FANTASMA

Por Yeferson Carhuamaca

La siniestra soledad de la noche eterna tiende a crujir huesos en el silencio y las voces de las balas apagadas retumban como tambores en una estática selva. 

En compañía de los demonios se contemplan los pasos de aquel ser que sigue sentado en una de las veredas frías de la plaza Mayor. Como un ser sobrenatural dirige la mirada a la bandera solitaria, bandera de sangre. 

Es la primera vez que está sentado ahí, solo, de vez en cuando una sencilla brisa toca las hojas de los árboles, la sensación de esta madrugada es fúnebre y tiene tintes opacos, su alma y corazón son pedazos de piedras flotando en un universo desconocido, es de madrugada y no sabe a lo que se enfrenta, yace sentado y extraviado, ya que es lo único humano que pudo hacer.

El paisaje en blanco y negro, como aquellas películas mudas, pero sin cosas ni personas en movimiento, son parte de este lienzo triste de realidad. Aunque lo intenta, aquel ser no se acuerda cómo pronunciar vocablo alguno, quiere gritar, gritar y que todo el mundo lo escuche, pero cuanto más grite, más silencio queda y es fatigoso; lo ha repetido varias veces desde que se encuentra ahí sentado en la acera fría de cemento y piedras. 

Un ave aletea y surca los techos de casas alrededor de esta plaza, pero luego desaparece, aún las tinieblas y pequeñas burbujas ondean en lo más profundo de este raro ritual de espejismo, y la tristeza cae en el espectro como las hojas de otoño caen lentamente como si estuvieran midiendo el tiempo mientras caen.

Él se toma las manos, quiere sentir el calor humano, pero no siente nada, busca hundirse en esas llagas de su pecho y la herida principal a la altura de su cuello, sus ropas están rotas, pero ya no siente los ácidos sulfurosos de aquel día. Llora; sin embargo, no existe lágrimas de sus odios, sus rencores; llora, pero nadie ve su tristeza, sus culpas, su mala suerte; llora, más no puede estar de pie, no siente las manos, ni sus heridas, solo se queda sentado, aunque su cuerpo no esté cansado y sus pulmones no pueden saborear el aire con aromas de anís y geranios ni su pobre sudor con olor a tierra y guano ni su aroma a quesito con choclo; quiere desesperar, siente que quiere romper con este ilusorio mundo de oscuridad y fatiga, pero no puede.

Aquel solo puede observar tenuemente el asta inmóvil, inerte, allá en lo alto donde habita una solitaria bandera que casi imperceptiblemente ondea, se fija que es lo único que tiene color en este mundo monocromático, ese pedazo de tela lleva el color rojizo como claveles floreciendo en la noche, aquel rojo intenso como la sangre de las vidas quitadas por el espectro de la muerte, de aquellos que con pasamontañas y armas de fuego acabaron con sus hermanos y ahora yacen en el suelo y en la triste historia de un pueblo. 

Es lo único con color en este universo espeluznante y sin movimiento. Lo único que se mueve y tiene color es aquella bandera.

Esa bandera trae a su recuerdo su casita de barro, su chacra, sus perritos y sus ovejas gordas; su pequeño caballo, la feria de los sábados cuando bajaba a la ciudad con todos sus paisanos, las fiestas patronales, el aniversario de su comunidad donde se comía y se bebía, pero, sobre todo se compartía entre todos los paisanos en el pueblo, recuerda con cierta tristeza mezclada los días de alegría que eran los días 28 y 29 de julio, cuando todas las banderas eran parte de las casas y que las fachadas estaban recién pintadas donde todo se veía con vida.

Ya empieza a amanecer, las luces tocan por última vez la cara de aquel espectro, no hay lágrimas sólo quedan los recuerdos. 

De pronto, el espectro puede ponerse de pie frente, yace erguido frente la plaza y a su solitaria bandera. Su imagen va desapareciendo lentamente, así como las flores de diente de león vuelan al horizonte, en calma, va desapareciendo, como las ondas de una bandera, su espejismo te disuelve en esta realidad y asciende como la aurora de un día nuevo.