Por : Eliseo Talancha Crespo
En el ocaso de sus vidas , entre 1971 y 1980 ,los pintores octogenarios José Ricardo Estanislao Ulises Flórez Gutiérrez de Quintanilla , más conocido como Ricardo Flóres y Felipe Cossío del Pomar mantuvieron una correspondencia epistolar en la que revelan diversos asuntos del panorama de la pintura contemporánea pero también datos autobiográficos de gran valor histórico. Las nutridas cartas de estos dos extraordinarios artistas han sido motivo de la tesis “Relación epistolar entre los pintores Ricardo Flores y Felipe Cossío:dos procesos de extrañamiento en la pintura peruana contemporánea” que el profesor de la Universidad de Piura Pablo Sebastián Lozano presentó a la Universidad de Valencia ,España, para optar el grado de Doctor en Historia del Arte.
Desde Tomaiquichua , Ricardo Flores durante una década le escribió a su amigo el pintor piurano Felipe Cossio numerosas cartas que son fuentes documentales de innegable valor para rastrear la personalidad de ambos pintores pero también para indagar la historia local de Tomaiquichua que este 18 de diciembre cumple 88 años de creación política como distrito de la provincia de Ambo . A propósito , según los apuntes de su inédito diario personal que conserva su familia , Flóres consigna que tres son los que han intervenido decididamente en la distritalización :”Villarán en Tomaiquichua,Vara Cadillo en diputados y yo en Lima”. Sabemos que las cartas entre Flóres y Cossio se encuentran en la Biblioteca de la Municipalidad Provincial de Piura y bien haría la Municipalidad Distrital de Tomayquichua en gestionar una reproducción de los mismos.
Entre tanto , conozcamos el retrato de Tomaiquichua en la pluma del pintor Ricardo Flóres .Particularmente en dos de sus numerosas cartas del 18 de abril de 1973 y del 1 de abril de 1976 se ocupa de aclarar y rechazar que no es Ricardo Andraca , el personaje principal de la novela que en 1943 publicó el escritor Enrique López Albújar .También cuestiona que la obra no responde a la auténtica realidad local por cuanto el autor estuvo por esos lares contadas veces , prueba de ello es que el modo de hablar de los protagonistas se encuentra cargado de piuranismos . Flores se esmera en reiterar una y otra vez que su predilección por Tomaiquichua no fue por el hechizo de sus bonitas mujeres sino por la naturaleza y el paisaje que le permitió convertirse en el principal exponente del puntillismo peruano. Y para aclarar la otra leyenda que Tomayquichua por tradición no quiere aceptar , Flóres concluye su segunda carta precisando que Micaella Villegas , “La Perricholi” , es natural de Lima.
Sea como fuere , lo cierto es que Ricardo Flores dejó su inmejorable posición económica y social que tenía en Lima para afincarse entre los chirimoyos, naranjos, las callecitas empinadas y el paisaje inspirador de Tomayquichua que retrató con tanta genialidad .Desde que llegó en 1913 y murió en 1983 pasó su vida entera en Tomayquichua , a la que como si fuera un hijo bien nacido en este suelo amó e inmortalizó con su arte universal . Finalmente , si acaso le creemos a Flóres que no fue hechizado por la beldad de las tomayquichuinas, sin embargo si fue hechizado por el arte logrando plasmar en sus cuadro el encanto terrenal de Tomayquichua del que hablan las sagradas escrituras . Los extractos de las dos cartas de Ricardo Flores en los que cuestiona “El Hechizo de Tomayquichua” de Enrique López Albújar son las siguientes:
“Por eso yo que vivo (¡bendita sea mi Tomaiquichua!) en una tierra clara, apacible, siempre verde, hago una pintura luminosa y optimista, pintura también de protesta, pero contra los protestarios (como dicen ahora), discípulos del Mefistófeles de Goethe (“soy el espíritu que niega siempre todo…”).
Efectivamente López Albújar escribió El hechizo de Tomaiquichua, novela muy mala, que parecía destinada a un guion cinematográfico imitando a las películas mejicanas que en un tiempo privaron aquí, y que habrás visto seguramente allá, con serenatas estilo mariachis y persecuciones por los cerros a balazos; en fin un engendro de una atroz huachafería literaria. El personaje central es un Ricardo Andraca, pintor, limeño, que se enamora de una tomaiquichuina “descendiente de la Perricholi” y no quiere volver a su Lima natal, donde sus padres, gente rica, lo reclaman desesperadamente. Estos datos han hecho identificar a Andraca conmigo, de lo que yo protesto indignado porque el Andraca de marras es un tipo finchado, declamador y que detesta a Lima, lo que no pasa conmigo, pues si prefiero a Tomaiquichua por su paisaje y su tranquilidad, no tengo nada contra mi ciudad natal, ni siquiera la considero “Lima la horrible”, como Salazar Bondy. El libro ha sido escrito con dos o tres breves viajes a caballo por el pueblo y los datos o las fotos que yo le di. López A., mucho mayor que yo, era muy amigo de mi cuñado Guillermo Durand, dueño de la Hda. Quicacán, fronteriza a Tomaiquichua y allí me conoció a mí y por mí a Tomaiquichua. La obra de López A. no tiene, pues el sabor de lo vivido, ni sus personajes secundarios hablan como tomaiquichuinos sino como piuranos; es, por consiguiente, una obra falsa de cabo a rabo. Ni siquiera el título guarda relación con el desarrollo de la novela, pues el Andraca se hechiza no del pueblo sino por una mujer; sería entonces El hechizo de una tomaiquichuina (y mi mujer actual es arequipeña y sólo conoció Tomaiquichua cuando yo la traje). Mis otras aventuras anteriores no han sido sino cosas pasajeras aunque han quedado cuatro testimonios de distinto apellido materno.
