Por Israel Tolentino
A buena parte de artistas se puede tildar de “expresionistas”. El arte no es solamente técnica, debe valorarse el Yo impregnado en la obra y evitar confundir lo que el neón y glamour exponen. El arte no es una moda, aunque las revistas vendan espectáculo y, arte y artista se presten para actuar como pide el estadio, no le quita un ápice a aquello que conocemos como el alma de artista.
El momento de furor expresionista está enmarcado en el movimiento norteamericano Expresionismo Abstracto; momento histórico posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde el vencedor desplazaba las novedades artísticas de París a New York. El dinero de los triunfadores haciendo de las suyas y cambiando las reglas del arte, todo se vende, al diablo con el aura; del café Le Consulat en Montmartre al Blue Box Café de la Quinta Avenida, del Moulin Rouge en el Boulevard de Clichy a Broadway en Manhattan, del museo del Louvre al Museo de Arte Moderno (MOMA) la seducción del capitalismo, cambiando los francos por los dólares.

Las épocas de los Ismos han quedado atrás, El Puente o Die Brücke y el jinete azul o Der Blaue Reiter, fundados en 1911 o los Neoexpresionistas de fines del 1970 en Alemania y otras corrientes paralelas en Francia, Italia, EEUU, Inglaterra, etc. Conocidos como “Expresionismos”, son en realidad una constante en el suceder artístico.
En el templo de Apolo en Delfos dicen que Sócrates leyó gnóthi seautón (conócete a ti mismo), desde antiguo el ser humano ha tenido esta consigna y a la vez dilema. Conocerse, encontrarse con su Yo, con su naturaleza y como se dice en corriente: si te conoces podrás conocer a los demás. El oráculo antes de responderte te provoca a saber de ti. El arte es una respuesta a esta pregunta, puede proveer herramientas como la plástica para conocerse a uno mismo.
Este es el contexto de la obra de Iván Fernandez – Dávila, el artista que necesita ensimismarse en su taller y darles vueltas a sus lienzos, llevar a cabo su obra en la reyerta del autor y su tela, del artista y su modelo, como dos púgiles.

Observo un autorretrato y otro y muchos de mis prejuicios se desvanecen en el acto, hay una hechura visual que muestra una retórica con que juzgar, como ir a París y comprar un baguette o en Roma servirse ossobuco, una seña que se repite frente a los artistas y sus obras, en el caso de Iván, cuadrarlo como expresionista es parametrizar su mirada inventora, la sensibilidad que ha madurado desde el cubo de su taller y los lugares por donde deambula superan en creces los cánones expresionistas.

Una pintura donde un hombre con ropa ligera tendido sobre un sofá de playa tiene un libro entre sus manos y entre el mar que tiene frente, una autopista interrumpe su mirada con dos automóviles que cruzan sus destinos. Una escena común en las sociedades actuales, incluso imagen de la vida mundana, placentera, del eros escondiendo bajo la arena a thánatos. Esta imagen, de un pintor, regocijándose de la brisa marina y sucumbiendo a la lectura, erradica el tópico de artista “maledetto” (maudit en francés) aquél que cambiaba un dibujo por una fruta, o siente que su talento es incomprendido… En esa sencilla composición le da una vuelta de tuerca a ese freno que mucho menoscabo a hecho en generaciones de artistas, sumiéndoles en la dejadez y la inequívoca idea que de muertos serían reconocidos.
Iván en todos estos años de pintura y vida ha tomado el toro por las astas, dejándose llevar por los cantos de sirena con medida, preparándose intelectual y oficiosamente, viajando a los lugares trascendentales para sus búsquedas. Se sienta en el Pont des Arts (puente de los artistas) en París, se acuerda de Humareda y sus dislocados 22 días en la ciudad luz y de Picasso volviéndose el referente del siglo XX, Iván, en vez de aventarse al río Sena, se insufla de la energía de ambos y pinta sus retratos, para superar los 22 días del primero y darle a su obra el reconocimiento del segundo.

El autorretrato modula los estados de ánimo del pintor, un diario; tumbado en la playa de Lima o Niza descubre dentro de su corazón una pulsión que repica: gnóthi seautón (Prusia, octubre 2023).




