Por: Arlindo Luciano Guillermo
Cuando visitamos una institución pública (incluso privada) vemos a líderes y colaboradores trabajando con mucho esmero, diligencia y con vocación de servicio para atender al usuario, quien merece buen trato, una sonrisa mundial y resolución inmediata de sus problemas. A los funcionarios públicos se les exigen cumplimiento de metas físicas y financieras, ejecución presupuestal y efectividad. La gestión pública tiene que mostrar resultados que se reflejan en el desarrollo sostenible de la sociedad y el mejoramiento de la vida de los ciudadanos.
Sin embargo, es posible encontrar a servidores públicos que, aparte de realizar las laborares propias de la gestión, leen literatura, crean ficciones, estudian una especialidad adicional a la profesión que ejercen, se deleitan con poesía, admiran la pintura, escuchan, junto a la tradicional huanuqueña, música académica, rock clásico y jazz. Judith Isabel es odontóloga, descendiente de ilustres ciudadanos llatinos y huanuqueños; Dick, experto en indicadores de gestión en salud y presupuesto, obstetra, pero sabe más que un funcionario del MEF; Marco, “joven e inteligente abogado”, lee con voracidad literatura. Entre sus libros de derecho penal y civil, están, “muy separaditos” sus libros de literatura. Ellos, simbólicamente, son oasis culturales, con quienes, haciendo un paréntesis en la dura jornada laboral de más de 8 horas, nos enfrascamos en charlas sobre literatura, poesía y gestión pública.
“Annabel Lee es mi preferido. Ella es Leonora, la esposa de Poe. Lo sé”, dijo. Cuando hablamos de Edgar Allan Poe rápidamente aparece en nuestra memoria de lectores el poema El cuervo, Los asesinatos de la calle de la Morgue, Corazón delator, El gato negro, El pozo y el péndulo. ¿Pero el poema Annabel Lee? También aparece la otra dimensión de Poe: alcohólico, de carácter irascible, consumidor de drogas. Judith Isabel habla, con los ojos brillando de fascinación, del poema Annabel Lee. “Siempre lo he leído”. El texto poético es breve, pero contiene pasión, tragedia, sentimiento de desarraigo y culpabilidad. Poe lo escribió en una etapa de abandono total en Baltimore, sumergido en el alcohol y el desprecio por la vida: todo lo que había amado con intensidad había muerto prematuramente. Annabel Lee tiene 35 versos, sin rima ni métrica. “Yo era un niño y ella era una niña en ese / reino más allá de la mar; pero Annabel Lee / y yo nos amábamos con un amor que era más / que el amor; un amor tan poderoso que los / serafines del cielo nos envidiaban, a ella y a mí.” Annabel Lee muere, la sepultan, queda como recuerdo doloroso en la vida y memoria del amante: “mi querida, mi vida y mi compañera”. Conoció a Virginia, su prima hermana, cuando ella tenía 8 años. Se casaron: Poe tenía 26 años; ella, 13. Virginia muere de tuberculosis. Poe queda devastado totalmente. En El cuervo aparece Leonora. Annabel Lee y Leonora es Virginia, el célebre personaje real.
Marco trabaja entre rumas de expedientes, pila de libros de derecho y frente a un ordenador. Junto a él están sus libros de literatura, que los lee para darse un respiro necesario, una oxigenación merecida. Dejó a sus abuelos en Lima y se vino a estudiar derecho a Huánuco. La distancia y la soledad lo motivaron para leer literatura. “Para mí la literatura tiene una relación de amante despechado. Fue mi consuelo en la soledad. Vivo la literatura porque me satisface todo; eso no me da el trabajo.” Sobre su mesa de trabajo está Madame Bovary, esa novela que Mario Vargas Llosa considera moderna en el silgo XIX, que además mereció un libro de ensayo: La orgía perpetua. Leyó La casa verde con entusiasmo, pero no le tiene simpatía a Conversación en La Catedral. Aprendió inglés para leer Tierra baldía de Thomas Stearns Eliot. “La literatura me hace saborear la vida”, repite varias veces. Lector de Borges, García Márquez, Faulkner, Dostoievski, de Stevenson de La isla del tesoro. “Borges me abrió las puertas de otras lecturas”. Así llegó a Arthur Schopenhauer. Ha leído Ficciones e Inquisiciones. “Yo no me dejo impresionar por la literatura que tiene fama.” En Marco su cumple lo que dice MVLl: “… un gran libro es aquel que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica,”
Dick es un obstetra que ya no está en los afanes de atender partos. Es un funcionario del Ministerio de Economía y Finanzas. Es un gran técnico, con formación académica en gestión de políticas públicas. “La política debe estar cerca al trabajo estrictamente técnico en la gestión pública,” dice. Recientemente ha terminado Business coaching (acompañamiento profesional para mejorar los negocios y la rentabilidad de las empresas), diplomado en la PUCP. “Hoy necesitamos antes que fortalecimiento de capacidades, coaching para superar nuestras limitaciones y aprovechar el talento y la inteligencia emocional”, advierte. No lee necesariamente literatura, pero sí libros de gestión pública, coaching, empresa, liderazgo y motivación. Para conocer a Dick hay que percibirlo con objetividad. Las apariencias pueden engañar. “Aún no entra en el chip de los líderes y funcionarios la cultura de la articulación intersectorial”, comenta. Mientras prime el “yoyó” y no el plural inclusivo, así se conducirá la gestión pública. “Imagino una región sin pobreza, con altos niveles educativos, autosostenible en sus procesos económico productivo,” me escribe mientras baila como pampa en la cofradía Niño Dios, de la cuadra 12 del Jr. 28 de Julio.
La gestión pública no limita, mutila ni castra otras actividades como el arte y la cultura. Así que un funcionario público puede ser un gran gerente público de Servir, escribir literatura, pintar cuadros, actuar en una obra de teatro, cantar como un jilguero y bailar como trompo. Como estos ciudadanos hay por decenas en las instituciones públicas y privadas. Solo hay que escucharlos cuando conversan, opinan y piensan. Tienen sus defectos como todo ciudadano mortal; no son perfectos.



