70 AÑOS DE “EL DOMINICAL”

70 AÑOS DE “EL DOMINICAL”

Por Arlindo Luciano Guillermo

Leo El Comercio desde mi adolescencia; hoy sigo en lo mismo. Era un periódico grande, con muchas páginas, dedicaba muchas horas en leer. Ser lector exige tiempo, reflexión y desgaste intelectual. No leo por diversión ni recreación, sino por instrucción, deleite y necesidad espiritual. Un profesor y un periodista sin lectura exhiben orfandad verbal, torpeza de lenguaje y cursilería; están desprovistos de reflexión, debate, argumentación y tolerancia. Mi presupuesto mensual considera religiosamente libros, revistas y periódicos. En la década del 80, cuando era estudiante universitario, leía El Dominical y Caballo Rojo, luego vendría Domingo de La República, Quehacer, Moneda del BCR, donde leí, sin proponérmelo, un fragmento de El laberinto de la soledad de Octavio Paz y la poesía de Juan Gonzalo Rose. Antes de casarme, la primera vez, tenía una colección considerable de esos tres suplementos dominicales. Le debo a la lectura estar vivo. Dejé mis manuscritos, periódicos y suplementos. Cuando regresé, al cabo de unos meses, la pequeña habitación, de 20 metros cuadrados, mi búnker, donde redactamos con Luis Mozombite el manifiesto del Movimiento Literario Cauce, tenía otro ocupante; “mis papeles acumulados” desparecieron. No reclamé ni pregunté a dónde habían ido a parar. Mis libros y yo siempre fuimos gitanos; nunca tuvimos patria propia. 

El primer El Dominical vio la luz limeña el domingo 29 de marzo de 1953. Desde entonces, durante 70 años, los peruanos de provincias tuvimos la oportunidad de leer cultura, con gran performance de escritura, reseñas de libros, entrevistas, ensayos, artículos, novedades y primicias literarias, carátulas de Mariátegui, Garcilaso de la Vega, Ribeyro, Magda Portal (la pareja de Serafín del Mar, poeta vanguardista), Vargas Llosa (sonriente, cuando recibió el premio Nobel de Literatura; el titular: En octubre sí hay milagros), Albert Camus, Umberto Eco o Arguedas. El Dominical reunió, en el equipo de redactores y colaboradores, a notables escritores, pensadores, académicos e intelectuales.  Era un modo perfecto de estar al tanto con la cultura, el arte y la literatura. No había redes sociales; leía bastante para saber y estar informado. En El Dominical del domingo 26 de marzo, en las páginas 4-5, se publica una encuesta con el título “Las mejores novelas en tiempos de El Dominical”, es decir, aquellas que se publicaron desde 1953 hasta 2023. Siempre en el Perú, Vargas Llosa y José María Arguedas van a ser un símbolo cultural: el uno occidentalizado, más monolingüe español, urbano, portentoso, con resiliencia a tope; el otro cercano a la identidad, a la pluralidad cultural y lingüística, la procedencia andina, los padecimiento en la infancia, la escritura que resume al Perú profundo con narrativa moderna y ambiciones de novela total como Todas las sangres y la tragedia de El zorro de arriba y el zorro de abajo, el suicidio y aprecio de los lectores, coherente con los principios políticos e ideológicos. A ambos los leo con simpatía, interés, sin preferencia, sin confundirlos. Vargas Llosa y Arguedas parecieran representar la actual polarización política, ideológica y cultural del Perú.    

La encuesta arrojó que, de 48 novelas, Los ríos profundos de Arguedas ocupa el primer lugar con 50 menciones de 70 escritores y críticos literarios. Los ríos profundos, publicada en 1958, hace 65 años, conserva su encanto narrativo y la historia literaria; el adolescente Ernesto, vivaz, observador, empático con el lector, tiene que quedarse internado en un colegio de Abancay, hijo de blanco y abogado, recorre el sur del Perú con su padre, sigue fresco en la memoria de hoy. Arguedas se suicidó en 1969, hace 54 años; es un ícono literario, paradigma de cultura andina, raciocinio de pluralidad, del Perú andino y auténtico, distante de los indios de Aves sin nido, Cuentos andinos, Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno. A Arguedas no le contaron los padecimientos de los indios ni la condición de marginados, expoliados y sirvientes. En el Primer Encuentro de Narradores (Arequipa, 1965), Arguedas hizo una confesión sincera: “Yo soy hechura de mi madrastra. Mi madre murió cuando yo tenía dos años y medio. Mi padre se casó en segundas nupcias con una mujer que tenía tres hijos. Yo era el menor y como era muy pequeño me dejó en la casa de mi madrastra, que era dueña de la mitad del pueblo. Tenía mucha servidumbre indígena y el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio. Y a mí como me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios decidió que debía vivir con ellos en la cocina; comer y vivir allí”. En el discurso del premio Inca Garcilaso de la Vega (1968), Arguedas dijo: “Yo no soy un aculturado; soy un peruano que, orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.      

Debajo de Los ríos profundos aparecen novelas notables, de trascendencia, cruciales en la literatura peruana contemporánea, de calidad invalorable, de lectura y relectura: Conversación en La Catedral (2, 1969), Un mundo para Julius (3, 1970), Ximena de dos caminos (4, 1994), La violencia del tiempo (5, 1991), La guerra del fin del mundo (6, 1981), La ciudad y los perros (7, 1963), Rosa Cuchillo (8, 1997), Redoble por Rancas (9, 1970) y País de Jauja (10, 1993). Curiosamente el primero es Arguedas; el décimo, Edgardo Rivera Martínez. De los 10 novelistas, solo dos nacieron en Lima: Bryce y Scorza; los demás en provincias: Andahuaylas, Arequipa, La Oroya, Piura, Ancash, Jauja. Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel de Literatura; están vivos solo Vargas Llosa y Bryce Echenique, con 87 y 84 años respectivamente. Una sola mujer: Laura Riesco (1940-2008). Entre otras novelas, también aparecen El espía del inca (Rafael Dumett), La hora azul (Alonso Cueto), En octubre no hay milagros, Los eunucos inmortales (Oswaldo Reinoso), Montacerdos (Cronwell Jara), Los geniecillos dominicales (Ribeyro). No aparece, ni por asomo, ninguna novela de Huánuco. ¿Acaso no se han escrito novelas de significación, importancia y trascendencia en Huánuco? ¿Ay, Carmela, No se suicidan los muertos, Los náufragos de la noche, El viejo mal de la melancolía, El paraíso exiguo o Negro cielo? ¿Qué falta en la novela de los escritores huanuqueños para ser competitiva, apreciada en los círculos de la crítica literaria?  

Arguedas es epifanía, revelación del Perú real, rural, andino; leer a Arguedas es inmiscuirse con franqueza en la pluralidad y el deseo de un país solidario, justo y respetuoso de las identidades culturales. La lectura de Arguedas cambia la vida, somete al lector a una estampida espiritual y mental y a la percepción que tenemos del país en el que vivimos. Si solo leyéramos, de modo personal, Los ríos profundos, Agua, “El sueño del pongo” y “La agonía de Rasu Ñiti” ganaríamos ciudadanos dispuestos a entender que el Perú es un país fragmentado, que necesita soluciones democráticas integrales e inclusivas. No leer a Arguedas es imperdonable.