UNA PROMESA LITERARIA DE HUÁNUCO

Escribe: Ronald Mondragón Linares

Hemos recibido con agradable sorpresa la noticia de que en el II Concurso Nacional Interescolar de poesía “Fransiles Gallardo”- 2022, organizado por el Programa Lima Lee de la Municipalidad Metropolitana de Lima y el Gremio de Escritores del Perú, un joven huanuqueño, estudiante del 4° grado de educación secundaria de la IEP “Steve Jobs College” de Pillco Marca, se hizo acreedor nada menos que al primer premio del citado concurso, con el trabajo “Arcoíris bipolar”, que reúne trece poemas en su conjunto, conformando un breve poemario unitario.

Precisamente, ese es uno de los aspectos que me llamó la atención del trabajo poético galardonado: la unidad temática y hasta estructural del conjunto, pese a los deslices e imperfecciones naturales e inherentes al escritor que empieza a pergeñar sus primeros escritos.

El tema mismo es, también, sui generis, si tenemos en cuenta la etapa vital que atraviesa el poeta en su existencia (aunque me han hecho notar, dígase de paso, que en la actualidad los jóvenes adolescentes tienen preferencia por ciertos temas “oscuros” asociados al aislamiento social y de tenebrosas simbologías).

Si es realmente conmovedor que un adolescente de quince años nos refresque el alma con las pinceladas puras de su iniciación literaria, lo es mucho más cuando advertimos que se ha atrevido a ingresar, sin temor, a ciertos recintos poéticos plagados de la oscuridad de la destrucción y el sufrimiento humanos, de la fatalidad de la muerte y la lucha denodada por la sobrevivencia existencial.

Porque Vedoco Domínguez Valentín (Huánuco, 2007), nieto del ilustre intelectual y uno de los patriarcas de las letras huanuqueñas, Víctor Domínguez Condezo, quizá represente a esa nueva generación del siglo XXI que asiste, con mal disimulado desencanto, a una época signada por la fría futilidad de las hipercomunicaciones digitales y la trunca y, al mismo tiempo, engañosa felicidad del mundo virtual. Si a comienzos del siglo XX, el signo trágico de la escisión social y la angustia individual era el tenebroso rostro de la guerra; en el presente el contacto impersonal carente de rostro y la trágica soledad indiferente que conlleva, es el estigma de una sociedad donde sus integrantes se aíslan y se recogen sobre sí mismos como en tubos de vidrio.

Así pues, nuestro joven poeta parece trasladar esa impresión social para poetizarla de singular manera. Asiste, presto y con un lenguaje afiebrado y a veces virulento, a una especie de deflagración, de espantosa consumación en la que los últimos resquicios de lo humano están condenados a muerte. No hay pesar, sin embargo, ante esta dantesca visión, sino un convencimiento de que efectivamente así debe ser.

Luego de “ver la luz oscura de la muerte”, el poeta-adolescente adopta un tono profético, pues asegura que escuchará “las trompetas del fin”. Es evidente, llegado a este punto, que el autor no se detendrá en su alegoría y la llevará hasta el final, intencionalidad que considero trasciende lo poético y lo estético para constituirse en una auténtica catarsis liberadora de las angustias de la existencia. 

Aquí, no obstante sus luchas interiores, Vedoco Domínguez actúa como portaestandarte de su generación. Nos dice, ardidamente, que los adolescentes también sufren. Que se mueven en laberínticos vericuetos familiares. Que sus almas también necesitan paz y serenidad, y cobijo humano, y amor a raudales.

Por ello, en el último tramo de su “Arcoíris bipolar”, aparece el amor que es la salvación de los horrores del espíritu. Valquiria en forma de ángel o doncella del amor o paladín de la libertad. Valquiria o la luz que ilumina los corazones y el mundo con la antorcha de los hombres libres.

Así lo ha entendido nuestro autor. No en vano, en la mitología nórdica las valquirias son destinadas a escoger a los mejores combatientes, y él, autor del presente poemario, está destinado a ser un gran combatiente por la vida, por la libertad y la poesía.