CARNAVALES

Escrito por: Yeferson Carhuamaca Robles

El cabello crece, aunque después se vaya poco a poco como las buenas costumbres de los hombres viejos. Y mi cabello ya esta largo, siento que todos tenemos la necesidad de ir en algún momento a un peluquero, siempre es casi una obligación, incluso los pelados tienen que ir, no sé, quizás para que puedan pulir su cabeza y eliminar los últimos cabellos que se mantienen creciendo a pesar de ser pocos y formar parte del paisaje del desierto de la calvicie; siento y pienso que de alguna forma como las cabelleras de los hombres cambian, la vida misma se va quedando sin cabellos, es decir sin alegrías y aunque que inicia los carnavales, solo tengo una tenue mirada en este lugar alegre.

Es sábado por la tarde y las calles se maquillan con algunos adornos coloridos y la gente que anda con algo de sofocón por el calor y las bocinas de los autos que pasan raudamente como buscando una sombra, mientras algunos papeles de periódicos pasados y una que otra chuchería se mueven sin vida como hojas de árboles marchitos por las pistas y veredas de la plaza Mayor de este valle del Pillco. La vida se ha encargado de ironizar mi sentir, hay carnavales en la plaza de la ciudad y mi ser huraño escucha una banda de músicos que tocan al compás de una alegre sonata.

Dice el antiguo cronista Virgilio López Calderón, que el 20 de enero 1702 es nombrado patrono de la ciudad a San Sebastián y que desde esa fecha los carnavales eran sinónimo de algarabía, jolgorio, algazara y dicha entre los habitantes de este hermoso valle, narra como “el bando de don Calixto” quien fuese animador de las coloridas comparsas y acompañados de sus estrambóticos personajes  en donde participaban los distintos barrios de la ciudad, entre ellos el famoso barrio de San Pedro y los extraordinarios corsos que partían desde la Alameda, todos acompañados con carros alegóricos, y la gente que los seguía sabían divertirse sin molestar a otros, claro ejemplo eran las fiestas públicas en donde  estaba prohibida jugar con harina y talco, solo se permitía éter perfumado, serpentina y pica pica, además que todos estaban con su disfraz y tomaban cada uno con su vaso.

Según narra el cronista, se bailaba y cantaba de todo, como las mulizas y los huaynos, también se escuchaba mambo, la rumba, el son, polkas, tangos entre otros géneros de la época. Todos eran invitados a las diversas fiestas y cortes de árbol que se realizaban, la alegría por estas fechas era abundante y sin límites, dignos de ser comparadas con las fiestas en honor al dios Dionisio.

Pero está tarde de enero no me sienta bien, estoy sentado en alguna banqueta de esta plaza, y solo comparo mi sentimiento con las fiestas que eran y las que son, los momentos buenos son como los últimos cabellos de alguien que se queda calvo, de alguien que no entiende como todo cambia demasiado en tan poco tiempo, en como antes uno podía reír sin mucho esfuerzo y hoy todos tiene que hacer un trabajo sobrehumano para tan siquiera conciliar un poco de sueño o esbozar una tenue sonrisa.

Los carnavales llegaron, de pronto las luces de sol dan la bienvenida a un ángel que se acerca, mientras sus cabellos se vuelven sempiternos y se fusionan con el universo que veo en sus ojos marrones, es la mirada misma de Dios quién me habla a través de este momento donde los céfiros que emanan de ella tienden a apaciguar mi tristeza, y como la eufonía más celestial, ella me llama y me dice «papá»; los carnavales llegaron con el dulce olor de las flores del paraíso, Rihanna.