¡FELIZ CUMPLEAÑOS, VARGUITAS!

Arlindo Luciano Guillermo

Mario es un octogenario feliz, célebre, recibió los premios más consagratorios que se otorgan en el planeta a un escritor e intelectual consecuentes, tiene derecho a descansar de escribir ficciones y periodismo cultural y político. Nació el 28 de marzo de 1936, bajo el signo zodiacal de Piscis, en la ciudad de Arequipa; cumple 88 años. Aún camina sin dependencia del bastón, sonríe con vitalidad, su presencia en eventos públicos irradia admiración por el talento literario, su imponente personalidad destella. Es el único premio Nobel en el Perú ¿Cuánto tendremos que esperar para que otro peruano (economista, pacifista, médico, institución o físico) reciba el galardón de Estocolmo? La vida no me alcanzará para aclamarlo. Le queda pendiente, tal como lo prometió, el ensayo sobre Jean Paul Sartre, el mentor de su juventud, que lo arrastró hacia el compromiso del intelectual y del escritor; posteriormente se distanció y acercó a Albert Camus y terminó en el ultraliberalismo y epígono de Karl Popper y La sociedad abierta y sus enemigos. Precisamente a este filósofo y político le dedicó un lúcido ensayo titulado “Sir Karl Popper (1902-1994)”, de la página 141 a la 203, incluido en el libro La llamada de la tribu (2018). Es el único sobreviviente del boom de la novela latinoamericana de la década del 60 del siglo XX. Es necesario leer primero sus columnas y ensayos políticos para criticarlo o convertirnos en su contendor ideológico desde la democracia y el argumento. Nadie pelea con fantasmas. Asumí su defensa ante los ataques de sus detractores que centraron la discrepancia en sus posiciones políticas, respaldo a líderes de derecha y con historial de cuestionamiento moral; es su derecho hacerlo. ¿Esos oponentes leyeron sus columnas periodísticas en El Comercio y El País?, ¿leyeron sus ensayos y novelas?, ¿saben de su rigurosa disciplina para escribir sus novelas? MVLl es un novelista portentoso, ensayista perspicaz y periodista cultural.     

Leer a Mario Vargas Llosa ha sido mi interés permanente e irrenunciable, con lápiz y papel, diccionario cerca, horas y horas sin parar, releyéndolo hasta entender, luego escribir un comentario y publicarlo para compartir mi parecer personal desde la postura del lector crítico, no del estudioso literario. Cada libro suyo, anunciado por un diario, por él mismo o una editorial, lo esperaba con ansiedad, como lo hago hasta hoy. Recién en la universidad leí con seriedad a Vargas Llosa y García Márquez. Quedé fascinado, cautivado; no he dejado de leerlos. En 1982, año en el que terminaba la secundaria, García Márquez recibía el Premio Nobel de Literatura; yo ni mi profesor de Literatura lo sabíamos. Cien años de soledad, publicado hacía 15 años, era inexistente. La ciudad y los perros se publicó en 1963, yo no existía en el registro civil. Luego vino Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo; fueron jornadas heroicas de lectura y paciencia. Hoy, ya adulto, creo haber leído todo lo que Vargas Llosa ha publicado, incluido su obra teatral y ese monumento ensayístico Historia de un deicidio (1971, 2000) -su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid-, un estudio meticuloso de la obra narrativa de García Márquez. El capítulo VII “La realidad total, novela total (“Cien años de soledad”)” es un trabajo de investigación y hermenéutico preciso y revelador sobre Cien años de soledad, que va de la página 479 hasta la 615. En una oportunidad me atreví a comentar la novela Lituma en los Andes (1993) en la universidad; solo había leído una reseña que había aparecido en El Comercio. Un estudiante me dijo si había leído esa novela. Respondí que no. Replicó sereno y sonriendo: “No puede hablar de un libro que no ha leído”. Aquella tarde recibí una memorable lección.  

Varguitas cumple 88 años. Quisiera que fuera inmortal, aunque ya no escriba novelas porque la edad es seria limitación, no es dios ni Ave Fénix, sino ciudadano de carnes y hueso, que algún día dejará de respirar, entonces diremos que lo leímos, que esperábamos un libro suyo con angustia existencial, lo comentamos, criticamos con respeto, legitimidad y argumento, que no estuvimos de acuerdo políticamente con él. Espero que no deje algún manuscrito camuflado en su biblioteca o en la computadora. No vaya que Álvaro, Gonzalo y Morgana, sus hijos, y su exesposa Patricia Llosa, anuncien que se publicará una novela póstuma, un libro de ensayos o una obra teatral. Mario está entre nosotros, celebrando, como un tótem literario viviente, su onomástico. Está iluminado, con la memoria íntegra, sin temblores en las manos, con suficiente apetito para degustar un lomo saltado, escuchar música criolla, compartir con su entorno familiar y amigos. Yo, en esta ciudad, estoy feliz que Mario siga vivo, mostrando sus dos incisivos sobresalientes. El Cadete de la Suerte tiene para ratos; él y su literatura sobrevivirán al tiempo.  

En clases exhortó a los estudiantes que lean, vean en la lectura una oportunidad para aprender, enfrentarse a la indiferencia y el analfabetismo funcional, informarse e investigar, sentir afecto y simpatía por el libro físico, PDF, audiolibro o e-bock. No sé si logre convencerlos. Alguien me escuchará. Les planteo también la meta de que, luego de llevar el curso de Literatura Peruana, deben saber quiénes son César Vallejo, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa; si leen Los heraldos negros, Los ríos profundos y La ciudad y los perros es suficiente. Hasta el último instante de mi vida, la lectura, los libros, la fascinación por el saber y el ejercicio del pensamiento crítico formarán parte de mi sensibilidad, ciudadanía, carácter y percepción de la vida y las circunstancias; excepto que, traicioneramente, el Alzheimer me liquide la memoria para siempre, el Parkinson me quite el privilegio de beber un café en paz o la diabetes mi prive sin misericordia la luz en mis ojos. ¿Vale la pena dedicarle tiempo valioso a la lectura, la escritura, destinar presupuesto para comprar libros? La historia juzgará. Me hubiera gustado ser escritor profesional, vivir solo para leer, escribir, publicar. Lo hizo Vargas Llosa: dejó toda ocupación que se opusiera a su vocación de escritor como Gustavo Flaubert. Ser lector es “oficio de satisfacción personal, públicamente incomprendido, no rentable”. Dedico a la lectura y la escritura solo el tiempo libre que me permite el trabajo y mis obligaciones de subsistencia. Mario Vargas Llosa le ha dicho a Carlos Granés: “La literatura me ha dado enormes satisfacciones y he conseguido dedicar mi vida a ella, algo que jamás pensé, cuando era joven, que sería posible. Es una actividad que ha «comido» prácticamente toda mi existencia. He trabajado siempre en la literatura y cerca de la literatura. (…). Ha sido una pasión, una entrega total, mi disciplina, mi dedicación, mi diversión, mi compromiso, todo”. (La República. 26-10-2023). Ese es el Mario Vargas Llosa que leo y admiro; lo haré mientras sea un lector operativo.