Pero nadie quiere creer que a mí me embrujó Tomaiquichua como paisaje sino que hubo faldas de por medio.
Yo conocí este pueblo porque, como digo líneas arriba, mi única hermana se casó con el hacendado de Quicacán y cuando yo vine a verla por primera vez (ya yo era pichón de pintor) me deslumbró esta verde serranía y no dejé de volver en todas las vacaciones, hasta que pude radicarme aquí; pero ¿quién puede creer en un desinteresado amor al arte?
En dos ocasiones quise hacer agricultura, pero fueron dos fracasos tremendos. En agricultura, como en pintura, hay una vocación y a mí de la agricultura sólo me interesaba el paisaje. Ahora me alegro, pues hubiera sido una pena tremenda para mí perder el fruto de mis esfuerzos con la Reforma Agraria; en cambio tengo gran número de estudios y apuntes que me sirven muchísimo. (Yo creo como Delacroix y Corot entre otros que es imposible hacer un cuadro completo al aire libre, a pesar de Monet, Pisarro y Cézanne).
Tuve –necesitas caret legis – que dedicarme al Magisterio y hoy soy un profesor jubilado con un haber pequeño, pero que me permite vivir, sobre todo ahora que mis hijos son profesionales o trabajan independientemente. Mi salud es excelente para mis años, pero –créeme– no quisiera que estos se prolongaran demasiado, pues, salvo casos excepcionales como el de Picasso estos últimos años suelen caer de repente con una cantidad de alifafes que van agravándose hasta dejarlo a uno hecho un cadáver que respira. Tengo un amigo de muchos años atrás, también pintor, pero aficionado, que practicó la acuarela muchísimos años pero era contador público, de mucha clientela y nunca se animó a hacer una exposición hasta cumplir los 80 años y tuvo regular éxito; de esto hace 10 años y hasta sus 80 estaba muy bien, pero de repente comenzó a decaer y ahora está sordo, casi ciego e incapacitado para moverse de modo que su hija tiene que tratarlo como a un bebe. Prefiero a esto un buen infarto cuando aún me halle en mis sentidos cabales –aunque el oído ya se está yendo– y pueda moverme sin ayuda de vecino.
Y pongo punto, porque, como soy un poco ególatra, cuando se trata de mí y de Tomaiquichua, se me desboca la mano”.
“La confusión se debe al libro El hechizo de Tomaiquichua en el que narra cómo un pintor, hijo de un personaje limeño, conoce Tomaiquichua y se enamora perdidamente de una descendiente de la Perricholi, que vive allí y no quiere volver más a Lima a pesar de que sus padres se lo exigen y aún le mandan a un íntimo amigo para convencerlo de que debe regresar, el cual emisario casi se queda también hechizado por otra tomaiquichuina. López A. me conocía a mí desde Lima, por ser miembro prominente del Partido Liberal, del que mi padre era a veces Vice Presidente y a veces Presidente dada su intimidad con Augusto Durand. López A. vino a Huánuco como Juez de Primera Instancia y se hizo muy amigo de mi cuñado Guillermo Durand, dueño de la Ha.[sic] Quicacán, frontera a Tomaiquichua y venía con otros amigos a pasar el fin de semana rocamboreando y cuando les faltaba un cuarto me mandaban un caballo para que sirviera de cuarto y me hicieron cuartos, pues ellos eran grandes jugadores y yo un completo cambón. De allí nació la idea del libro, pero aunque yo me mataba explicándole que en mí primaba el amor al paisaje local, siempre creía que era la atracción de las féminas lo que me retenía aquí y eso es lo que cree la mayor parte de la gente a pesar de que yo les digo que mi mujer –legítima– es arequipeña y que sólo conoció Tomaiqa. [sic] cuando yo la traje. Pero ¿quién que no sea pintor puede comprender el amor a la Naturaleza?
El libro de López A., como te digo, es pésimo: se conoce que quiso explotar los temas de las películas mejicanas, tan en boga entonces y hacer el guion de una estilo Rancho grande, que supongo habrás conocido, pues en el libro figuran coros de estilo Mariachis correteos a balazos por los cerros, etc. y como no conoció Tomaiq. [sic] sino en uno o dos paseos superficiales no ha logrado captar ni el modo de hablar (lleno de piuranismos), ni de sentir, ni el paisaje ni nada de por estas tierras. En cuanto al pintor es un tipo engolado, retórico y todo lo contrario de lo que yo me imagino ser.
Y Ugarte E. que seguramente no ha leído el libro ha hecho una pachamanca con lo que le habrán contado sabe Dios cómo.
Así se escribe la Historia. De paso te diré que lo de la Perricholi tomaiquichuina o huanuqueña es una leyenda –muy antigua– que ha quedado desvirtuada con el hallazgo de su Partida de Bautismo en El Sagrario de Lima. Ella nació en la prestigiosa – desde esos tiempos– calle del Huevo”.




