Pichanga

Escrito por Yeferson Carhuamaca Robles

Son las 8:45 de la noche y me alisto para ir a la cancha de Grass sintético. El Chato, un viejo amigo, está ahí, ya que los lunes jugamos una pichanguita para comenzar la semana haciendo algo saludable, un poquito más saludable que beber un par de chelas de Mashiko (la seño de la esquina). 

La cancha queda a unas cuadras de mi humilde hogar, y apuro el paso, ya que el Chato está que timbra y timbra mi móvil como abeja después de atacar su panal. Llegó, son las nueve de la noche en punto.

 —Otra vez llegando tarde —me dice.

—Le respondo —como debe ser y damos paso a una sonrisa.

Mientras corren los minutos, van llegando al recinto deportivo, a pie, en motos e inclusive en carro (tico del 98) los convocados de la pichanga. Ahí van (mientras dan el saludo de protocolo) el Jorchis, alias Smigol, ya que es más flaco que fideos de cabello de ángel tirado en el piso, por otro lado, está el Nero, ese zambo alto y más pendejo cuando a va a la marca, deja su huella tal cual lo haría Jara a Cavani; Iván, el machete, cuchillo, hacha y todo lo que pueda cortar y romper huesos. 

También están los más privilegiados con el don de la técnica, como es el Crespo, purito gambeta, como cualquier brasileño jugando en la playa de Copacabana, y Jishu, el guardameta gritón y onanista, ya que a veces se la da de mazamorrero y se hace goles increíbles, una locura.

Entramos a la cancha después de haber calentado con dos cervezas bien heladas, el Chato está listo, de pantalones cortos va eligiendo a su equipo, y yo hago lo mismo. Los dos asentimos quien es para mi equipo y quien para el suyo. La pelota rueda y hay una expresión de seriedad mezclada con alegría, el cansancio del día de trabajo (ojo es lunes) desaparece y solo hay un balón para doce no tan jóvenes que gustan de patear un balón y hacer goles, ese deporte que es tan popular en el mundo y como lo diría Borges: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Es cierto, todos somos unos estúpidos mortales y él…, pues, es el gran Borges.

Termina la hora de alquiler de la cancha, hacemos la “chanchita” para pagarla, nadie refuta lo que le toca poner, es más, lo dan con convicción y alegría, mientras el Gordo Marco trae dos cervezas, estas serán las únicas que nos tomemos, ya que mañana hay chamba. 

Todos felices, el Chato, mi pata, mi amigo y hermano de otra familia, me dice que me ha ganado y que ya estamos empatados en victorias… sonrío y le digo que fue champa, que la siguiente le meto cinco.

Las chelas se fueron, tan rápido como el primer amor, ya todos se empiezan a despedir. Todos sabemos de la pasión del Chato por su pichanguita, él trabaja todo el día, es enfermero, que tan noble vocación y profesión tiene, se levanta al canto de su gallo todos los días para hacer pancito en su panadería que tiene allá en la comarca de las Cabuyas (Conchamarca), luego de ello, prende su moto y llega muy temprano a la clínica donde trabaja. 

Los lunes, antes de la pichanga va por las compras de la semana, por eso siempre llega cargando su bolsa con los víveres necesarios que a veces no encuentra en su pueblito, por ejemplo, pañales para su hermosa hija. 

Son casi las diez y media, él se despide con un abrazo, tiene que manejar a esa hora, con el frío que hace gracias al calentamiento global, rumbo a Conchamarca, carga sus cosas y sonríe diciendo, —¡la pichanga para el otro lunes sin falta! Creo que como diría Eduardo Galeano: “Como todos los uruguayos, toditos, yo nací gritando gol” y creo que el Chato nació gritando un gol de chalaca.