Escrito por Yeferson Carhuamaca Robles
Siempre aparece en mis sueños, en ese limbo donde se pueden ver a los muertos que aún viven y que están para siempre en nuestro ser. El abuelo siempre tenía una sonrisa cálida, una mano prodigiosa, era enfermero, todo un noble señor; vivía en o más alto del mundo y amaba mucho a sus hijos, trabajaba incesantemente bajo el sol pasqueño y, en épocas de invierno, juntaba la nieve con su lampa, los dejaba en la calle y con ello los niños construían figuras que duraban mucho tiempo en derretirse.
Mi abuelito tenía su maleta de cuero, esa que llevaba siempre que visitaba a algún enfermo en la ciudad o cuando iba a su trabajo. Siempre vestía su sacón y un pequeño sombrero cerreño, la gente lo quería porque estaba siempre dispuesto a ayudar. Era flaco y con la mirada fija, pero alegre, todas las mañanas impasibles camina hasta su puesto de trabajo, una pequeña posta médica que estaba no muy lejos de su casa, en el jirón Crespo y Castillo 312, aquel centro médico era más conocido como “La Mina”, ya que siempre había por lo menos un minero para tratarse de una herida o incluso algo peor.
Nunca pensé que te marcharías, querido viejo, dejando a tus hijos y esposa, la abuela. Partió un martes por la mañana, ya que el tren que lo llevaría a una misión se había retrasado un día entero por culpa de la fuerte helada y de la nieve intensa que interrumpió uno de los tramos del tren. El abuelo León, agarró su maleta y guardó una fotografía del último cumpleaños donde todos aparecíamos con él, también sus camisas de lana y ropa tejida gruesa. Él daría su vida por su patria en el frente de batalla, salvaguardando a los soldados, curando sus heridas, esa era su misión.
Pasó un mes como pasa un pequeño gorrión buscando la mañana, luego pasaron dos, tres y cuatro meses más y en la ciudad no había noticia del abuelo, mi papá que en ese entonces tenía 6 años lo esperaba siempre sentado en la vereda al frente de su casa, mientras las tardes y las pequeñas procesiones de mineros caían como la noche tenue a más de cuatro mil metros sobre el mar. Hasta que una tarde se posó en la puerta de su casa un auto militar, traían una carta en donde decía que el cuerpo del abuelo no había sido encontrado y que lo habían dado por muerto, una cruz se clavaba en el fondo de todos nuestros corazones y esa tarde Huaricapcha y todos sus descendientes lloraron bajo el cielo escarchado.
Después de unos meses enrarecidos y de amanecidas con sol, en una mañana de primavera llegó caminando por la calle que lo vio partir, tal como se había ido, el abuelo León ingresaba y tocaba la puerta de su casa. Nadie podía creerlo, el que estaba ya enterrado y del que quemaron su ropa a las primeras luces del quinto día, había vuelto con su familia. El abuelo contaría que había estado herido y que se refugió en una casa, pero que su pelotón lo había abandonado en la selva y que después de reponerse se embarcó por lugares desconocidos e inhóspitos hasta volver a su casa. Fue un milagro para aquellos que lo habían despedido en su funeral.
León se iría de verdad cuando mi papá cumplía 7 años, una enfermedad desconocida haría que se convirtiera en ese ángel no pude conocer, aquel sujeto que de seguro le hizo falta todos sus nietos, de sus historias que jamás escucharía, de su pasado y de cómo volvió a la vida.
Mirando el cielo de hoy empieza a sonar el disco de Manolo Galván, la canción: Por qué te marchas abuelo: /Dicen que la gente mayor sobra en todos los sitios/Mi abuelo ya sabía de esto hace mucho tiempo/Por eso un día hizo su maleta y se marchó/Quizás para no estorbar (…)
/Si tú te marchas, abuelo/Si tú te marchas de casa/Yo llevaré tu maleta/Y me iré donde tú vayas.
Feliz día, Abuelo.




