¿Dónde carajos andan las feministas de escritorio?

¿Dónde carajos andan las feministas de escritorio?

Lo que en circunstancias normales no tendría por qué ocurrir, esto es, que un hombre compita con una mujer en certámenes deportivos oficiales, como si de una verdadera mujer se tratara, está ocurriendo con cada vez mayor regularidad de un tiempo a esta parte, y en no pocos países occidentales. Y, lo que es peor, con la complicidad, con el aval, con el visto bueno, de esas mismas federaciones que, como sería lo esperable, deberían ser las principales responsables de velar por el bienestar físico y emocional de sus competidores. El argumento para que tamaño despropósito tenga lugar es que quienes, movidos por las circunstancias que fueren, se asuman del sexo contrario, tienen todo el derecho de que se los considere de esa manera. No precisándose, por tanto, que pasen por algún tipo de intervención médica ni, tampoco, que reciban algún tipo de tratamiento hormonal para modificar su físico.

La primera consecuencia lógica de que hombres (autoasumidos como mujeres, es cierto, pero hombres, al fin y al cabo) estén compitiendo con mujeres en certámenes deportivos oficiales ha sido, comprensiblemente, que ganen en todos los casos. Circunstancia que, además de entrañar de por sí un claro atropello al juego limpio, constituye asimismo un innegable abuso en contra de la integridad física de las mujeres, sobre todo en aquellos casos en los que, por la misma naturaleza de ciertos deportes, se da entre los competidores un evidente y necesario contacto físico. Lo que sucede, por ejemplo, en el box. Deporte en el que, por obvias razones, es muchísimo el daño físico que se le podría causar a una mujer al hacerla pelear con un hombre. Como si se encontrasen en igualdad de condiciones, por el solo hecho de que el hombre en cuestión afirme sentirse una mujer.

Otro tanto sucede en deportes como el del levantamiento de pesas, en el que es la fuerza de los contendientes la que, lógicamente, determina al ganador. Y siendo el caso de que, por una cuestión de evidente naturaleza biológica, son los hombres los que poseen una mayor potencia muscular en comparación con las mujeres, queda claro que aquí también se produce una innegable injusticia para con estas. Y ni que se diga de la natación o del fondismo, disciplinas deportivas en las que también termina siendo decisiva la fortaleza muscular de los competidores, con lo que no se necesita ser un genio para deducir a favor de quiénes acabará inclinándose la balanza: de los hombres, una vez más.

Pero claro. No faltarán quienes digan estar a favor de que se realice este tipo de competiciones, pues los hombres en cuestión en realidad no serían hombres, sino mujeres, mujeres trans. Lo cual, para empezar, es una intragable mentira. Que lo que son, en honor a la verdad, es hombres transexuales, es decir, parafraseando a la Academia, personas de sexo masculino que se sienten del sexo contrario, y adoptan sus atuendos y comportamientos, o, según sea el caso, individuos que mediante tratamiento hormonal e intervención quirúrgica adquieren los caracteres sexuales del sexo opuesto. Pretender sostener lo contrario es confundir el culo con las témporas.

Y no se trata, desde luego, de que los transexuales estén prohibidos de participar en certámenes deportivos oficiales, sino de que dichas justas deportivas sean eso: justas. Tanto para unos como otros. Cosa que jamás ocurrirá si tanto la sociedad civil como las instituciones deportivas y hasta los mismos estados persisten, estúpidamente, en seguir actuando como si aquí no pasara nada. Como si el aceptar el enfrentamiento deportivo entre transexuales y mujeres no fuese desde todo punto de vista una tremenda injusticia para estas. Como si no fuese mejor, por aventurar una posible salida al problema, organizar certámenes deportivos en los que exista una categoría dedicada única y exclusivamente a las personas transexuales. Con lo que competirían en igualdad de condiciones entre sí, y, no menos importante, se dejaría de estar causándoles el enorme daño físico y emocional que en la actualidad se les viene produciendo a las mujeres al prácticamente obligarlas a competir en tales condiciones.         

Así las cosas, las preguntas caen por su propio peso. ¿Dónde carajos andan las feministas de escritorio, o, para decirlo en términos más actuales, las feministas de Twitter, que no se les oye ni una sola palabra de protesta por este flagrante abuso en contra de las mujeres, de esas mismas mujeres a las que tanto dicen representar, defender? ¿O es que, para no comprarse un pleito con la llamada comunidad LGTBI, prefieren hacer la vista gorda, como si el asunto no fuera con ellas, como si quienes vienen sufriendo las consecuencias de esta evidente injusticia no merecieran que alzasen la voz para defenderlas? ¿Será posible que, bajo el argumento loable de darles las mismas oportunidades a todos, cosa con la que, dicho sea de paso, nadie podría mostrarse en contra, se justifica el que se esté afectando abierta y descaradamente a un sector de la sociedad al que por las razones que ya todos conocemos se debería más bien proteger?