Por Yeferson Carhuamaca Robles
El sudor de los días apretados por los inquebrantables problemas son el final de todo inicio en la vida. La alarma de un reloj poco reluciente conduce a los ojos de Mauricio a despertarse y poder preparar su lonchera diaria, alistar su vieja bicicleta, ponerle aceite a la cadena, ajustar los frenos y ver cómo anda el clima esta noche. Los guantes negros, más los pasamontañas son sus seguros más caros para evitar un resfrío, su corazón en calma y su renacer diario en su propia y única sonrisa, lo motivan a seguir batallando en el campo de los infatigables que le llaman “vida”.
Esta noche, como otras tantas, al salir de su pequeño cuarto se persigna, espera que Dios lo acompañe, besa su rosario; su mirada puesta en la calle y sobre su movilidad conduce por un camino de una libertad y paz, que se confunden con el frío de la noche y las luces de postes quebrados, llenos de cables, ambiente de una rara soledad que huele a silencio y suspiros que albergan esta ciudad a las horas donde la mayoría empieza a dormir o acostarse.
Mauricio empieza su recorrido, se siente feliz porque ha comprado unas buenas habitas de don Pedrito que siempre está en una esquina cerca al Mercado Central y unos panes deliciosos de trigo de la señora Lucia que carga siempre en su canasta de paja de lugar en lugar y cada cierto tiempo trata a la gente de animarlos a comprar. Mauricio tiene su refrigerio para la noche, en su termo lleva agua caliente con un mate de coca. Él llega al mercado, tiene que firmar en don Lucho su asistencia al trabajo, don Lucho lo saluda con fuerte apretón de manos, le desea suerte y dice que sea otro día normal como todos, Mauricio le responde que solo será normal si el diablo duerme o Dios trabaje de madrugada. Hoy le toca cuidar las cinco cuadras del margen derecho del mercadillo, en donde se encuentran los puestos de ropas y es un lugar favorito para los dueños de lo ajeno.
Las horas pasan y los perros que vagabundean por estos lares empiezan ausentarse, los señores que recogen los cartones de cajas rotas y tiradas en las calles se retiran con los costales llenos, y también desaparecen bajo la tenue luz de los faroles viejos del este lugar. Mauricio mira su reloj, mientras pedalea cansinamente por las calles, el silencio casi se apodera de todo y el hedor de la basura empiezan ambientar la última cuadra en donde se encuentra un tiradero descomunal de basura. Esa calle es la última que debe vigilar Mauricio, él, en cada cuadra debe quedarse aproximadamente por diez minutos y luego seguir con su ruta y así repitiendo la secuencia hasta la llegada del amanecer.
Son casi las tres la mañana, Mauricio está en la cuadra donde hay un enorme cúmulo de basura, prácticamente es una pequeña duna de trapos, latas, verduras podridas, frutas y demás. Cuando de pronto aparece el camión recolector de desechos de la municipalidad y con él, unos trabajadores uniformados con mamelucos, son cuatro hombres que con sus guantes de cuero y algunas palas y escobas empiezan a lanzar la basura dentro de camión. Mauricio los observa trabajar, y se pone otra vez en marcha. De pronto, escucha el sonido de una moto y algunos cánticos casi incoherentes que son entonados a viva voz, se da cuenta que en una pequeña moto están cinco sujetos tabaleándose y que a una cierta velocidad lo adelantan y ve como se estrellan en el basurero.
Mauricio esboza una sonrisa que se convierte en risa, pobres cojudos, piensa y se mata a carcajadas. Luego de un momento ve como los trabajadores de limpieza los tratan de ayudar, pero finalmente los dejan ahí y se retiran. Mauricio se acerca, al parecer están todos vivos, son cinco, dos son flacos y ciertamente narizones, uno más que el otro, los otros dos son medio crespos, como los cantantes de rock tienen sus cabellos largos, solo uno es un pelado que se empieza a reír porque no encuentra su zapato, ¡Ay Boros, ya cállate, socarajo! le gritan los otros.
La faena no siempre es mala, trabajo nunca me falta, piensa Mauricio.




