Escrito por Yeferson Carhuamaca Robles
La alarma suena y me despierto para ir al trabajo; esta mañana y su rara temperatura hacen mella en mi ser. Me siento cubierto de un gélido ambiente como si fuese en último círculo del infierno de Dante y mis pies descalzos, sutilmente, tocan el piso helado, siento este álgido panorama como un espectro sepultado en el infierno más terrible.
Esta y las últimas mañanas parecen más heladas que cervezas olvidadas en una heladera. Me dirijo a la ducha, es muy temprano, pero hay que bañarse, poco a poco me despojo de las vestimentas y asomo la cabeza sobre la regadera y de pronto el agua “congelada” baña mi piel y se lleva el largo sueño de ser feliz en un mundo triste y sonámbulo.
Mientras me ducho recuerdo que mi amigo, el Loco, una vez me dijo que el calor se puede soportar, pero el frío no. Mientras me froto mi cuerpo recuerdo que cuando era niño las noches en esta ciudad eran cálidas, frescas e incluso calurosas, ahora hay que usar un abrigo, chompa de lana y gorras.
Tomo mi café, son casi las siete de la mañana y ya tengo mis cosas listas para ir a laborar. Desencadeno mi vieja bicicleta de marca Goliat que perteneció a mi abuelo, a mi papá y ahora yo la manejo. Siento la bruma gélida que invada las calles el día de hoy, no lo digo por el clima sino más bien porque un día antes todos sufrimos una gran decepción. Me siento en mi bicla, voy rumbo en dirección al norte, pedaleo algo rápido y atento para no chocarme con nadie en medio de la pista por donde circulan cientos de carros y motocicletas.
Llego a la parte llamada Celusa. Esta bajada se encuentra ubicada en el pequeño distrito de Pillco Marca, Cayhuaynita. La pendiente que pertenece a la avenida Universitaria te muestra un panorama en donde puedes observar parte del recorrido del río Huallaga, y mi memoria recuerda una caminata de un 14 de febrero a las tres de la madrugada.
Mientras manejo, recorro de reojo las miradas de algunos transportistas y peatones que ya están rumbo a sus centros de trabajo, un día antes todos quedaron muy decepcionados porque esperaron un triunfo que nunca llegó y fue un golpe al ánimo y al patriotismo y con sus caras acongojadas todos caminaban rumbo hacer la patria, para mover este país y ponerse la verdadera camiseta. Comprendiendo que la patria no es una camisa de colores, o un plato de comida, sino es no olvidar a los muertos y héroes, de aquellos que bregan al son del sol, de aquellos que asumen su responsabilidad como verdaderos ciudadanos.
Cruzo el puente Tingo, sigo pedaleando a mi trabajo, las ráfagas de frío y viento se impregnan en mis manos y mejillas, siento que debo parar y frotar mis manos, darle un poco de calor y seguir a pesar de la inclemencia de este clima. Por fin, después de unos minutos llego a mi trabajo, siempre puntual. Empiezo a encadenar la bicicleta, me desprendo de mi pantalón y casaca, me quedo en bivirí y pantalones cortos, saludo a mi amigo del volquete y me dice que hay un pedido de ocho cubos de arena fina, que tenemos asegurada la mañana y que debemos avanzar (todo ello mientras me da una lampa y un pico) asiento lo que dice y me dirijo rápidamente al río.
Pedro, trabaja sacando arena todas las mañanas, ya sea feriado con o sin frío, entra a las aguas del río Huallaga, su habitad, donde como una garza señorial, extrae arena fina que se usa en construcciones, él va muy contento y dentro del agua consigue estar abrigado y seguir adelante a punto de sudor, agua y arena. Increíble.




