Por: Andrés Cloud
El lenguaje es un referente muy preciso acerca del ser no solo de un individuo, sino de un grupo familiar, de una época, de una comunidad. En ese sentido, el libro Notas para un diccionario de huanuqueñismos de Javier Pulgar Vidal, editado por primera y única vez en 1967 es, como afirma el autor, “el resultado del ordenamiento de una pequeña parte de las voces inventadas por los huanuqueños de ayer y hoy” tanto en las zonas urbanas como rurales. No se trata, pues, de un diccionario académico, purista y estandarizado sino un minucioso acopio e inventario de los llamados huanuqueñismos conformado por modismos, jergas, quechuismos, neologismos, creaciones verbales y otros decires (motes o apodos, sobrenombres, onomatopeyas, hipocorísticos) propios del lenguaje costumbrista y regionalista aún vigente en la época de su publicación. Al respecto, la dedicatoria que formula el autor en páginas iniciales es muy ilustrativa: “A la memoria de mis padres (…) de cuyos labios escuché los primeros huanuqueñismos cargados de ternura, agudeza y buen humor”. Tres adjetivos que señalan en forma precisa el sentido y la intencionalidad del habla a que se hace referencia en términos generales.
Ha transcurrido exactamente medio siglo de la publicación de las referidas Notas… y un porcentaje muy significativo de los vocablos incluidos en sus páginas han perdido vigencia, convirtiéndose de hecho de arcaísmos caídos en desuso a causa de la evolución diacrónica del lenguaje, la modernidad, la tecnología y sobre todo los cambios epocales y generacionales ocurridos en todas partes y en todo sentido. Qué sino por ejemplo los términos ahora inusuales en el habla cotidiana tales como abombado (hinchado, alimento descompuesto), acacau, acachau, achachau, achallau, adornantero, ajay, ajiaco, alalau, a amuco, ananau, atatau, andavete, angara, arroseco, atago, (salvo ayhuallá o aywallá aún vigente); sacacho, saccho, samarrear, supi, satanquear, silleta, soda, soquete, sucho, zamarro, zocalero, zuácate, zurdillo, etc.
Estos y tantos otros huanuqueñismos de otrora, a la fecha, han dejado de ser moneda común y corriente en la comunicación oral cotidiana, pero y enhorabuena, muchos de ellos se han perennizado y alcanzado fijación a través de la escritura no solo en el aludido diccionario, sino también de la literatura. Dan fe al respecto, en narrativa, tres atores coincidentemente con el mismo apellido. Enrique López Albújar y los Cuentos andinos (1924) y la novela El hechizo de Tomayquichua (1943); Justiniano López Cornejo y la novela Indios y venados (1927) y Virgilio López Calderón en la totalidad de sus crónicas, cuentos y tradiciones. Los tres López, pues, en su debido momento, han dado testimonio de los hervores lingüísticos del Huánuco de antaño a través de la literatura. Es de esperar que en algún momento ojalá surja entre nosotros un cuarto o quinto López con trabajos similares. En poesía, el más próximo al Diccionario de huanuqueñismos es a no dudarlo Luis G. Rivera Tamayo y su Obra poética (1991).
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El diccionario no es un libro de lectura corrida como un texto poético, narrativo o ensayístico, sino de consulta sobre un término específico y concreto. Los ejemplos, por su parte, van al grano e ilustran más que los puros conceptos y explicaciones.
“Después de catipar (chacchar con fines adivinatorios) y decirme que su coca estaba muy dulce, (el majiquero) me hizo sentar junto a su mesa que estaba llena de muchas cosas: una botella de shacta (aguardiente de caña de azúcar) dos vasos, coca, tabaco, un pillco disecado, un pellejo de zorrillo en el que estaban sentados dos muñecos y una vara de chonta”. (El hechizo de Tomayquichua. 76). La supuesta ave pillco no figura en el Diccionario de huanuqueñismos. .
“Fatigados y hambrientos nos disponíamos para la cena. La mujer de Acucho (hipocorístico de Augusto) apuraba el chupe (caldo sin presa). Dos grandes mates (calabazas) de papas cocidas con cáscaras, habían sido vaciadas sobre el pullo (manta de lana) que hacía de mantel de mesa”. (Indios y venados 78).
Un breve fragmento del poema Cachua incluido en la Obra poética (34) de Luis G. Rivera Tamayo.
“Y la jarana termina
a las seis de la mañana
con un caldo de gallina,
bollos, café y empanadas.
Mientras la dueña del santo,
duerme la mona, la orquesta
con un triste y ayhuallá
se retira de la fiesta.
Compadre, paqué te cuento,
de las fiestas de los barrios,
esas sí que eran jaranas,
las de San Pedro y Huallayco”.
“Don Mañuco (Manuel en lenguaje afectivo) seguía saludando en verso, con delicadeza unas veces y con picardía y malicia en otras, según las circunstancias:
¡Qué señora tan preciosa! / Viéndola mi alma goza / como se complace el gallo / con su gallina chilliposa”. (gallinas de plumas crespas y ralas), le decía a la señora Müller, narigona y picuda, de hermosa voz y pecho colorado”. (Virgilio López Calderón: Crónicas del ayer. Antología. 62).
Ayancocha, enero 12 del 2017



