Por Jacobo Ramirez Mays
Un campo deportivo con una pelota, algún lugar de la ciudad universitaria con un libro en mano, o cualquier bar con botellas de cervezas, eran los lugares donde lo podías encontrar. Siempre atento, saludando y sacándonos conversaciones sobre poetas, novelistas o escritores contemporáneos, así fue Klin durante sus años de estudios universitarios.
Un amigo nos contó que en cierta oportunidad llegó mareado a dar su examen parcial, y él lo dejó ingresar. Ya ubicado en su carpeta, solicitó un papel para escribir las preguntas, y al mismo profesor le pidió su lapicero, con el cual resolvió el cuestionario planteado. Nuestro amigo no nos contó cuánto de nota sacó, pero estamos seguro de que tuvo que adivinar los garabatos de gallina que había hecho el susodicho.
Años después, se convirtió en bachiller y, posteriormente, en licenciado. Comenzó a trabajar en lugares rurales como profesor de Lengua y Literatura. Según se nota, nunca se alejó de los libros. Hasta la actualidad anda con uno en su mochila o maleta, y conversar de temas literarios con él es fructífero. La pelota tampoco la ha dejado. Sé que es su pasión. Pero cuando ve una botella, aunque sea de aceite, saliva como el perro Pávlov.
Su identidad con la cultura ha hecho que sea un empedernido difusor de esta, especialmente de la rama de la literatura. En los colegios donde trabaja organiza encuentros de escritores y, dicho sea de paso, los eventos programados son de alto nivel. No sé qué es lo que hace para convencer a directivos, administrativos, profesores, alumnos en general e incluso pobladores y autoridades del pueblo para que participen de dichas actividades. Creo que los chaccha para ablandar sus corazones frente a esas actividades.
La primera vez que nos convocó fue a Choras. Cuando llegamos, nos recibieron con banda, flores e hicimos un recorrido por algunas calles del pueblo. Participaron todos los estudiantes del colegio y los profesores compraron libros como un niño compra chocolates. Nos hizo comer caldo de gallina, pachamanca y quiso que no quedáramos para celebrar toda la noche. No aceptamos porque somos hombres que nos hemos alejado del vicio (preferimos tomar en Huánuco). En esa oportunidad estuvo con nosotros el recordado amigo y maestro Andrés Cloud. Regresamos de Choras felices, con quesos, yogur y panes que el anfitrión entregó a cada uno de sus invitados.
La segunda vez nos llevó a Mosca, un pueblo a las alturas de Ambo. Con la sencillez que lo caracteriza, nos invitó en una carreta de panes con quinua, los cuales degustamos para matar el frío que hacía en esa época. Cuando llegamos al pueblo, un caldo de gallina, de esos que levantan muertos, nos sirvieron en un restaurante del lugar. Después los alumnos de la institución nos recibieron con danzas y una ceremonia muy ceremoniosa. El auditorio estuvo lleno de entusiastas niños, adolescentes y jóvenes. Ese día nos tomaron fotos como si fuéramos extraterrestres, creo que me desgasté con tantos flash y selfis. Cualquier actor de Hollywood quedaba chico. Acostumbrados a su generosidad, regresamos a nuestras casas con regalos del lugar.
Este año está laborando en el colegio de San Lorenzo de Conchamarca y como era de esperarse, nos invitó al primer encuentro de escritores en ese lugar. En esta oportunidad estuvimos Samuel Cárdich, Mario Malpartida, Andrés Jara y este escriba. El auditorio, también de la municipalidad de este distrito, se llenó con niños preguntando, con adolescentes atentos a cada uno de nuestras participaciones. Una profesora, a nombre del aula que dirige, nos regaló dulces en canastita tejida de carrizo, un artista de Las Pampas nos entregó, a cada uno de nosotros, un cuadro con nuestro retrato. Terminamos la jornada con un gran almuerzo y con la generosidad que caracteriza al anfitrión.
Eso es Klin, un profesor dinámico, aplicado, lector, futbolista, bebedor y, sobre todo, difusor de la literatura huanuqueña. Ojalá hubiese más personas como él. Sobre todo hoy en día, en que hace tanta falta que haya más profetas que lo sean en su propia tierra.




