Por Israel Tolentino
Todos han transitado de un lugar a otro indistintamente, cada paso una experiencia irrepetible. El cuerpo y la faz en una misma dirección, al ritmo desbordante de la mirada. Los lugares donde se habitan impregnan una marca de su “ser” en la consistencia de uno. Por ejemplo: su aire, su comida, el acento de su hablar, la manera en que respetan al otro, su vestir, las formas de agasajar su existencia, su credo, un largo etc. Uno es: un poco de cada espacio por donde ha pasado, los días por donde el cuerpo ha madurado, el recuerdo como el olvido, el corazón dibujado de cicatrices, la heredad que espera.
Huánuco es una tierra querida donde he pasado años, importantes como todos, y seguro, significativos como para cada huanuqueño. Para cada uno, su día dura lo mismo. Hay un instante, cuando se va creciendo, en que se reconoce una distancia con respecto al lugar amado y, añorar y cuestionar vienen hacia uno, como las caras de una misma moneda; ese confronto emocional no debe extrañarnos, dudar de lo querido con los ojos de otra edad es un miedo cierto y pasajero, así tampoco, la nueva mirada puede borrar el recuerdo impregnado en otra época. Cada estación, tiene sus propios menesteres, sus siembras y cosechas; todos distintos, relevantes y aciagos, porque la vida no es lineal, ni se rige por el desarrollo económico. El cuerpo y con ella, la parte que da la cara, son un repositorio de memoria.
En esta región, había un valle que desaparecía mientras las nieblas de mis ojos se desvanecían, mi vista maduraba, otros valles me esperaban. El pequeño bus que nos llevaba de Ambo a Huácar en un inicio y luego de Ambo a Huánuco, transitaba campos de caña de azúcar, alfalfares, lechugas y zanahorias, variedad de verdes húmedos perecederos en la retentiva. La vida de esos años corría a 50 km/hora. El llamado material noble (cemento, ladrillos y fierros) se adentraba entre los surcos, tumbando las tapias, los árboles de mangos, guayabas y pacaes, hasta volverse hoy en el más pernicioso componente del desarrollo.

El cuerpo crecía con el aroma de tierra mojada por la lluvia, el rostro se modelaba con el color del cielo límpido e inalcanzable; entre todas estas llamadas a los sentidos, la música que transitaba entre el camino y el río, entre pueblito y pueblito, daba un ritmo circular como una ola campaneando entre las orejas. La danza de los negritos era y es esa tonada, entre tantos ritmos y melodías ha quedado en el tejido epitelial, aún hoy con cuantiosos años en las barbas, esa tonada popular, circula por el cuerpo como lluvia entre quebradas y los techos; retornado tu cuerpo, se adapta en sus mímicas, efusiones, penas y devoción a los recuerdos de su lugar.
La máscara de los negritos te encierra y transfigura todo el cuerpo, si bien la danza tiene una historia, en cada uno de nosotros construye una identidad, una personalidad, una vibrante huanuqueñidad. Te esconde dentro del cuero teñido de negro y con perlas de fantasía orla cejas y barbas; los falsos ojos pintados en relieve, como dos lágrimas cayendo de las pequeñas ojivas, como ventanitas por donde asoman los “verdaderos” ojos, revelan el contento del cautivo; finalmente, una prominente nariz y los labios carnosos separados por una hilera de perlas blancas dibujando un rostro serio son la cara visible del danzante reencontrado con la algarabía de su niñez.
Desde la noche del 24 de diciembre hasta los últimos días de enero, se repite esta fiesta religiosa y “pagana” de esencia colonial en cientos de localidades. Uno regresa a su comarca y esa festividad te transmuta en huanuqueño, la caja de panetón fungiendo de máscara y los saltos de infancia al ritmo de la banda de músicos retornan a uno y todo el organismo revive emociones perdidas (Huánuco, enero 2024).




