Central, el peor enemigo de un peruano

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La frase de marras esa, aquella según la cual “El peor enemigo de un peruano es otro peruano”, es probablemente de las que más y mejor nos definen en cuanto a la naturaleza paradójica de nuestra idiosincrasia, por certera e ilustrativa de nuestra a menudo hijoputesca manera de ser, sin duda; pero por sobre todas las cosas porque ella explica, como al parecer no han sido capaces de hacerlo ni los más sesudos tratados antropológicos que del asunto pudieran haberse ocupado, el porqué de nuestro proverbial retraso, de nuestro tradicional declive, de nuestra consuetudinaria ruina.

Atacamos con tal vehemencia y de un modo casi religioso, de hecho, a cuantos paisanos, o, si se prefiere, compatriotas, llegan a alcanzar el éxito en cualesquiera de sus ahora innumerables posibilidades, independientemente de que lo logren en virtud de sus propios méritos, o ayudados por el siempre impredecible azar, para los efectos da exactamente lo mismo, que resulta inevitable preguntarse si lo hacemos por una cuestión de simple y vulgar envidia, como por lo demás sería hasta cierto punto comprensible, dado lo deleznable de la naturaleza humana, o si, en realidad, lo que nos mueve es más bien una suerte de oscuro convencimiento, de retorcida certeza, de que nadie “igual” que nosotros, esto es, de que nadie que haya nacido bajo el mismo cielo, que se haya criado al abrigo de las mismas costumbres, que haya crecido asediado por las mismas angustias y los mismos miedos, nadie que posea, en suma, nuestras mismas plebeyas “características”, tiene el derecho de ponerse un paso adelante, de destacar respecto de los “suyos”, de ser, en definitiva, mejor que nosotros.

Así, lo cierto es que, fuera de algunos eventos aislados, en los que ha de ser con toda seguridad la mera y vulgar envidia la verdadera causante de la lapidación pública a que se someta a la víctima de turno, resultan sustantivamente más los casos en los que aquello que realmente lleva a estos sujetos miserables a despotricar como Dios manda de sus conciudadanos con más fortuna que ellos, es su increíble incapacidad para aceptar que nadie que sea como ellos, que respire el mismo aire que ellos, pueda lograr cosas que estos, clarísimamente, jamás estarían en condiciones de poder alcanzar.

Pasa todos los días, es cierto. Y hasta en las más impensadas circunstancias. Y estamos, valgan verdades, increíblemente ya acostumbrados a ello. Pero cuando ocurre en instancias en las que, aunque fuere por una cuestión de elemental buen gusto, deberían abstenerse de andar metiendo las narices donde no es de su incumbencia, el tamaño de su impertinencia hace inevitable que les salgamos al encuentro, y los mandemos lo más educadamente posible a la mierda. ¿De qué otra manera enfrentar, si no, a la sarta de despreciables que, una vez conocidos los altos precios de los platos que se sirven en el restaurante Central, ahora en boca de todos gracias a que se lo distinguió como el mejor del mundo en la vigésimo primera edición de The World’s 50 Best, no tuvieron mejor idea que comenzar a inundar las redes con mensajes de odio hacia quienes en circunstancias normales deberían recibir precisamente lo contrario?

Reconocido ahora no solo por ser el mejor restaurante del mundo, sino también, y no es poco decir, bien vistas las cosas, el primer restaurante sudamericano en ganar el título de The World’s Best Restaurant, Central se ha convertido así en motivo de orgullo de todos los peruanos. Por el importante logro alcanzado, desde luego. Pero también porque su importante triunfo viene a constituirse en una suerte de ratificación, de confirmación, del buen momento por el que desde hace ya un buen número de años viene atravesando la gastronomía peruana. Con las repercusiones favorables para el país que a todas luces se desprenden de lo antedicho, en lo económico, en lo gastronómico, en lo cultural, por referirnos solo a los ámbitos directamente relacionados.

Pero esto es algo que, claro, el rosario de imbéciles a que se aludía arriba parece no estar en la capacidad de entender. O quizá sí. Y lo que sucede es que no les importa. No les importa en lo más mínimo que al atacar de la manera abyecta en que lo hacen a quienes gracias al enorme esfuerzo y trabajo que pusieron en ello pudieron alcanzar el triunfo que ahora tan merecidamente exhiben, atacan también a una de las más grandes fuentes de recursos del Perú: su gastronomía. Cuando lo que deberían estar haciendo es todo lo contrario. Sentirse congratulados de que compatriotas nuestros estén brillando por todo lo alto, y, con ello, estén también poniendo al país, casi literalmente, en boca de los paladares más refinados de todo el mundo. Pero qué se puede esperar de gentuza como esta. Que no puede ver a otros salir adelante sin que al hacerlo esté también buscándoles los puntos débiles para traérselos abajo. ¿Será que es este nuestro verdadero deporte nacional? Todo hace indicar que sí. Que la frase de marras esa es realmente cierta: Que el verdadero y peor enemigo de un peruano no es nadie más y nadie menos que otro peruano.