Por Israel Tolentino
Quién no conoce su historia está próximo a repetirla, es una frase sin escapatoria, queda tomarla en serio y seguirla al pie de la letra, al menos hoy en el día de los museos. Nuestro país, se puede decir, es un cuerpo sin cerebro memorístico, hecho y construyéndose de esa forma desde lo alto de los poderes de turno, hasta la aceptación borreguil de nosotros, el sumiso pueblo. Nadie que carece de memoria, se dará cuenta de ello, es una obviedad. La mejor forma de darnos cuenta de ese descabezamiento, es la supresión del curso de historia del Perú y si la hubo, se daba de tal manera que parecía un cuento de hadas donde algún atisbo de reflexión no se daba.
Desde que se construyó el Lugar de la Memoria (LUM) con este nombre ambiguo, ya que no cumple los estándares de lo que se requiere para ser un MUSEUM, ese espacio ha servido y sirve para poner en debate mucho de nuestra historia reciente.
Hace poco visitando el Zeitgeschichtliches Forum de Leipzig (Alemania) dedicado a la vida en Leipzig en tiempo de la ocupación rusa (RDA), era inevitable sentir la opresión provocada por el poder y de qué manera el museo cumplía una parte pedagógica donde aparte de instruirte sobre un pasado cercano, te hacia erizar la piel de gallina, en cada sala. En todo ese recorrido la palabra “libertad” hecha de metal derramada en el piso, te recordaba que nada se puede dar por descontado. Otro ejemplo cercano, el museo Judío de Berlín, espacio extraordinario, diseñado por Daniel Libeskind, arquitecto polaco, visto como un “amaru” desde el cielo, con ambientes largos y por partes en desniveles capaces de hacerte sentir la inestabilidad física y emocional. Un uso de las sombras donde sin necesidad de ver las fotografías de los caídos, uno terminaba estando como una víctima de un campo de concentración, claro, el papel del arquitecto es fundamental y los otros componentes del museo como el guion museográfico, un espacio terriblemente silencioso que te hace oír los clamores de la barbarie fundamentalista.
En México el enorme museo de antropología reúne toda la vastedad (seguro México tienen más que ofrecer) que uno, como visitante, imagina de este país. Cada paso es oro puro, no tiene pierde y descanso, un recorrido maratónico. Este museo, como la sensación en otros, sobrepasa la cuota que se pueda pagar por entrar, desde lejos superan nuestras expectativas. En contrapunto a este museo nacional está el museo Soumaya, enorme construcción contemporánea dedicada a Soumaya Domit, esposa fallecida del fundador del museo Carlos Slim Helú, un recorrido de su perímetro te cambia la concepción del museo, cada piso un alarde de cultura mexicana y universal.
Vuelvo a Lugar de la Memoria, espacio que intenta darnos y ofrecernos una memoria viva, crítica y reflexiva de lo que nos atañe como país, luego de la violencia senderista y la crisis desde el estado. Hace poco cobijó la muestra “el fuego de los niños” de Nereida Apaza, con la curaduría de Manuel Munive, exposición de una sutileza para pasarnos los dedos por las costras del pasado cercano haciéndonos decir que ello ¡nunca más! Tenemos el museo de Arte de Lima (MALI) espacio encaminado a mostrarnos un recorrido por la historia del arte nacional, considero que el trabajo curatorial va exquisitamente encaminado. Otro espacio donde se siente un panorama completo y bastante didáctico del arte peruano es el Museo Central (MUCEN), ubicado en el centro de Lima y donde se cumple a cabalidad muchas de las funciones del museo: conservación, investigación, educación, comunicación, exhibición, sociabilización, etc. Nos faltan museos, pero tenemos pocos buenos museos: El Museo de Artes y Tradiciones Populares del Instituto Riva Agüero de la Pontificia Universidad Católica, con la dirección hace poco, del museólogo de raíces huanuqueñas Luis Repetto Málaga. El Museo Qoricancha, en el Cusco, pero sobre todo uno dedicado a la cultura Chiribaya en Moquegua o a María Reiche en Nazca, así como el museo particular de Arte Moderno Gerardo Chávez en Trujillo. Dentro del patrimonio arqueológico siguen los sorprendentes museos, el del señor de Sipán, Sicán, Museo señora de Cao, todos en el norte costeño y un museo especial, el Amano fundado por el antropólogo japonés Yoshitaro Amano, dedicado a los textiles.
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Localmente, carecemos de un espacio que pueda cumplir los estándares de un Museo, pero eso no fue obstáculo para formarnos viendo el “museo” de ciencias del colegio Leoncio Prado a cargo del señor Armas, un taxidermista capaz de embelesar a cualquier joven colegial, hoy penosamente cerrado o el museo de sitio del complejo arqueológico Kotosh. Queda el espacio de la casa del héroe Leoncio Prado Gutiérrez, lugar que alberga restos arqueológicos de importantes centros regionales como parte del acervo excavado en Huánuco Pampa, así como una modesta sala dedicada al héroe. Con unas mejoras puntuales ese espacio podría ser un buen recinto de nuestra memoria, aparte de contar con un teatrín y ser un lugar espacioso para albergar a toda variedad de público.
Demás está decir de lo que no hacen las cabezas institucionales, pero como me dijo hace poco un querido amigo: “que podemos esperar del burro a cargo de la caballeriza”. Un museo puede ser un lugar de esparcimiento, seguro, más no se debe subestimar su influencia en la formación estudiantil, son los centros activos para hacer germinar la memoria crítica. ¡Necesitamos museos vivos o seguiremos eligiendo a los mismos asnos! (Amarilis, mayo 2022).

“Libertad” Zeitgeschichtliches Forum de “El fuego de los niños” de Nereida Apaza en el
Leipzig (Alemania) LUM (Lima)




