Por Jacobo Ramírez Mays
No voy a contar cuantos años tienes, solo lo mucho que eres. Cuando era niño recuerdo que muchas veces te sentaste a mi lado y, labrando el carrizo como solo tú sabes hacerlo, me armabas cometas. Tus favoritas eran las pavas, las cuales los hacías con la misma emoción que te he visto hacer todas tus cosas. En una oportunidad, después de prepararla me llevaste a la pampa de Puelles y juntos la volamos. Ese día, recuerdo como si fuera hoy, escribiste algo en un papel, hiciste un hueco al centro y lo pasaste por el ovillo de pabilo y, moviendo tu muñeca hiciste subir tu carta. Me dijiste: «Si llega hasta donde está la cometa mi deseo se cumplirá». Los dos mirábamos cómo la pequeña misiva subía por el hilo hasta que se topó con la base de la cometa, entonces diste un grito de alegría, me pasaste el ovillo y me dijiste que lo siga volando.
Como el Goshpo se molía el lomo trabajando por nosotros, muchas veces no tenía tiempo para hacer sus tareas; entonces tú te sentabas en el poyo que había en el patio y resolvías, primero los problemas matemáticos; luego sacando lápiz y borrador resolvías los otros cursos y, en donde ponías toda tu emoción y tu destreza era en los dibujos. Cuántas veces también hiciste mis tareas y yo, como buen farsante, cuando mis amigos y profesores celebraron mi supuesto arte, sacando pecho me despedía de ellos.
Cuando trabajabas en la “Colchonería el Profundo Sueño” (donde se acostaban dos y despertaban tres); fabricando colchones de barbasco, siempre que encontrabas el fruto del chuná, (producto que se parecía al higo) traías para que todos comiéramos.
Años después, llegaste a la casa de Huallayco manejando una pequeña bicicleta y anancando a una chica de cabello negro, era Carmen. Ella se convirtió en tu esposa y fruto de ese amor han nacido tus cuatro hijos Kike, Uli, Edu y Xavi a quienes has educado con el sudor de tu frente y de tus bigotes. Ellos ahora son la astilla de tal palo.
Pero la vida te ha golpeado muy duro y tú, que nunca te escapas de nada, le has puesto el pecho y ahí, los golpes de la vida han dado con tu corazón. Corazón que siempre has entregado, sin pedir nada a cambio, a todo aquel que se te acerca. En dos oportunidades, expertos se enfrentaron a tu pecho adolorido, lo abrieron, lo analizaron y encontraron, junto a las miles de arterias y millones de glóbulos, tus sufrimientos, tus dolores, tus pesares, tus angustias, tus desconsuelos, tus tormentas; pero también descubrieron pequeños corazoncitos que latían junto al tuyo.
Seguramente se confundieron, se miraron y se dieron cuenta que no podían hacer nada ante un corazón sufrido pero también amado. Lo que sí estoy seguro les llamó la atención fue un pequeño altar, que estoy seguro, tienes en tu pecho; en donde posan las figuras de tu esposa, de tus hijos, de tu madre y de tus hermanos, los médicos después tu corazón amado y adolorido cerraron tu pecho y dejaron tu gran altar iluminado.
Ahora, después de algunos años, una vez más esas manos expertas te abrirán el pecho, seguramente para ver cuánto han crecido esos miles de corazones que ahí habitan y para encontrar al fastidioso que no deja fluir tu sangre con ligereza. Seguramente lo encontrarán, entonces te librarán de ese dolor, sacarán al intruso, limpiarán el mal y el dolor desaparecerá y tu altar familiar comenzará a latir con más fuerza, el sol brillará con ímpetu sobre tu pecho y tu corazón se convertirá en el más deseado por muchos anticucheros.
Después de ello tu esposa, hijos, familiares, así como tus compadres, tus amigos y amigas te seguirán viendo moviendo tus bigotes y se alegrarán junto al Pasha de siempre.
Para terminar, hermano del alma, hoy que es tu cumpleaños, todos vamos a estar juntos contigo, cantando, bailando y, algunos seguramente bebiendo, hasta el amanecer.
Las Pampas, 23 de febrero de 2017.



