Los Ritmos ternarios en “Un buen amigo” (Primera parte)

Por: Jorge Farid Gabino Gonzalez

La literatura, y la crítica literaria lo ha demostrado cumplidamente, es el ámbito donde la “originalidad” de la obra de arte, más, quizá, que cualquier otra de las características por las que también se la valora, es la que real y verdaderamente decide la suerte de esta, lo mismo que la de sus muchas veces incomprendidos cultores. Al punto de que no son pocos los casos en los que al descubrirse, por ejemplo, que una novela cualquiera, esto es, una u otra, la que sea, repite los tópicos, la trama, la historia de otra, se la somete inmediatamente el sambenito del plagio; al tiempo que al autor, que por obvias razones habrá caído en desgracia, se lo sume en el desprestigio y la descalificación sociales.
Lo que muchos parecen no tener en cuenta, sin embargo, es el hecho de que ha pasado ya tanta agua bajo el puente, que, a estas alturas del partido en que se ha dicho casi todo ―si no es que todo― en materia temática en el campo de la literatura, demandar “originalidades” en dicho ámbito resulta, por decir lo menos, completamente descabellado. Ello no quita, desde luego, que de cuando en cuando aparezca algún autor que le dé al asunto un giro de ciento ochenta grados, y trastoque lo establecido.
Es de advertir, en tal sentido, que así como las novedades en materia de fondo son cada vez más escasas en la literatura ―y, dentro de esta, de manera específica en la narrativa―, otro tanto ocurre con las relacionadas a la forma, esto es, a la innovación en materia de recursos y técnicas propios de la prosa. Para bien o para mal, hoy ya no existe el grado de experimentación en que se vio sumida gran parte de la literatura universal en prosa durante casi todo el siglo XX.
Pues bien, la pregunta es: ¿Puede un narrador “copiar” las fórmulas literarias empleadas por sus antecesores, sin que al hacerlo se lo pueda tildar de plagiario? Sí y no. No podrá hacerlo, desde luego, si al “apropiarse” de los procedimientos heredados de sus mayores, lo hace de una forma tan burda, tan grosera, tan ordinaria, que al final su trabajo termina siendo no más que un triste y patético remedo de lo que le sirvió de modelo. No obstante, será perfectamente posible, y por ello mismo válido, que un determinado autor se haga de dichos procedimientos, siempre que los insufle de nueva y rozagante vida al imprimirles las características propias de su particular “estilo”, palabrita esta que como en su momento sentenció el gran Julio Cortázar «».
Como sea, lo cierto es que, comenzando por los griegos y los romanos, que pusieron las bases de lo que sería la actual retórica, y pasando por los grandes maestros de las letras que florecieron durante la Edad Media y el Renacimiento, hasta llegar a los más importantes autores contemporáneos, la literatura en prosa ha venido repitiendo durante siglos, con más fortuna que desacierto, el uso de fórmulas más o menos fijas que se han encargado de dotar a su discurso de la belleza y elegancia propias de una verdadera obra de arte. Y es que la literatura es también, en buena cuenta y entre otras muchas y no menos importantes cosas, herencia, legado, tradición.
No perdamos de vista, entonces, que la literatura, y particularmente la prosa, no solo es susceptible de estudiarse bajo el ángulo de la tan mentada originalidad, sino también en virtud de las pocas veces valoradas coincidencias, de las casi siempre desconcertantes repeticiones, de las nunca vistas iluminadoras recurrencias. De hecho, son estas, si bien se mira, las que durante siglos y siglos han venido imprimiendo al discurso narrativo esa suerte de “ambiente conocido” en que el lector, una vez que se sabe instalado en él, comienza a discurrir por la lectura con la seguridad que le brinda el saber que se mueve por terreno conocido.
Un buen amigo y otras historias, libro del que nos ocuparemos en esta oportunidad, pertenece a la llamada literatura infantil. Su autor, Luis Hernán Mozombite, que hasta antes de la publicación del referido trabajo nos había entregado el estudio Huánuco: nueva poesía (1995), el libro de biografías Forjadores de la cultura huanuqueña (2002, 2013), los estudios sobre literatura regional y nacional Ars nativa (2009) y Apuntes sobre literatura peruana (2011), respectivamente, y el poemario Enturbiando el amor (2015), nos presenta ahora esta sencilla ―en la primera acepción de la palabra, esto es: «Que no ofrece dificultad»― pero bien escrita serie de relatos cortos dirigidos básicamente al público joven, que vienen a sumarse al importante corpus de textos de esa índole que se han publicado en Huánuco a la fecha. A saber: Bajo la sombra del limonero, de Andrés Cloud; El fantasma de un cajón y otras apariciones, de Mario A. Malpartida; Tres historias de amor, de Samuel Cárdich; El duende azul, de Víctor Rojas Rivera, entre otros.
A continuación, repasaremos algunas de las razones de por qué “Un buen amigo”, primer relato del libro de que se trata, cumple a cabalidad con tener el que es quizá el requisito fundamental con que debe contar todo texto literario en prosa que se precie de serlo: calidad estética. Esta, a nuestro juicio, y siguiendo lo planteado líneas arriba, la alcanza gracias al empleo metódico y sistemático que el autor hace en él de procedimientos escriturarios de larga e indiscutible tradición en el ámbito de las bellas letras como el que presentamos seguidamente:

Ritmos ternarios
Es bien sabido que uno de los aspectos inherentes a la poesía, y, por ende, a la labor del poeta, es el relacionado con el manejo del ritmo. De lo que se habla poco, sin embargo, es de la enorme relevancia que puede llegar a alcanzar este en la escritura de la prosa. Así, al margen de que el ritmo de la frase pueda estar fundado en muchos casos en el empleo de enumeraciones de términos de alguna forma relacionados, o de palabras que conforman grupos binarios o cuaternarios, son las agrupaciones de voces en grupos ternarios las que constituyen uno de los recursos más empleados en la literatura de todos los tiempos, independientemente del idioma en que esta haya sido escrita.
Aquí ejemplos de la literatura universal en los que se advierte la presencia de grupos ternarios formados por verbos. Constátase en ellos, naturalmente, la indiscutible cadencia que el empleo de dicho recurso le imprime a la frase. En primera instancia, reproducimos un pasaje de El Quijote, obra cumbre de las letras castellanas que destaca, entre otras muchas cosas, por el uso constante de grupos ternarios de sustantivos, adjetivos y verbos. Cita con verbos en infinitivo:

«Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos» (Cervantes Saavedra, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha).