LOS 80 AÑOS DE LA AUTOPSIA DE HUÁNUCO

Por: Andrés Cloud
Menos abogados, menos tinterillos, menos
teólogos, menos politicastros, más técnicos y
especialistas en agricultura, en ganadería, en
la lectura de los secretos del subsuelo. Y
más pedagogos, más maestros…
E. P. T. (Pág. 20)
Editado por primera vez hace exactamente ochenta años, la Autopsia de Huánuco (Lima, 1937, Talleres Gráficos de la Editorial Lumen S. A., 26 págs.) de Esteban Pavletich, es un opúsculo de formato pequeño (0.12 por 0.17 cms.), de edición rústica, de bolsillo y comerciable al precio unitario de cincuenta centavos. El pequeño volumen de algo más de cuatro mil palabras, va presidido por la cita nietzscheana “Di tu palabra y rómpete” y la dedicatoria “A las muchachas de mi tierra, comprensivas, aladas, gráciles, medio metro más arriba que nosotros”.
Abundoso en cuestionamientos al mundo representado de la época en que fue escrita desde dentro, la Autopsia de Huánuco es un afortunado artículo periodístico de opinión que, no obstante su brevedad, pero dado su tono crítico, contestatario y polémico, su lectura debió despertar mucha controversia y levantar densa polvareda tras su publicación. Referido en exclusivo a Huánuco, sobre todo a la ciudad, está secuenciado en breves apartados que se articulan entre sí a través de un depurado y sobrio discurso ensayístico que anuncia a un escritor de talento, de hecho el más destacada del siglo XX.
En el primer apartado de apenas dieciséis líneas, se noticia sobre la privilegiada ubicación geográfica de la ciudad por dos motivos puntuales: su ubicación estratégica entre la sierra y la montaña (selva); y la benignidad de su clima Sin embargo, según el autor y el determinismo geográfico imperante por aquellos años, antes que favorable y ventajosa, esta situación es más bien adversa, negativa y hasta perjudicial para el común de sus habitantes: “Y es precisamente el clima de Huánuco, laxo, tibio, enervante, quien explica en parte el espíritu de sus gentes: abúlico, despreocupado, apático, indiferente, siempre más allá –o más acá– del bien y del mal”.
Unas veces querendón y terruñero para con la ciudad que lo vio nacer, pero más de las veces discrepante, crítico y cáustico (empezando por el título), en los apartados restantes tipifica el autor a Huánuco como una añeja y pequeña urbe de corte colonial, con sus habitantes aislados en sus huertos y casonas solariegas, pero incomunicados con el resto del país; carentes de vida civil y social y de producción feudal y precapitalista por parte de los hacendados y terratenientes cuya economía se sustenta en dos productos que son los causantes de la parálisis del alma popular: la coca, la caña de azúcar y su derivados: “En la ciudad predomina el artesanado. En el campo la servidumbre”
Sin embargo, el verbo pavleticheano se torna ácido y acerbo cuando enrostra el proverbial individualismo, egoísmo y pasividad del huanuqueño de ciudad (“Solo el Huallaga, nuestro río fugitivo, dicta cátedra de dinamismo y celeridad en el panorama estático de Huánuco”) y airado reclama para su pueblo, entre muchos otros beneficios políticos, económicos y culturales, por ejemplo la industrialización y mecanización en la producción de la tierra, red de carreteras y vías de comunicación, pero sobre todo urgentes tareas de educación y culturización, muchas de ellas heridas que aún no han sido suturadas como es debido hasta la actualidad, no obstante los años transcurridos
“Urgimos de una biblioteca pública municipal y de pequeñas bibliotecas ambulantes que se estacionen periódicamente en los pueblos más remotos de la sierra. Despertar un fervoroso amor al libro y a las más refinadas expresiones del espíritu. Fundar el museo arqueológico regional, descubrir y conservar las ruinas incaicas y preincaicas de que Huánuco es millonario, suscitando la admiración que se merece nuestro pasado precolombino “. (Pág. 21)
Coma quiera que nada sale de la nada y ni el sol ni la luna son químicamente puros, pareciera que la Autopsia de Huánuco tuviera cierta ligazón y parentesco muy familiar y cercano con Los caballeros del delito (1936) de Enrique López Albújar, libro misceláneo en el que el autor caracteriza desde fuera a cinco importantes ciudades del país en donde ejerciera la judicatura: Tacna, Moquegua, Huánuco, Piura, Lambayeque y Tumbes. Escribe refiriéndose a lo nuestro: “Mentiría su dijera que su medio (de Huánuco) me conquistó. La estrechez de sus horizontes me oprimía y me hacía sentir la sensación de una cárcel. La diaria contemplación de sus montañas me recordaba, por contraposición, la existencia de otros horizontes, más vastos y luminosos, donde la llanura tiene mucho de libertad y de infinito, y el sol es como una prolongación de nuestro yo” (Pág.111).
Ayancocha, febrero 16 del 2017