sin embargo, como diría él, el fútbol es como nuestro destino diario, y la vida cambia; a los 55′ llegó el empate gracias a Héctor Gallardo y luego a los 60 minutos volteamos el marcador gracias a Franklin Baldovino. Recuerdo la emoción y el abrazo que me dio mi papá Gerardo, el sol se ocultaba y eran las 4 de la tarde, el partido finalizó, pero jamás finalizará ese lazo que mi viejo creó, es su herencia que me queda para siempre.




