Por: Jacobo Ramírez Mays
Subió al colectivo, se sentó y dijo: Primeramente, buenas tardes con todos. Algunos le devolvieron el saludo y, como últimamente ando con el hígado en la mano, yo le respondí a regañadientes.
Cuando estábamos entrando a la primera cuadra de Huallayco, el señor, con voz potente, como hablándole a cualquiera de los cuatro que íbamos en el carro, dijo: Antes, toda esta parte era puro chacra, se cosechaba bastante camote; ahora todo se ha convertido en casas de material noble. Hizo una pausa y preguntó: ¿Hemos aumentado bastante, no? Cuando dijo eso, me puse a recordar cómo era Cayhuayna, Yánag, Andabamba, hace solo algunos años atrás, e imaginé, a su vez, cómo sería después.
Nadie le respondió, pero el señor continuó hablando. La gente está creciendo como cancha y los más vivos están invadiendo hasta el “cirro”, y después lo venden. Cuando pronunció mal la palabra, quise, al mismo estilo de los que usan bien el lenguaje, joderle; aclararle que así no se pronuncia, pero decidí por guardar silencio. Quince mil, quince mil diciendo andan, ofreciendo el “cirro”, sin saber ni hablar, carajo, continuó.
Entonces decidí conversarle y le pregunté: Doncito, usted que ha vivido mucho, y se le nota por el pelo cano y las arrugas que tiene en su rostro, ¿qué más recuerda de la parte que pasamos?
Ha, siñor, me respondió, en toda esa parte había caballos que los shucos amarraban cuando bajaban de la sierra. Dejándolos ahí iban pues al mercado a comprar carne, fruta; algunos cambiaban con papa arenosa que traían de sus pueblos, puuuta, siñor, ver todo eso era lindo, lindo. Cementerio también lejos del centro estaba, ahora, mira pue, ya está dentro de la ciudad. ¿Cómo ha cambiado, no?
Cuando alguien moría, en la misa de cuerpo presente, todas las mujeres se ponían su velo negro en sus cabezas y todos los varones con terno negro estábamos. Cuando enterrábamos al muertito las gentes hacían dos filas, ordenaditos íbamos. Ahora con banda de músicos entierran, ¿no?, haciéndole bailar al pobre, jajai jajai, diciendo.
Las casas eran lindas; con huertas. El baño lejos estaba. Ahora la gente donde duerme, come y caga, ¿te has dado cuenta de eso? Cuando dijo eso me miró y sospechando que yo entiendo todo mal, aclaró: Escucha, pue. Ahora en las construcciones modernas el baño aladito de la cocina está o a un costado del cuarto donde dormimos. Inginieros también por la hueva estudian. Claro como ya no hay espacio. Sabe Dios dentro de poco en las casas ya dentro del baño nomás comeremos, dormiremos. En qué acabará todo esto ¿no?
Y lo peor, siñor, los jóvenes ahora todo zonzos andan con su cilular. Buscando no sé qué huevadas. Su dedo también de arriba abajo nomás se mueve. Mi nieto que en universidad estudia también está así. Lo vieras con su dedo set, set, set; así no más para. Yo ya le he carajiado varias veces pero no me hace caso. Me ha dicho que los tiempos cambian, y que antes no existía eso y que así como él ahora se pasa mirando las huevadas que hay en su celular yo antes me pasaba mirando la shicra de mi toro. Lo vieras cómo se alegra cuando atrapa esa cojudez de Pukimún, Pukimún, no sé cómo mierda se dice. Cuando lo encuentra grita como loco, como condenado. Entonces le dije que seguramente su nieto de tanto jugar con el celular ya tiene callos en las puntas de los dedos, a lo que él me respondió: Si es así, hoy mismo le voy hacer hurgonear su nariz a ese sinvergüenza. Entonces todos los pasajeros soltaron una gran carcajada.
Siñor, y si mi nieto tiene callos en la punta de sus dedos seguramente no va poder ir ni al baño, porque imagínate cómo se va limpiar su ojete con su dedo todo hinchado. Y, mientras todos reíamos una vez más por su ocurrencia, ya cuando estábamos a la altura de Lindero, le dijo al chofer que se bajaba, dejándonos a todos los que continuábamos el recorrido con pequeñas sonrisas en los labios.
Las Pampas, 29 de octubre de 2016



