Por Arlindo Luciano Guillermo
El romance otoñal es más dulce que el vino añejo, embriaga, pero no emborracha; es un reencuentro con los relatos de hadas. Eduardo José tiene 57 años; Beatriz, 54. “Yo no quise ir esa tarde del 5 de abril al centro comercial”. Me dice cuando recuerda aquel episodio fortuito, pero crucial. Él respondió antes que terminé la pregunta: “Solo como siempre”. Se miraron interminables segundos, la cajera esperaba el billete de cien soles con el que debía pagar. Se citaron en la Plaza de Armas. Luego de un par de horas de charla, ella dijo sí. El corazón de Eduardo José era un tambor de guerra, una señal prodigiosa: su vida iba a dar un vuelco de 360 grados. Y así fue. Allí la encontré, luego de una década cuando éramos docentes universitarios. “Te amaba mucho, pero estabas comprometido; no quise ser tu amante”, recuerda mientras apura un sorbo de café. Ella tiene cuatro hijos profesionales; Eduardo José, solo 1 y dos estudiantes. Pienso en los amores otoñales de El amor en los tiempos de cólera de Gabriel García Márquez y ese cuento genial “La juventud en la otra ribera” de Julio Ramón Ribeyro. Florentino Ariza o Juvenal Urbino es Eduardo José; Beatriz, Fermina Daza o la jovencísima Solange que cautiva al doctor Plácido Huamán en París. Así empezó el romance otoñal de Beatriz y Eduardo José. ¿Cuánto tiempo durará? No lo sabemos. Las historias sentimentales se parecen a los juegos de azar: se gana o se pierde, pero, al final, hay una lección aprendida como advertencia y alerta para no volver a tropezar con la misma piedra en el camino.
Su nombre de pila mudó preciso en lobo estepario. Su madre octogenaria le decía, eres un huraño, tu silencio me ahuyenta cuando te visito. Él solo la mira, no habla ni responde, disfrutaba vivir solo y cualquier intruso lo mantenía a la defensiva. Ha aceptado la soledad, vivir sin nadie, sin compañía ni una sombra para aliviar su fatiga. Era un lobo estepario que leía poesía clásica, escuchaba a Chopin, Mozart y Beethoven, nunca le faltaron diarios, revistas ni Internet, publicaba ensayos de crítica literaria en revistas especializadas, preparaba clases escuchando a Charly Parker, a Sabina, Bunbury o Nino Bravo; Agua Marina era su delirio. Veía en Netflix mil veces la zaga El Padrino, Gladiador y Taxi Driver. Beatriz fabricaba jabones y velas de colores y de aromas penetrantes, era experta en bisutería (aretes, collares, pulseras) que proveía a los artesanos de la ciudad, tejía a la perfección bufandas, colchas y tapetes con crochet, conversaba con los gorriones cuando se posaban en el alféizar de la ventana para reclamarle maíz molino, iba al cine y compraba en un centro comercial compulsivamente; tenía en el ropero ropa aún con las etiquetas. Ella lee normas técnicas del Minedu y dirige una comunidad de aprendizaje en un colegio emblemático. En su casa le dicen a don Eduardo José. Vivía sola como un hongo, pero un día se armó de valor y fue a la cita. Antes de terminar el ponche de maca con empanadas de pollo, le dijo que sí aceptaba ser su compañera; se hicieron pareja sin rodeos ni promesas de momento. Hoy frecuentan el departamento de Beatriz. Son protagonistas de una historia novelesca de amores otoñales; ambos han superado los 50 años, sanos, sin achaques, solventes, se aman como jóvenes de 33. Mi amiga Dulce María dice que tiene 43 años, pero siente el aburrimiento de una anciana de 80. Me río discretamente y pienso en Eduardo José y Beatriz que aún hacen planes como recién casados.
La familia de Beatriz es una tribu. Ellos se quieren, estiman, valoran, se defienden cuando un depredador (un tigre de dientes de sable o un mamut energúmeno) osa dañarlos, se cuidan de los peligros públicos y clandestinos, se divierten juntos sin disimulo. Un cumpleaños es una fiesta patronal, un evento relevante, como un matrimonio, Fiestas Patrias o Navidad, se asientan en la casa de la matriarca Beatriz y festejan el milagro de la vida y la celebración del destino generoso, de vivir como una tribu, firme, cuajada en la adversidad y la prosperidad. La familia del lobo estepario es un archipiélago, lejos uno de otro, sin conexión; vive indiferente, solo se conmueve levemente cuando alguien muere o saben que está en desgracia. Eduardo José siempre recordaba con amargura tres traumas que aún no supera: el desprecio amoroso, el abandono paternal y la soledad autoimpuesta. Un día me dijo: “Yo no tengo miedo de quedarme sin trabajo, sin hijos, sin esposa; me asusta terriblemente ser anciano y vivir solo”. Pensaba vivir, cuando sea senil y expectorado del mercado laboral, con una pensión de mierda, en un asilo de caridad. Con Beatriz cambió de parecer. Siente que tiene derecho a vivir 100 años. De ser un solitario, como un anacoreta, decidió incorporarse al ritmo de la vida y costumbres de la tribu de Beatriz. El lobo solitario y la tribu numerosa se unieron, hicieron un pacto recíproco; se dio cuenta que, en esta vida, mientras respiramos y soñamos, todo es posible, incluso ser feliz solo un segundo.
El mismo día del nacimiento Inca Garcilaso de la Vega, el lobo estepario (que había empezado a interactuar, hablar y decir lo que siente y piensa) fue adoptado, en medio de una celebración casera, por la tribu de Beatriz. Ahí estaban los cuatro trofeos olímpicos: un ingeniero, una administradora, un contador y un psicólogo. Ahora come conversando, no bebe alcohol. Ha llegado Eduardo José a la conclusión, cuando regresa a casa, un departamento de 120 metros cuadrados, en la urbanización Los Girasoles, de que “estará solo, pero no vacío”. Su vida y su rutina han cambiado notablemente. Desayuna, almuerza y cena con tertulia agradable. Despierta junto a Beatriz. El Covid-19 lo persiguió y buscó el modo de atraparlo, pero no se dejó sorprender con los calzoncillos abajo. Se cuidó de la faringitis resistente al antibiótico y el asma. Se volvió vegetariano disciplinado. Ese lobo estepario enseña en la universidad filosofía y literatura. El lobo estepario se transformó en lobo sociable, amable, sin fauces ni el hábito de aullar a la Luna; vive feliz con la tribu que le brinda abrigo, comida, agua, protección, apoyo, que muestra las garras cuando lo amenazan o se atreven a darle un adjetivo injurioso.
El romance otoñal busca disfrutar al máximo la vida y sus circunstancias, ya no hay tiempo para el enojo, la bilis, el qué dirán de la gente lenguaraz, la discusión inútil, en la imposición del orgullo. Te das cuenta, Eduardo José, que falta poco para llegar a la fecha de vencimiento de la vida; no puedes desaprovechar esta oportunidad de amar y ser amado; tú que jamás sentiste, de verdad, quién te quiera. Eduardo José, el lobo estepario, finalmente, fue incorporado a la tribu de Beatriz. Hoy lee y escribe menos, pero ama como nunca lo había hecho. Canceló todas sus citas y se fue a vivir con Beatriz en el cómodo y acogedor departamento de 95 metros cuadrados en Los Sauces, a unos metros de la parroquia de la ciudad.




