Por: Jorge Farid Gabino González
Igual de ilustrativas son también las referencias presentadas a continuación, tomadas de importantes prosistas de la lengua castellana. En el primer caso, tenemos la secuencia de tres verbos conjugados; mientras que en el segundo, la de un solo verbo, también conjugado, el mismo que se repite creando similar efecto sonoro al producido en los casos anteriores:
«Más adelante, cuando recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas» (Blasco Ibáñez, Vicente: La bodega).
«Si hay en mi corazón algún germen de virtud; si hay en mi mente algún principio de ciencia; si hay en mi voluntad algún honrado y buen propósito, a usted lo debo» (Valera, Juan: Pepita Jiménez).
Como se puede constatar, los efectos producidos por los grupos ternarios formados por verbos observados en las citas anteriores hace patente hasta qué punto su presencia en la narración le otorga a esta un ritmo particular, una suerte de cadencia propia de las frases literarias en las que la eufonía, lo mismo que si de un poema se tratara, suma a favor de que, como ocurre con el trabajo de Mozombite, la narración se considere lograda. Aquí los pasajes de “Un buen amigo” donde se advierte la utilización del referido procedimiento:
«Mi hermano llegó corriendo, lo cogió y lo llevó de vuelta a casa».
«Fue en ese preciso momento que sentí un fuerte tirón en mi anzuelo, jalé con todas mis fuerzas y salió boqueando y sacudiéndose frenéticamente […]».
«Eran unas plantas conformadas por gruesos y largos peciolos que surgían desde el suelo y se elevaban a una altura cercana a los dos metros, y que culminaban en hojas grandes y acorazadas».
«Cuando estaba allí, me imaginaba que penetraba a una selva enmarañada, que me abría camino a fuerza de machetazos, y que buscaba una ciudad perdida».
«Argos se detuvo, levantó sus orejas y se quedó mirando la huerta».
«El animalito bajó la cabeza, metió el rabo entre las piernas y se alejó con su nuevo dueño».
Grupos ternarios conformados por adjetivos que califican al sustantivo, tomados de la literatura universal:
«―Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimular cualquiera injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar» (Cervantes Saavedra, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha).
«Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso» (Borges, Jorge Luis: Ficciones).
«Sólo la reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror». (Bécquer, Gustavo Adolfo: “La ajorca de oro”. Leyendas).
Lo mismo que en el caso de los grupos ternarios formados por verbos observados anteriormente, los adjetivos con los que ahora se emplea el procedimiento de que se trata cumplen la función de dotar al relato de la cadencia característica de las frases literarias. Aquí un pasaje de “Un buen amigo” donde se constata el empleo del ritmo ternario construido en base al uso de adjetivos:
«Argos era curioso, juguetón y confianzudo».
Grupos ternarios conformados por sustantivos ―también cogidos, en primera instancia, de la literatura universal―, donde se aprecia, una vez más, los matices armónicos que le insuflan a la frase literaria:
¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? (Cervantes Saavedra, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha).
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda (Rulfo, Juan: El llano en llamas).
En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono (Valle-Inclán, Ramón María del: Sonata de otoño. Memorias del Marqués de Bradomín).
Al igual que en el caso de los grupos ternarios formados por adjetivos contemplados arriba, los sustantivos con los que ahora se utiliza el recurso en cuestión cumplen la tarea de brindar al relato la cadencia característica de las frases literarias. Aquí un pasaje de “Un buen amigo” donde se advierte el empleo del ritmo ternario construido en función al uso de sustantivos:
«Pasaron los días, las semanas, los meses».
Finalmente, los dejamos con un pasaje de “Un buen amigo”, que si bien no se enmarca en rigor dentro de las características propias de los llamados Ritmos ternarios ─que como se vio consisten en la enumeración de tres términos que por lo general pertenecen a la misma categoría gramatical─, sí comparte con estos la particularidad de enumerar tres elementos (en este caso, tres pares de adjetivos, los que a su vez se construyen en base a otro recurso de indiscutible tradición como lo es el de la antítesis):
«Veía a otro perro, chico o grande, macho o hembra, manso o bravo, y se acercaba nomás con la absoluta seguridad de que nada le pasaría».
Hoy que hasta la literatura parece haber sucumbido a los embates de la llamada modernidad, es importante no perder de vista que a la par que puede darse en ella toda suerte de innovaciones, también es posible, y solo Dios sabe hasta qué punto necesario, entender a esta como el terreno de las fórmulas. Y es que, como quedó demostrado, la literatura es antes que nada herencia, legado, tradición. Luis Hernán Mozombite lo sabe. El relato “Un buen amigo” es la mejor prueba de ello.



