Por: Arlindo Luciano Guillermo
No tener hambre, sed o recibir un sueldo mensual no garantiza vivir en paz. La vida personal y social no avanza por inercia, en estado de reposo. Al recibir el Premio Nobel de la Paz, en 1964, Martin Luther King dijo: “Me niego a aceptar la idea de que el hombre es solo restos y desechos en el río de la vida e incapaz de influir en el curso de los acontecimientos que lo rodean. Me niego a aceptar la idea de que la humanidad está trágicamente vinculada a la opaca medianoche del racismo y de la guerra, que hacen imposible alcanzar el amanecer de la paz y la fraternidad.” La paz interior es responsabilidad personal; la paz social, un permanente conflicto entre la intolerancia y la aceptación racional, entre la fe y el nihilismo moral, entre la absurda guerra por territorio, intromisión o fanatismo religioso y la convivencia respetuosa y democracia. No hay paz social cuando hay injusticia, discriminación, feminicidio, homofobia, discriminación, autoritarismo, postergación de pueblos alejados de las metrópolis y pobreza material. La paz absoluta no existe. La finalidad de la vida es la búsqueda y disfrute de la felicidad auténtica que no tiene que ver con fortuna, bienes ni fama. Sin embargo, hay “exitoso infelices”.
La educación escolar tiene logros cuando los estudiantes aprenden contenidos, habilidades y competencias. Se aprende para la vida, que todos los aprendizajes sean útiles para resolver problemas diarios. De los problemas jamás nos libramos. Cuando aparentemente no hay problemas algo anómalo está sucediendo. Solo en el cementerio los muertos ya no tienen problemas. También se educa para la paz cuando el estudiante aprende a respetar las diferencias ideológicas y culturales. Se enseña en la escuela y en la familia a convivir con los demás sin “pelearse”, aceptándolos tal como son, con su propia identidad. La tolerancia es un agente ético y social que contribuye grandemente a construir la paz interior y social. La paz no se predica, no es un sermón elocuente, va más allá de las palabras. ¿De qué sirve un ciudadano académicamente exitoso, profesionalmente competitivo, socialmente reconocido, económicamente solvente, cuando no respeta al prójimo ni vive en paz consigo mismo? Los pueblos son grandes no solo porque tienen obras faraónicas y de envergadura, sino cuando crean condiciones para que los ciudadanos vivan seguros, sin temores ni paranoias. Vivir en paz en una sociedad significa que nadie sea víctima de asaltos al salir del banco, de arrebatos de celulares en plena vía pública, de robos de casas sin dejar nada, de extorsiones para exigir cupos o de asesinar a empresarios.
¿Dónde empieza la paz? Si queremos cambiar el rumbo equivocado del mundo y las malas prácticas tenemos que cambiar por convicción y auténticamente nosotros primero. Un ladrón no puede dar lecciones de honradez a otro ladrón. Vivir uno mismo en paz equivale a vivir sin rencores vivos, sin odios fratricidas, sin resentimientos que atormentan, sin envidia criminal. No se puede vivir en paz odiando, insultando, despreciando; eso es una incongruencia moral que termina en hipocresía. Los feligreses en la misa se abrazan como hermanos, se besan la mejilla, se aprietan las manos en señal de dar y recibir paz. ¿Cuándo salen del templo (o mejor salimos) sigue esa promesa de paz con uno mismo y el prójimo? El perdón cristiano es el primer paso para vivir en paz. Perdonar, que es lo mismo que olvidar, sin ser tonto ni masoquista, es empezar una “vida nueva”. ¿Quién de nosotros perdona de verdad? Somos imperfectos, podemos vivir en paz si impedimos que todo lo que venga de afuera no nos afecte. Si no vivimos personalmente en paz, menos vamos a vivir en paz con los demás. La felicidad se refleja en la paz interior que gozamos y contagiamos. En la familia se enseña a vivir en paz. El respeto entre padres e hijos es mutuo, necesario y un factor desencadenante de paz familiar. Los hijos y padres refuerzan la paz familiar con tolerancia, diálogo y comunicación. No puede haber paz en la familia cuando el padre es autoritario e irresponsable, la cónyuge con descontrol emocional e hijos con miedo, ubicados entre dos fuegos. La violencia familia destruye la paz y el respeto. Abundan padres proveedores que se limitan a dar dinero; son pocos los que asumen el rol educador y afectivo. Vivir en paz con uno mismo es tener la conciencia limpia de maldades y resentimientos. Quien busca culpables de sus problemas no vive en paz; amarga su vida, estropea oportunidades y se convierte en mal referente de vida saludable.
El Perú vivió dos décadas de violencia subversiva. En esos años, la paz se esfumó. Los peruanos vivíamos en zozobra, no sabíamos en qué momento terminarían nuestros días con un atentado, una balacera o una detención arbitraria. Apagones, sabotajes, cochebombas, destrucción, asesinatos de ambos lados era el pan de cada día. La paz social estaba en jaque. Hoy no hay senderistas ni emerretistas, pero la inseguridad ciudadana, los “marcas”, los asaltantes crueles no nos deja vivir en paz. Estamos sitiados por el miedo y la desconfianza.
Según la ideología marxista y maoísta, la violencia era la partera de la historia; es decir, que la lucha armada es el “camino correcto” para derrocar el viejo régimen e instaurar la “nueva república popular”. Hoy eso es una necedad inadmisible, una estupidez astronómica. Los problemas políticos, sociales y culturales se resuelven en el marco del estado de derecho, la democracia y la eficiencia de las instituciones. En Colombia, los más de 50 años de guerrillas acabarán con la firma definitiva de la paz. Las FARC le dirán adiós a las armas. Los colombianos dejarán atrás muerte, destrucción, maridaje entre terrorismo y narcotráfico. Pablo Escobar, el narcotraficante poderoso, y Manuel Marulanda Vélez, más conocido como el comandante Tirofijo, son nefastos episodios de la historia América Latina.
La paz se construye todos los días, como una pared: ladrillo a ladrillo. Quien no vive en paz consigo mismo no puede pedir paz social. El estrés es un factor que perturba la paz interior, familiar y social. La paz tiene que ser sostenible. No podemos disfrutar de paz solo un día y seis días de violencia, riña, pelea, muerte y odio. La paz se hace sostenible con el acceso a la justicia, a los servicios básicos, con el perdón sincero y una educación que enseñe a convivir con respeto y tolerancia. La paz es un objetivo mundial como la lucha contra la pobreza, la protección del planeta y la prosperidad de los pueblos.



