Por Jacobo Ramírez Mayz
Llegó a la casa gracias a la generosidad de mi amigo Willy Cachay, más conocido en el mundo del hampa como Shaprita. La primera vez que le atendí, se acercó y le di de beber agua en mis manos. Creo que ese fue el punto de partida para que se encariñe conmigo.
Camina piando por el patio y, cuando se cansa, entra a la sala, disimuladamente se acerca a mis pies, picotea mis uñas y, haciendo un sonido en su garganta, se acurruca y se duerme. Entonces tengo que cargarlo, acariciarle y llevarle a su cajita, que está acondicionada con unas telas que le sirven de colchón por ahora, y que le debe parecer de tres plazas. Cierro la caja y me paro a un costado para escuchar el sonido que hace, hasta que finalmente se duerme. ¿Qué estará soñando?, pienso. Ojalá nomás no sea en “El cuento del pollo”, me digo. Después de unos minutos, imagino que debe tener frío, entonces voy a la caja y lo envuelvo con un mantel. Luego regreso al silencio de mi soledad y, pensando que tal vez se podría asfixiar, salgo y de nuevo lo destapo, mientras que él pía despacio como quien me dice que lo deje descansar.
Dos días después, lo oí piar casi como lamentándose porque tal vez se sentía solo, igual que yo. Para levantarle el ánimo, me fui a Huánuco y compré dos gallinitas para que sean sus compañeras. Esa tarde, cuando las puse a su lado, mi pequeño pollito comenzó a trompearse con las dos. Entonces le agarré con ternura y, así como un padre habla a sus hijos, le dije: «No se pelea por gusto, y, si lo haces, ellas se pueden molestar y te pueden sacar la mugre y someter, y tendrás que vivir bajo sus mandatos tal como vive tu exdueño». Parece que las últimas palabras le llegaron al corazón. Cuando lo puse en el suelo, solo sacó pecho y se fue junto a ellas a seguir comiendo. Como lo vi machito, le bauticé con el nombre de Conor y así lo llamo cada vez que lo veo. Él responde a su nombre bajando sus alitas y caminando a pasos cortos y a gran velocidad.
Se acostumbró a sus compañeras y desde pequeñito, seguramente igual que su exdueño también. Las comenzó a cortejar y cada vez que encontraba un pequeño gusano las llamaba tal como lo hacen los gallos adultos. Un día los saqué al jardín para que paseen, contemplen las rosas, persigan mariposas y se coman todo lo que sus ojos puedan ver. Así enamorados, dejé a los tres, pero no me percaté que Satanás, Venus y Harú también los contemplaban detrás de una columna de la casa.
En la noche, cuando regresé, los busqué para llevarlos a su lecho de amor, pero ninguno contestó. Solo mis perros pasaban la lengua por sus hocicos grandes. Entonces caí en la cuenta de lo que había pasado, me enfurecí y les dije: «Si se han comido a mi pollito y a sus parejitas, son perros muertos». Los tres movieron la cola. Con linterna en mano, los busqué. En eso oí el piar de uno de ellos. Entendí que era el de Conor: estaba debajo de un geranio, temblando de frío. Lo agarré y busqué a sus compañeras, pero no dieron signos de vida. Imaginé a Conor sacando pecho y peleando, primero defendiendo a sus amigas y luego defendiéndose, machazo, pateando, esquivando los mordiscos, saltando, enfrentándose a esas bestias grandes que son mis perros. Ahora ya se parece a su nuevo dueño, me dije. Lo revisé y al ver que estaba sano le di de comer, lo puse en su caja solitaria una vez más y ahí lo sigo poniendo cada noche y soltándolo en las mañanas en mi patio, donde mis perros no pueden entrar. Todos los días acaricio su cabecita y le digo al oído: «Come bastante para que cuando seas grande le saques la mugre a esos perros, que son causantes de tu soledad». Él me responde con su piar tierno que retumba en mis oídos por el resto de la noche.
Las Pampas, 08 de diciembre de 2022




