MAMÁ TOÑA

Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles

Mi madre teje al azul del cielo una mirada brillosa y alegre, sentada para la eternidad en el umbral de mi corazón. Desde los primeros lamentos, mi ángel que me cuidó y sembró en mí el amor más puro que alguien pueda recibir jamás, fuiste el viento y la sombra de mis primeros pasos, las yagas iniciales en mis rodillas cicatrizaron gracias a tus manos delicadas y a la vez más fuertes que madera de temido roble.

Me contabas historias de tu infancia y conmovido no sabía si reír o llorar, sentiste que tu corazón se partía por aquellos días lúgubres y ahora me dices que yo soy tu vida, tu eternidad. Abrazaste a mis hermanos y a mí en el frio y la noche de la ciudad más fría del mundo, pero tú eras esa estrella que siempre abriga y brilla en nuestros ojos.

Mamá Toña siempre fue una gran contadora de historias. Cuando era muy pequeña, ella no recuerda si tenía siete o nueve añitos, recorría los hermosos paisajes de su pueblito, este lleno de árboles de eucaliptos, rosales con abundantes rosas de varios colores, los caminos escoltados de geranios y árboles de cedrón. El cálido clima del pueblito de mi mamá era propicio para sembrar maíz, papitas, habas y capulí. Ella como todas las mañanas se preparaba para ir a una de las tantas chacras que poseía su familia, ella llevaba el almuerzo, así que debía salir muy temprano para llegar a la hora indicada, como siempre estaba dispuesta a recorrer extensos caminos hasta llegar al lugar donde los trabajadores y su mamá cosechaban. Ya por la tarde le encomendaron llevar a un burro algo viejo, este debía llevar un par de sacos hasta el pueblo.

Después de un largo tiempo, mi mamá y su burrito, según cuenta ella, se detuvieron a descansar, cuando de pronto un portentoso rayo iluminó el cielo de su pequeña comarca e hizo temblar un poco la tierra, el burro muy asustado y con el peso que llevaba trataba de correr buscando donde esconderse y mi mamá tratando de sujetarlo por la soga, se dio una batalla entre ella y el animal. El burro se acercó a una pequeña cuesta y resbaló por el peso de los sacos, dio dos vueltas y cayó cerca de un pequeño riachuelo, la lluvia se avecinaba y los ojos de mi pequeña mamá empezaban a llover. A pesar de la tristeza, de la tormenta, la soledad y de un burro herido casi muerto, mi madre, como siempre ha sido toda su vida, se puso de pie se secó las lágrimas, bajó la cuesta y desató al burro de los sacos que cargaba, y lo arrastró hasta el camino, desde ahí aún faltaba una regular distancia para llegar, a pesar de ello cargó al burro hasta la entrada de su pueblito, de donde unos paisanos la divisaron y la ayudaron, todos ellos estaban sorprendidos de la fuerza y la gran voluntad de esa pequeña guerrera.

Los días pasaron como los gorriones vuelan al horizonte, aún siento que mi madre conserva esa fortaleza, ese ánimo de bailar a pesar de la lluvia, de cocinar el charqui y las comidas más deliciosas que existen, de los consejos más apropiados y llenos de experiencia, aún la tengo a mi lado, para secar mis lágrimas en la lluvia de mi vida, ella sabe ser paraguas para no enfermarme y rociar aguardiente con sus benditas manos mi frente y secar la fiebre de mis preocupaciones, aún la tengo regañándome por salir y volver tan tarde a la casa, de mirarme como si me dijera que nunca su mirada fue tan idéntica a la mía.

Ella me enseñó a leer, contar historias e imaginar que no puedo estar solo si ella esta a mi costado, incluso sabe perdonarme tantas faltas y dolores que como todo mal hijo puede hacerle, sin embrago ese corazón blando y a la vez de acero, lo puede con todo, puede enderezarme y de un  grito me llamarme a comer, me avisa siempre que lleve mi chompita y que guarde algo para comer en el camino, ella puede con todo, incluso con este pobre tipejo que no sabe a donde más bajo llegar y a pesar de ello, su mano cálida me levanta, me arrulla como cuando era bebé y yo solo cedo ante lo que debe ser lo más cercano a la perfección de Dios, mi mamá Toña.