Por Israel Tolentino
Lo que vi y escuché esa tarde, ha traído algunas certezas a los zapatos, luego del primer conversatorio -el cuasi formal- mudamos a la charla informal, pasamos al lugar donde todo es descafeinado, te llaman por tu nombre y debes acercarte a recoger tu pedido, inclusive uno duda al primer llamado, recuerda que ha dado su segundo nombre, mira por si se acerca otra persona. Todo brilla.
Con Lima tengo la distancia suficiente para decir que hay algo que me une a ella, esa distancia suma más de veinte años, tiempo referencial, pero sí suficiente para saber que la generación que celebraba su cumpleaños con piñatas con las caras de Fujimori y Montesinos, poblamos hoy los cafés donde las servilletas llevan el nombre descafeinado en sus bordes.

Conversamos con Angie Bonino, curadora de la exposición “Estado remanente. Una línea de vida” de Liliana Ávalos y Juan Peralta, curador invitado.
Lima, desde esa tarde noche, se puede asir con las dos manos (como en las fotografías de viajes donde desde una distancia se logra tener entre las manos la torre Eiffel), hay poca diferencia de gustos y comportamientos entre un ciudadano modelado en San Martín de Porres con otro de Barranco; de uno que sube y tiene el cerro La Milla como tutelar con otro del morro Solar; de alguien que cruza la avenida Perú o espera el cambio de semáforo en Larco. Sin embargo, una enorme ciudad dispareja. A Liliana Ávalos su casa le permite tener la mirada de 360 grados, ser núcleo de la célula creativa Cono Norte, ser todo y parte.
Lima, una ciudad en terco crecimiento, donde la imagen de una motoniveladora en acción es verbo potente: caminar, transitar, desplazar, marchar, imaginar, fantasear, construir, construir… Lugar donde el resto se convierte en nuevas relecturas. ¡Nada cobija más vida que los sobrantes apilonados en un taller de artista!
Lima, donde uno es un ladrillo de sus paredes en obra, un fierro de una columna expuesta al aire libre, a la salinidad de su atmósfera, edificación que muta junto contigo, operando o no, eres quien se muestra en cada hacer, tu ser discurre en los buses, en sus reflejos… Eres entonces nueva estética en construcción.
“Estado remanente. Una línea de vida” en la galería Martín Yépez en la plaza San Martín, rodeada de voces comunitarias de grupos sindicales que convierten el espacio en un centro de convenciones en permanente agitación. Una pregunta hacía Juan Javier Salazar: ¿por qué se presentan los cuadros terminados, con ese acabado que nada tienen que ver con Lima? Las palabras no son exactas, iban por ahí. Liliana Ávalos presenta un conjunto de fallas de proceso, de pruebas, excedentes de imágenes nunca expuestas, material visual guardado en todos estos años de trabajo, producción que por uno u otro motivo descalificó y postergó de exhibir. Una cartografía visual a la luz de la sala, como las fotografías “mal tomadas” donde de tanto mirarlas volvemos a encontrarnos. Exposición hecha como una respuesta a la inquietud de Juan Javier.
A dónde vamos llevamos lo que somos y lo que nos rodea, es el caso de Liliana Ávalos quien desde su casa a logrado poner como centro del escenario de su poética visual (cada uno es el centro del universo dice un dicho indio) su vida de remanentes, con “naturalidad” como dice ella, como un estado que le permite al ser volver a participar de la existencia, de aquello que había sobrado y no iba más. Si embargo, en Ávalos ese resto subsistía, como cada uno guardando tiempo en sus cosas. Luego, al retomarlos, recuperan una segunda vida. Sus despojos pierden exclusividad y se comparten con el otro. En esta presentación, todos los artefactos exhibidos son deslumbramientos. La artista se concede en el público, y el público se reconoce en ella.
Cada jueves Liliana Ávalos llega a la sala y toma alguno de los trozos en exhibición y vuelve a trabajar sobre ella, maniobrar sobre algo indica que viene de un punto seguido. Liliana, antes de dedicarse al arte de manera oficial aprendió a coser, en ese contexto era un oficio equivalente a saber manejar, una posibilidad de trabajo en Gamarra el emporio textil. Es noche, el cielo en Lima oculta las estrellas, queda continuar conversando (Lima, febrero 2024).




