EL OCASO DE LOS DIOSES

La gloria ni el apogeo son eternos. Los dioses también tienen decadencia. Mario Vargas Llosa, desde 1963 hasta el 2023, ha escrito 20 novelas; 60 años fabricando ficciones, haciéndonos creer la “verdad de las mentiras”, entregándonos notables historias literarias y personajes imperecederos: la tía Julia, Varguitas, Jaguar, el Poeta, el Esclavo, Cuéllar, Pantaleón, Anselmo, Fushía, Santiago Zavala, Lituma, Palomino Molero, el Chivo, Mascarita, etc. Recientemente ha publicado Le dedico mi silencio (Alfaguara, 301 Págs.), que llegó a Crisol de Huánuco el 27 de octubre. Esta novela representa el ocaso del talento creativo de Mario; está cerca a El héroe discreto (aparece Cecilia Barraza), Cinco esquinas y La tía Julia y el escribidor; lejos de La casa verde, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo y Tiempos recios. Mario tiene 87 años, no tiene 27 cuando publicó La ciudad y los perros. Desde 2010, año de Nobel de Literatura, al 2023, Mario ha escrito cinco novelas y cinco libros de ensayos.

El dedico mi silencio (título inicial ¿Un champancito, hermanito?) es mixtura de novela, ensayo y reportaje periodístico. La ficción y la no ficción no van parejas. El personaje es Toño Aspilcueta, experto en música criolla, colaborador de periódicos y revistas culturales, cuya tesis audaz es que el vals criollo se originó en “los callejones de Lima” y serviría como un factor de integración de la sociedad peruana, ante la fragmentación y adversidades políticas e históricas; es una utopía. El Perú es “todas las sangres”. El vals huanuqueño difiere del arequipeño ni qué decir de ese vals emblemático de Loreto: La contamanina, ¿El vals criollo puede integrar a los pueblos de las ocho regiones naturales del Perú? El vals criollo es costeño. En la carta que escribe Toño Aspilcueta a Manuelda, novia fugaz de Lalo Molfino, le dice: “…soy un crítico y promulgador de la música criolla. Para algunos, un simple periodista que presta atención al discurrir del quehacer artístico del Perú, pero tengo para mí que mi función es otra: diría, más bien, que soy un sismógrafo que mide las vibraciones del alma nacional, y, créame, nunca las vi tensarse y alongarse tanto como en presencia de Lalo Molfino”. La obsesión por escribir un libro revelador, la quimera de unir al Perú con el vals criollo y la búsqueda de los orígenes del guitarrista de Puerto Eten empieza con la invitación del intelectual José Durand Flores para espectar la audición, Bajo el Puente, cerca de la Plaza de Acho, de Lalo Molfino. Después de este hecho, la vida de Toño Aspilcueta cambia radicalmente. Viaja a Puerto Eten, se entera que Lalo fue abandonado en un basural para comida de ratas, rescatado por el sacerdote Molfino, hallazgo de una guitarra inservible que la repara; no se sabe quién enseño a tocar guitarra a Lalo Molfino. Cecilia Barraza, intérprete de música criolla, es una fuente de información directa para construir la vida misteriosa, de soledad total, de datos imposibles de comprobar, del célebre guitarrista y un amor secreto y platónico. El título procede de una sentencia que profiere Lalo a Cecilia cuando esta no le corresponde sus sentimientos amorosos.

Viendo en rigor estético y literario, en la vigésima novela de Vargas Llosa, sin contar Los cachorros, hay capítulos que se distancian visiblemente de la ficción y la fabulación y se convierten en estudios someros, reiterativos y de escaso aporte sociológico, periodístico, lingüístico y de antropología cultural. Sobre la palabra huachafería repite casi lo que ya dijo Martha Hildebrandt en Peruanismos, los elogios y reconocimientos a cultores de la música peruana y criolla (Lucha Reyes, Chabuca Grande, Felipe Pinglo Alva, Óscar Avilés y otros) no tienen novedad; son personajes decorativos y complemento de las indagaciones de Toño Aspilcueta, quien tiene fobia patológica a las ratas cuando aparece una situación emocional de crisis y frustración. Las conversaciones en el café Bransa, en el centro de Lima, entre Toño y Cecilia Barraza y Manuelda sirven para incrementar o corroborar información sobre Lalo Molfino. Toño Aspilcueta es utopista, docente universitario con ansias de prestigio intelectual, vive en Villa El Salvador, ninguneado por la élite académica. Considera que la pareja Toni Legarde y Lala, ambos de clases sociales diferentes, uno blanco y otra negra, es el ejemplo y prueba de que su tesis se demuestre en la realidad. Por su libro, con dos ediciones aumentadas y corregidas, Lalo Molfino y la revolución silenciosa, algunos acuciosos lectores lo consideren “un poco loquibambio”. Dice el mismo que “estaba dejando un libro en el que demostraba que la música criolla podía doblegar prejuicios y abrir las mentes y los corazones”. ¿La música ha cambiado los cimientos de una sociedad injusta y miserable? La música otorga identidad y une lazos de fraternidad.       

La novela Le dedico mi silencio tienes dos vías narrativas que van paralelas (una más literaria que la otra): la obstinada búsqueda de información sobre la vida de Lalo Molfino, “portento de los compases”, genial y virtuoso guitarrista, en Puerto Eten, y las conversaciones con Cecilia Barraza y el proceso de investigación, escritura, edición, reedición, difusión, controversia y desprecio del libro de Toño Aspilcueta, apasionado de la música criolla, que “preveía el cambio del Perú gracias a la música criolla” y el aporte cultural de la huachafería. Le dedico mi silencio, con estilo cervantino, es la escritura de un libro sobre el vals criollo y la construcción de un personaje, dentro de otro ya escrito. El lector debe seguir atentamente dos libros: Le dedico mi silencio y Lalo Molfino y la revolución silenciosa. Dice Toño Aspilcueta: “…este libro que sujetas, lector, en tus manos de peruano amigo, será el punto de arranque de una verdadera revolución que sacará a nuestra patria de su pobreza y tristeza y la convertirá de nuevo en un país pujante, creativo y verdaderamente igualitario, sin las enormes diferencias que hoy día lo agobian y hunden. Así será”. Toño Aspilcueta (alter ego de MVLl) plantea su versión de la utopía cultural y social y apela a la falacia de la conmiseración; solo falta que diga “por favor”.Si es verdad que no escribirá otra novela, Vargas Llosa clausura su admirable trayectoria novelística con un entendible desnivel. Pereciera que los 87 años pesan más que la posibilidad de escribir novelas de gran factura literaria. Entre Tiempos recios y Le dedico mi silencio la diferencia es monumental. Vargas Llosa es el último escritor vivo del boom de la novela latinoamericana. Las 301 páginas de Le dedico mi silencio no son convincentes ni asombrosas para los lectores de Vargas Llosa, quienes sabemos diferenciar La casa verde de Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo y estas tres de Pantaleón y las visitadoras o La tía Julia y el escribidor. Ahora solo queda esperar la publicación del ensayo sobre Jean Paul Sartre, su ícono en la juventud y decepción política e ideológica en la adultez. Aun así, la genialidad de Vargas Llosa luce y brilla, mantiene firmeza, indiscutiblemente.