SIEMPRE RECORDAMOS A VIRGILIO

Escrito por Arlindo. Luciano Guillermo

Ayer, domingo 5 de junio, Virgilio Jesús López Calderón, uno de los hijos más predilectos de Huánuco, hubiera cumplido 86 años. Lamentablemente, falleció el sábado 2 de febrero de 2019. Hace tres años que está ausente. Desde entonces no está puntual y ubicable en su consultorio del Jr. Dos de Mayo ni en su casa familiar de Jr. Hermilio Valdizán frente a la UDH. No estará entre los vivos nunca más, pero sí en la grata memoria de lectores y amigos que los tuvo a raudales. Virgilio es uno de los escritores más leídos y con más reediciones de sus libros que han sido el deleite de lectores huanuqueñistas y de foráneos que supieron asimilar la cultura y la idiosincrasia del valle del Huallaga. Hace tres años que no está con nosotros. Llamó a Mario Malpartida para pedirle una apreciación sobre Virgilio; piensa, construye la frase idónea y me suelta lo siguiente: “Era bueno en todo el sentido de la palaba”. Es que él fue uno de los amigos cercanos con quien compartió sociedad en la Agrupación Cultural Convergencia desde 1983, junto a Andrés Cloud Cortez, Samuel Cárdich, Miguel Rivera y Raúl Vergara Rubín. A veces, cuando leía en su escritorio, se apoyaba con una lupa grande y la charla ocasional no tenía cuándo acabar.  

Cuando Virgilio Jesús dejó de respirar para siempre, Huánuco estuvo de luto largas horas y días, la bandera local izada a media asta, los pesares eran indiscutibles, los lectores entristecidos; Huánuco había “perdido físicamente” al cronista que le revelaba microhistorias empolvadas, pero luminosas en la memoria de Virgilio, relatos populares, anécdotas casi inadvertidas por la tecnología y el instinto consumista y neoliberal, el lenguaje huanuqueño, los barrios de antaño, fiestas colectivas, personajes emblemáticos y ricos en vivencias. El Huánuco del ayer fue la fuente inagotable y el leitmotiv apasionado de las crónicas de Virgilio Jesús, ciudad a la que amó con intensidad, añoranza, nostalgia y militancia cultural. Exhibía el “don de gente”; era de los que no tenía enemigos íntimos ni públicos. Sabía muy bien que en la pluralidad ideológica y heterogeneidad social se podía vivir en paz y sin pelearse innecesariamente. Virgilio tuvo el aprecio y gratitud unánime de Huánuco. Cuando le conté, en su consultorio, donde se “olvidaba” de sus pacientes y hablaba de literatura, que había publicado en el diario Ahora el inventario de los personajes femeninos de sus crónicas, que titulé Las virgilianas, rio a carcajadas, enrojeció como un camarón, se quitó los anteojos para enjugar sus lágrimas. Seguramente lo había leído; lo decía su sonrisa. Le sucedía como a otros escritores que no advierten lo que escriben, pero que el lector descubre de modo perspicaz y con detalle. “La más excéntrica y atrevida es Rosita Seretti en el barrio Iscuchaca”, le dije. Reímos con picardía. Estoy seguro que él sí ha leído las más de 400 tradiciones de don Ricardo Palma; tenía la edición de las Tradiciones peruanas completas de la editorial Aguilar, libro de tapa de cuero marrón, papel cebolla, más de 1783 páginas. Él era un palmista consumado y leal, de lectura y magisterio. Virgilio Jesús era médico traumatólogo, sanmarquino, pero, sin complejos ni prejuicios, se dedicó a leer literatura, escribir crónicas y poesía, pintar cuadros, ejecutar instrumentos musicales, deleitarse con Chopin, Mozart o Beethoven y opinar con serenidad y “sin leer” en Audiencia Pública de Esteban Soriano Arrieta, su gran amigo.

El único editor de las crónicas de Virgilio López ha sido Hevert Laos; a él le confió sus crónicas completas. Todos los libros de Virgilio López tienen el sello de Biblioteca Huanuqueña o Editorial Amarilis Indiana. Según la historia literaria local, la primera crónica publicada por Virgilio, en la revista PERÚ (1987), se tituló La caña de azúcar, que luego integraría el libro Crónicas del ayer (1987) con textos también de Andrés Cloud. Es el punto de partida que culminaría con la publicación de las crónicas completas: Mis crónicas del ayer (4ta edición, 2018. Págs. 584), con prólogo de Mario Malpartida. 

Así supimos de la prodigiosa y fotográfica memoria, el sentimiento huanuqueñista, la evocación nostálgica porque “todo tiempo pasado fue mejor”, lenguaje literario y la vigencia de la crónica como género autónomo, distinto a la estampa costumbrista, la leyenda y la tradición. Ese era Virgilio López. 

En 1987 yo era un estudiante universitario muy enojado con el gobierno de Alan García. Huánuco empezaba a modernizarse, a crecer por los cuatro puntos cardinales. La faz de la ciudad y la región cambia irreversiblemente. Virgilio ha dejado como herencia literaria un manojo de crónicas memorables: “Ishaco Molero” (el Quijote que cabalga por la campiña huanuqueña), “A la gandola (embrollo por un mal entendido lingüístico en el Poder Judicial), “Bataco”, “Rupico”, “Churrias”, “Crónica de San Agustín”, “Gaucho Besada”, “Julio César”, “La Cruz Blanca”, “La Runtuca” (alcahueta huanuqueña de la estirpe de la Trotaconventos, la Celestina y Ña Catita), “La fiesta de Bermúdez” (frase que significa “asistir a una fiesta sin ser invitado y exigir generosas atenciones”), etc. ¿Cuántas crónicas más dejó escritas Virgilio López aparte de las que hemos leído?       

Grande Virgilio, inolvidable, eterno en mi memoria de lector, gratitud de amigo. Siempre que tengo necesidad de reforzar mi identidad cultural, pertenencia, de expresar mi afecto a la tierra que me vio nacer, releo las crónicas de Virgilio López que, aunque no esté en su consultorio para visitarlo y conversar, está en la memoria histórica de Huánuco; ahí está fresco, vigente, enhiesto, inmarcesible como el río Huallaga, el puente Calicanto o los tres jircas que vigilan celosamente la ciudad. Un escritor muere cuando el libro reposa en los anaqueles de una biblioteca pública o familiar; el libro de un escritor que se relee constantemente vive sin fecha de vencimiento en los lectores. Este último es el caso de Virgilio López, hasta parece que aún camina desde el Jr. Dos de Mayo hasta el Jr. Hermilio Valdizán y viceversa, saludando a la gente, con El Comercio bajo del brazo, pensando qué historia sobre Huánuco escribiría.