El zoócrata payaso

Por: Jorge Farid Gabino Gonzáles

Una cosa es cierta. Si hay algo por lo que deberíamos alegrarnos la victoria de Donald Trump, es porque esta permitió que se le cayera una de sus más grandes caretas a los Estados Unidos. Durante mucho tiempo, se nos ha vendido la imagen de que es este un país en el que la tolerancia, esto es, el «respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias», es uno de sus valores supremos. No es así. Hoy más que nunca sabemos que esto no es así.
La prueba radica en la abrumadora cifra con la cual los estadounidenses eligieron a este zoócrata payaso. Cincuenta y nueve millones de votos a favor de Trump no son broma. Se trata, ni más ni menos, de un número exorbitante de estadounidenses que podrán no pensar como él necesariamente, pero sí creen, y esto escapa a toda discusión, en la viabilidad de sus “propuestas”, en la “necesidad” de un cambio de rumbo de la política interna norteamericana. El problema, desde luego, no radica tanto en que el magnate de los bienes raíces haya prometido imprimirle a su gobierno las directrices que bien le podría haber dado a una de sus múltiples empresas, sino en el hecho de que su descarada misoginia, su trasnochado racismo y su más que censurable xenofobia lo convierten en el perfecto catalizador de las fobias, traumas y complejos que, como ha quedado demostrado, posee un gran porcentaje de estadounidenses.
Porque no nos dejemos engañar. Que aquí, bien vistas las cosas, no ha ganado Donald Trump. Han ganado el irrespeto hacia las mujeres, el desprecio hacia quienes no son de su misma raza, el odio hacia los que, teniendo la procedencia que tengan, llegan a su país para quitarles la hamburguesa de la boca.
Ya lo hizo Bush en su momento, cuando se valió del miedo ―mejor dicho, del pánico― al terrorismo, para volver a hacerse de la presidencia de los Estados Unidos. Hoy vuelve a ocurrir, solo que a diferencia de aquel, a Trump no se le ocurrió mejor idea que explotar otro aspecto de la condición humana, uno mucho más recóndito y por ello mismo más susceptible de tocar las fibras más íntimas de sus compatriotas: el odio.
No se equivocó. Y para ello no requirió, es bueno saberlo, de reputados y costosísimos asesores de campaña para saber lo que tenía que hacer, no; le bastó, simple y llanamente, con mirar dentro de sí mismo para saber hacia dónde tenía que apuntar su estrategia: hacia la reivindicación del odio. Ese odio que durante decenas de años venían amasando en sus corazones millones y millones de estadounidenses. Un odio feraz que se fue cultivando con diligencia porque supo hallar tierra fértil en que echar raíces. Odio hacia quienes no “son” como ellos. Odio hacia quienes, no pudiendo entrar por la puerta, terminaron metiéndose a su casa por la ventana, y hoy, en muchos casos, viven a costa del estado.
Ignoramos si como prometió durante la campaña electoral, comenzará a construir el muro 3200 kilómetros en la frontera con México desde el primer día de su gobierno. Y aunque lo más probable es que no lo haga ―al menos no tan pronto―, lo cierto es que el solo hecho de haberlo prometido a sus entonces posibles electores, y que estos lo hayan tomado con simpatía, debería tener en alerta a su vecino del Sur, habida cuenta de que no se trata de un simple e inofensivo delirio de loco, se trata, ni más ni menos, de una medida que será llegado el momento (sus votos lo demuestran) mayoritariamente apoyada por el pueblo estadounidense.
Felizmente, no todos en los Estados Unidos están mal de la cabeza. Hay millones de norteamericanos que no comparten los delirios cuasinazis de Trump. Resultan pintorescas, en tal sentido, las declaraciones de algunas celebridades del país del Norte respecto de lo que harían si el republicano ganara. Hoy que su triunfo es un hecho, sabrá Dios si siguen pensando lo mismo: Barbra Streisand: “No puedo creerlo. Mejor me voy a tu país (México), si me dejan entrar, o a Canadá”; John Stewart: “Voy a meterme en un cohete y mudarme a otro planeta, porque claramente este planeta se ha vuelto loco”; Samuel L. Jackson: “Si ese idiota se convierte en presidente, voy a mover mi trasero a África del Sur”; Whoopi Goldberg: “Escucha, él puede ser lo que quiera; lo que no puede ser es el hombre que dice que es tu culpa que las cosas no funcionen. Ese no es el presidente que quiero”; Chelsea Handler: “Me compraré una casa en otro país, solo por si acaso”.
Honestamente, dudamos que quienes dijeron que se irían, al final terminen yéndose. De hecho, no tendrían por qué hacerlo; después de todo, también es su país. Y nadie puede “obligarlos” a marcharse. Ni siquiera Trump. Como sea, un consejo nunca está de más: a veces ―las más de las veces― es mejor meterse la lengua al fundamento, cuando de prometer autoexilios se trata. Si no, podría correrse el riesgo de resultar más falsos que moneda de tres soles.