Por Arlindo Luciano Guillermo
Una isla del ardiente Caribe, cuyo nombre no se sabe, era visitada por Ana Magdalena Bach, cincuentona, casada y con dos hijos, cada 16 de agosto, para llevar gladiolos a la tumba de su madre. En la ciudad era una esposa fiel, respetable y decente; allá, esa mujer madura, “madre otoñal”, se transforma en una fémina que busca, compulsivamente, aventuras amorosas por una noche; es decir, en casa, dama de reputación; en la isla, mujer de instinto y desenfreno con sexo, lances de momento, prueba sin límites de su naturaleza femenina. En esencia es la historia literaria de En agosto nos vemos (2024, Edit. Randon House, Págs. 142). El título es un aviso explícito a un interlocutor que espera encontrar. “Había repetido [AMB] aquel viaje cada 16 de agosto a la misma hora, con el mimo taxi y la misma florista, bajo el mismo sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolos frescos en la tumba de su madre”. (Pág. 18). Estaba casada con un músico galanteador, “que amaba y la amaba”; se había casado virgen y sin noviazgos anteriores, no terminó la carrera de Artes y Letras, gozaba de la “virtud de las pocas palabras y la inteligencia para manejar el temple de su carácter”. Hija de padre pianista y de “célebre maestra de primaria montessoriana”. ¿Por qué visita la tumba de su madre cada 16 de agosto? ¿Es el cumpleaños o la fecha de su fallecimiento? El marido nunca pide explicaciones, aunque demorara, sobre los viajes anuales. Ella se encarga de no dejar sospechas de sus amantes ocasionales.
“Desobedecieron” a Gabo y lo publicaron; Gonzalo y Rodrigo son responsables de la edición póstuma de En agosto nos vemos, bajo la supervisión y edición paciente de Cristóbal Pera, con quien el mismo García Márquez trabajara Vivir para contarla (2002), las memorias del Premio Nobel 1982. El lanzamiento público se hizo el mismo del día del nacimiento de Gabo, el 6 de marzo; él había fallecido hacía 10 años. Una novela inédita de Gabo abarrotó las librerías de muchísimos países. Los lectores devotos corrimos para comprarla, cueste lo que cueste. No leíamos nada nuevo de él desde el 2004 cuando publicó Memoria de mis putas triste, de apenas 112 páginas. Aún recuerdo, como si recién hubiera terminado de leer Cien años de soledad en la universidad, el impacto emocional que me produjo. Nunca había leído una novela de esa envergadura literaria. No sabía que alguien, nacido en un pueblo costeño y tropical, escribía ficciones tan convincentes que embrujaban y dejaban estupefacto al lector. Gabo se convirtió en obligada lectura para mí. He leído con mucho entusiasmo En agosto nos vemos que, según parece, conforma una trilogía con Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas triste; en estas breves novelas las mujeres (adolescentes y adulta) tienen rol protagónico: Sierva María de Todos los Ángeles, Delgadina y Ana Magdalena Bach. Gabo ha creado personajes femeninos de estatura estratosférica y humanidad: Úrsula Iguarán, Fermina Daza, Remedios la Bella, Ángela Vicario, Amaranta Buendía.
“Este libro no sirve. Hay que destruirlo”, dejó escrito Gabo, más pudo el “deseo de brindar” la oportunidad a los lectores de García Márquez de leer una novela que él no había autorizado. ¿Qué méritos tiene? ¿Están presentes el talento y la genialidad de Gabo? ¿Aún está en sus páginas y personajes lo real maravilloso que deslumbró a críticos literarios y lectores? El tema es la infidelidad deliberada con ocultamiento minucioso, el libre albedrío y la libertad sexual de Ana Magdalena Bach. Su madre también visitaba la isla años antes de morir, cuyo propósito no se explica. Ana Magdalena aprovecha esta breve estancia para fijarse en un caballero para una aventura amoroso, unas veces de “noche loca”, sexo lujurioso, otras la atormenta la frustración o el aburrimiento. Un amante ocasional le deja un billete de 20 dólares en el velador. Para ella es una ofensa grave, pues la considera, indirectamente, una prostituta. Otro le deja una tarjeta de agente vendedor de seguros. La rompe, pero se arrepiente; lo busca inútilmente. El desenlace de la novela es previsible. Regresa a casa con los huesos de su madre, no volverá a la isla, la familia sigue su curso normal (hijo músico, hija monja de clausura), se generan conflictos conyugales sobre probables infidelidades. Es un García Márquez que muestra pálidamente su genio creativo. Sí mantiene ese narrador en tercera persona que no se sabe quién es; ese narrador impersonal es el desenganche del lector. En agosto nos vemos es novela menor, sin brillo literario, está ausente García Márquez, ni grandeza de personajes. Ana Magdalena Bach -cuyo nombre pertenece a la esposa de Johann Sebastián Bach- actúa por instinto y libertinaje; no tiene la aspiración de un significado simbólico. Tema, historia y personajes no tienen peso literario de otras novelas de García Márquez, es divertida, de fácil entretenimiento, que se lee por placer, sin afanes de introspección ni prolongado recuerdo; no impacta ni frustra. Esperé En agosto nos vemos como si fuera el primer hijo en la maternidad. La historia literaria abarca solo 109 páginas (13-122). No satisfizo mis expectativas de lector acostumbrado a las grandezas ficcionales, la audacia de técnicas narrativas, al envolvimiento impune de la historia y el lenguaje portentoso de García Márquez. Comprendo que a Gabo no le alcanzó tiempo ni lucidez para afinar la novela.
Después de En agosto nos vemos no hay más. Creo que la carrera novelística de García Márquez debió terminar con Memoria de mis putas tristes, cuando aún estaba plenamente creativo, sin la acechanza de la desmemoria. Esta novela no es para la posteridad, sino para la memoria de corto plazo del lector y la compasión solidaria de la crítica literaria. No pasa de ser una historia cotidiana, intrascendente, con el deslucido lenguaje literario de Gabo. Me refugio resignadamente en Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos y Noticia de un secuestro para admirar la genialidad de Gabo, irrepetible en la historia de la literatura. Siempre recordaremos su testimonio sincero: “Yo desde que nací sabía que iba a ser escritor, quería ser escritor, tenía la voluntad en la disposición, el ánimo y la aptitud para ser escritor, siempre escribía. Nunca pensé que podía ser otra cosa. Nunca pensé que de eso pudiera vivir. Estaba dispuesto a morirme de hambre, pero ser escritor”. Sobre En agosto nos vemos, Gonzalo García Barcha dijo: “Es un libro no del todo pulido, no del todo terminado porque se le acabaron las facultades a Gabo, pero siempre nos pareció que valía la pena leerlo. Que juzguen los propios lectores si vale la pena o no. También nos libera el deseo de Gabo, quien dijo muy claro: “cuando yo esté muerto, hagan lo que quieran”. (El Comercio. 17-3-2024). Un escritor de trayectoria, con docenas de libros publicados y repetidas ediciones, debe saber en qué momento retirarse. Vargas Llosa lo hizo a los 87 años. En agosto nos vemos ya se publicó; solo le queda superar la prueba del lector crítico y del tiempo. Si le crecen pies caminará, si le crecen alas volará.




