Por Arlindo Luciano Guillermo
En mi vida tuve cinco perros: Tulo, pastor alemán, depredador de aves domésticas, traído por mi padre de Lima, compañero y guardaespaldas en el barrio de San Pedro donde nací y viví hasta los siete años, antes de ir a Paucarbamba, le dieron estricnina; Pekín (pies chuecos, caninos inferiores sobresalientes, experto en reventar pelotas de carey) se desplazaba, como un objeto frágil, por la acequia de la calle, lo cogí y conduje a la casa, creció, se hizo mi compañero de andanzas, complicidad y filantropía alimentaria, cuidábamos un volvo de ocho llantas, le dieron veneno, hice su velorio, le di cristiana sepultura dentro de un cajón de frutas, vestido elegantemente, y una cruz con su epitafio: “Pekín, chocolate de Navidad”; Tula, una pastor alemán cruzada con perro chusco, que me recordaba a Tulo, murió envenenada como Pekín; Perla, perrita blanca de procedencia desconocida, con manchas negras en la espalda, murió longeva; Bolívar, marrón oscurísimo, flaco, mostrenco, olfato perfecto para una perra en celo, achorado con la jauría del barrio, pendenciero, un día salió y nunca regresó. Después de Pekín nunca tuve mascota.
Cuando los “tres en raya” aún no habían publicado sus libros emblemáticos, Ernesto Córdova Benavides escribió Uruco, relato corto, tierno, lirico y conmovedor que contaba la historia de un jilguero andino desde el nido hasta la tumba; acusaba similitud con El ruiseñor y la rosa, el célebre cuento de Óscar Wilde. En la memoria del lector está presente Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, Moby Dick de Herman Melville o Colmillo Blanco de Jack London. En Huánuco se han escrito textos narrativos donde los personajes son animales, principalmente perros, cuyas historias difieren según el desenlace y la intencionalidad. En la crónica “Ishaco Molero” de Virgilio López Calderón, el personaje es un jinete que viaja desde Ayancocha hasta Huánuco y viceversa sobre su caballo Tren. “El último petirrojo” de Samuel Cárdich narra la libertad de una avecilla que abandona para siempre la jaula. Un cuento preferido es “Bajo la sombra del limonero” de Andrés Cloud. Pibe es el personaje; el narrador, un escritor indignado por la muerte del perro doméstico. Terrible es el personaje de un cuento breve del mismo nombre de Adalberto Varallanos que muere envenenado, como Pibe, por el recolector de basura y enterrado en la huerta de la casa familiar. En El último petirrojo de Samuel Cárdich, Dúnker, un perro labrador con caninos de oro, tiene un tránsito ascendente, junto a su dueño Pedro Simón Valdizán: de vida triste y pedigüeña a cómoda y próspera. El Pelado, pariente del Caballero Carmelo de Abraham Valdelomar, es un gallo casero de un cuento del mismo nombre de Esteban Pavletich. En el primer capítulo de la novela Ay, Carmela de Andrés Cloud, “En el Convento Tres Marías”, donde vive la niña Carmela, hay exhibición carnavalesca de animales: lora Melchora, gallo Jacinto, pavita Clarita, pavo Nucleo y cerdo Marcelo.
Un buen amigo y otras historias (2017) de Luis Mozombite Campoverde es un libro de 54 páginas, de ternura, nostalgia, añoranza y afecto por un perro familiar: Argos. En realidad, hay tres historias: de Argos, Capablanca y un difunto que anuncia su presencia. Hay una fusión de habilidad para la anécdota que rápidamente engancha con el lector, provoca reflexión y solidaridad a favor de los animales, aflora el tono coloquial y la autobiografía. Luis Mozombite ha sido hijo de un Guardia Civil, vivió en Moyobamba y otros pueblos y ciudades de la Amazonía. La lectura fue una de sus preferencias en la niñez; hoy es un respetado docente universitario, lector maduro y agudo crítico literario. Tiene un único poemario: Enturbiando el amor, cuyos poemas conocimos de su propia voz en la lejana juventud de bohemia, amistad, ideales literarios (Movimiento Literario Cauce), lecturas y debates. Escribió un libro sobre la literatura huanuqueña: Ars nativa; biografía de personajes que contribuyeron con su trabajo profesional, académico y cultural con el fortalecimiento de la identidad y la historia: Forjadores de la cultura huanuqueña.
Un buen amigo y otras historias es un libro apreciado por los lectores. Argos es el perro fiel de Ulises. Lo encontramos viejo y desvalido en el capítulo XVII de la Odisea. Al Argos de Odiseo y al Argos de Mozombite los une la lealtad y la empatía. Argos de Odiseo muere al reconocer a su amo ausente 20 años; Argos de Mozombite se aleja de la casa familiar hacia un destino incierto. Argos es el “buen amigo” de la infancia, de la escuela rural y la carísima nostalgia. De estilo conversacional y fluida oralidad, Un buen amigo es encantador, escrito por un adulto aparentemente adusto, serio, pero con inmensa sensibilidad, lúcida memoria para evocar y contar historias sencillas, sin presunciones. El narrador tiene 8 años; si se relaciona directamente con el autor, la historia de Argos ocurrió hace 59 años. El narrador en primera persona, en singular y plural, lector de literatura, asume el rol de contador de historias y anécdotas, con lenguaje accesible y sin complicaciones, directo, a un auditorio indefinido. La carátula del libro resume gráficamente la estancia 5, un episodio que el lector no olvidará: el narrador-personaje trepado en un árbol, Argos y el toro. El perro Capablanca es la antítesis de Argos. Se plantea la antonimia de carácter y simbología. Argos es doméstico, sencillo, leal, humilde; concentra virtudes cristianas; Capablanca “era el único perro de raza entre una población de perros chuscos. (…) Se creía el rey del mundo, y nadie osaba disputarle su cetro”. Un perro forastero lo humilló públicamente; Capablanca “huyó con el rabo entre las piernas, perseguido largo trecho por la furia punitiva de los chuscos. Nunca más Capablanca volvió a cometer abusos”. El breve relato “El aviso” tiene giro temático, narrado en tercera persona, cuenta un hecho supersticioso: un hombre enfermo es visto por otro, conversan, luego desaparece misteriosamente; el muerto había anunciado su presencia en la casa del campesino.
Un buen amigo y otras historias es para lectores infantiles. Tiene conexión de contexto y pertinencia etaria con Platero y yo, El último petirrojo, El Caballero Carmelo, Bajo la sombra de limonero, El libro de la selva. Ese lector merece libros de calidad estética, lenguaje competente y motivación para la curiosidad. En la literatura huanuqueña hay personajes para la posteridad; no son Emma Rouault, Anna Karenina, Iván Ilich, Rodión Raskólnikov, Aureliano Buendía, Pedro Páramo, Horacio Oliveira, el Jaguar, pero ahí están Carmela Sayago, Pecos Bill, Práxedes Sudario, Cecilio Encarnación, Criollita, Mestiza, Aníbal Morán, Apolinario Torrejón, Ishaco Molero. No tendrán universalidad, pero sí suficiente simbología, les sobra consistencia literaria y estética. Un lector infantil se siente impactado con Argos, sus travesuras y anécdotas; un lector adulto, como yo, disfruta la historia y se embriaga con la nostalgia y la memoria hasta la inconsciencia.




