MALALA

Por: Arlindo Luciano Guillermo

Una mujer de 19 años, en términos regulares, aún se prepara en una academia preuniversitaria o estudia en la universidad los primeros ciclos de una carrera profesional. En Venezuela ni en Cuba, donde impera el autoritarismo, las mujeres no están excluidas de la educación, de empleo ni superación. Desde el protectorado de José de San Martín hasta hoy, todos los presidentes de la república han sido varones; a una mujer siempre el pan se le ha quemado en la puerta del horno. Es el caso de Keiko Sofía Fujimori, quien perdió en las ánforas con Ollanta Humala y recientemente con Pedro Pablo Kuczynski.
Las mujeres de hoy tienen más, mayores y mejores oportunidades. Estudian, trabajan, se doctoran, ocupan cargos públicos de alta responsabilidad, toman decisiones políticas, lideran empresas, procrean hijos que planifican, aman a un varón, hermosean, van al sauna y al estilista, se divorcian y se esfuerzan, junto a sus hijos si hay, por vivir mejor y con la mayor tranquilidad, eligen libremente con quién vivir poco o hasta la muerte. Hoy el enfoque de género, el acceso equitativo al empleo, educación, salud y servicios básicos tienen vigencia, es posible comprobarlo en la realidad. Más mujeres en la administración pública, en la empresa privada, con emprendimiento admirable. Si bien aún sobreviven, como bacteria, “ciertos prejuicios” contra la mujer, el machismo mutilador, el feminicidio aumenta y numéricamente no hay un cupo justo en el mercado laboral ni en las oportunidades, la sociedad moderna ve en las mujeres a un actor relevante en la política, economía, cultura y liderazgo. El paradigma de la mujer doméstica (cocinar, lavar, criar hijos y atender al marido) ha cambiado, sin que eso sea un pecado ni un oficio vil, sin merecimiento ni agradecimiento. ¿Cuántos hijos quisieran que su madre esté todo el día con ellos, ayudándolos con la tarea, conversando sobre sus problemas, recreándose en todo momento? Las mujeres han incursionado en el sistema productivo, laboral y político. ¿Cuál será la evolución de la sociedad durante el siglo XXI con respeto a las mujeres? ¿Qué será de las niñas de hoy, cuando mañana sean mujeres profesionales y mayores de edad?
Malala Yousafzai nació el 12 de julio de 1997, en Mingora, Pakistán, país donde los talibanes imponen terror en nombre del Islam y de Mahoma. En el 2014, cuando apenas tenía 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz. Dijo, al mundo desde Oslo, en la ceremonia de entrega del premio: “Pero las cosas cambiaron. Cuando tenía 10 años, Swat, que era un precioso lugar turístico, se convirtió de repente en un nido de terrorismo. Más de 400 escuelas fueron destruidas. Se prohibió que las niñas fueran a la escuela. Las mujeres recibían palizas. Se mataba a personas inocentes. Todos sufríamos. Y nuestros sueños maravillosos se convirtieron en pesadillas. La educación pasó de ser un derecho a ser un delito. Al cambiar de repente mi mundo, cambiaron también mis prioridades. Tenía dos opciones. Una era callarme y esperar a que me matasen. La otra hablar alto y que me matasen entonces. Elegí la segunda opción. Decidí hablar alto. Los terroristas trataron de detenernos y nos atacaron a mí y a mis amigas el 9 de octubre de 2012, pero sus balas no pudieron vencernos. Sobrevivimos. Y desde aquel día nuestras voces no han hecho más que crecer.” Malala, adolescente, asumía el desafío mundial de batallar con coraje, en todo escenario, por la defensa de los derechos de las mujeres, de millones las niñas que a los 12 o 13 años son obligadas a casarse, que viven en el más completo analfabetismo, sin acceso a la educación ni a la participación pública ni cultural. Malala compartió el Premio de la Paz 2014 con Kailash Satyarthi, veterano ciudadano hindú y luchador por los derechos de los niños en La India, donde la explotación es cruel. En la película ¿Quién quiere ser millonario? (2008), ganadora del Óscar a mejor película, se muestra las caras de La India: Bombay próspera, emporio de tecnología y emergente economía y las ciudadelas marginales donde miles de hindúes, niños pobres, viven en el completo hacinamiento, en la miseria, la basura y la total marginalidad, junto a las luchas religiosas irreconciliables y la más cruel explotación infantil. Malala tenía 17 años cuando el mundo la escuchaba como Premio Nobel de la Paz. En pleno siglo XXI, con feisbuc, tuiter y de economías de libre mercado, en países de Medio Oriente aún las mujeres están privadas de la educación y participación política, se les mutila el clítoris y lapida por adulterio, se les casa con quien no quieren ni conocen, son asesinadas por levantar la voz de protesta y exigir igualdad de oportunidades. Malala es el símbolo en el planeta Tierra de lucha por la igualdad y la educación en favor de las mujeres.
Ella prácticamente volvió a nacer. Ante el Secretario General de la ONU Ban Ki-moonn dijo: “Estimados amigos, el 9 de octubre de 2012, el Talibán me disparó en la parte izquierda de mi frente. Les disparó a mis amigas también. Pensaron que las balas nos silenciarían, pero fallaron. Y de ese silencio surgieron miles de voces. Los terrorista pensaron que cambiarían mis metas y detendría mis ambiciones, pero nada cambió en mi vida, excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron; la fuerza, el poder y el coraje nacieron.” El País (Madrid), el 10 de octubre de 2012, reportaba así el atentado contra Malala: “Ni noticias del gobierno ni de las próximas elecciones. Todas las cadenas de televisión de Pakistán abrieron el martes sus informativos con el ataque de los talibanes contra Malala Yousafzai, una estudiante de 14 años. ¿Qué había hecho esta cría para merecer su ira? Estudiar y defender el derecho de las niñas paquistaníes a recibir una educación, también en su comarca, el valle del Swat, al noroeste del país. El pistolero la ha alcanzado en la cabeza. La niña fue operada anoche en Peshawar. Los médicos han logrado extraerle la bala de la cabeza y se encuentra estable.”
No había disparado un ciudadano pakistaní, sino un talibán, una ideología ciega, intolerante, fanática, de odio y muerte. Malala no murió, sobrevivió heroicamente al atentado feminicida. Hoy es una lideresa mundial. En su discurso aflora categóricamente el mensaje pacifista, de paz espiritual, empequeñecimiento progresivo del ego y de perdón de Buda, Martin Luther King, Gandhi y Madre Teresa de Calcuta. Dice Malala: “Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo.” La intolerancia religiosa y el dogmatismo político erosionan la democracia y la convivencia entre los pueblos. Cualquier modalidad de autoritarismo, intransigencia en el poder y restricción de libertades es un atentado contra la civilización y la inteligencia del homo sapiens.