Escrito por Arlindo Luciano Guillermo
El último sábado 26 de abril, en el recinto cultural de la Dircetur, en la Plaza de Armas, se realizó el “merecido y justo homenaje” a Samuel Armando Cárdich Ampudia (Huánuco, 1947) por los impulsores culturales de la muestra Huánuco y sus primeras ediciones. Recalcó: “merecido y justo homenaje”, como lo fue para Mario Malpartida Besada, para el poeta de mayor importancia poética y trascendencia en la historia literaria de Huánuco en el siglo XX. Sin omitir ni dejar de valorar a Amarilis, Adalberto Varallanos y Graciela Briceño. Samuel Cárdich es un caso excepcional desde que en 1986 publicara Hora de silencio y Malos tiempos. Ahí empezó su producción literaria prolífica e incansable y trabajo creativo infatigable.
Según el crítico literario Manuel Baquerizo Baldeón, en los últimos años ha comenzado a sobresalir en la ciudad de Huánuco un valioso grupo de jóvenes narradores. La figura central de este movimiento literario, que opera en el interior del país, es Samuel Cárdich” (…) -como los demás- vive, escribe y padece en la misma localidad”. (Expresión Regional, 15-3-1993). Dice Ricardo González Vigil: “Poeta de acertadas imágenes, Cárdich brilla aún más como cuentista”. (El Comercio, 1987). Desde aquellas apreciaciones ha pasado mucho por debajo del puente Calicanto. Samuel Cárdich no solo es un poeta local, sino nacional, con algunos libros de poesía traducidos al portugués, italiano y croata, figura en importantes antologías. No hay ciudadano medianamente culto y lector en Huánuco que no haya leído Tres historias de amor, Malos tiempos o los poemas imperdibles “La madre” y “El hijo”; o niño o adolescentes, deleitado, por obra del plan lector y la motivación de los docentes, La casa de guayacán, La pequeña Anette o El retorno del Jinete Incógnito. Samuel Cárdich tiene en su haber literario nueve poemarios; recientemente se ha publicado Poesía reunida (2022) que contiene siete poemarios, excepto Heredar la Tierra y Lira de los colores ilustres. A eso se suman dos antologías personales: Mudanza (1999) y Agua de gotera (2016). Tres novelas, seis libros de cuentos, tres libros juveniles y siete libros infantiles. En total tiene 31 libros editados. El más famoso es Tres historias de amor, intenso y dramático De claro a oscuro, testimonial y desgarrador Blanco de hospital y La memoria del dolor, tierno y aleccionador La casa del guayacán y El retorno del Jinete Incógnito, pícaro e irreverente Tito Granito y el duende, técnico y sofisticado La muerte puede llegar mañana.
Las razones, criterios y argumentos sobran para los reconocimientos y homenajes a Samuel Cárdich. Los méritos literarios, los libros publicados, el posicionamiento editorial, los estudios críticos y el creciente interés de los lectores no le han caído del cielo. Es el resultado final de lecturas, conversión de experiencias personales en valiosas piezas de ficción, trabajo creativo infatigable, horas intensas dedicadas a la literatura, aunque no haya fortuna, pero sí la grata satisfacción de haber escrito un “buen libro” para deleite del lector.
Cuando le propuse escribir sobre él, me dijo, con la modestia de siempre, que no era un personaje público que mereciera una crónica. Reímos como dos adolescentes que recuerdan sus maldades y pecados inconfesables. Era mi trabajo final del curso Periodismo Literario con Eloy Jáuregui quien siempre me decía en clase: “Escribes mal, Lalo”. Pero ahí estoy debajo del cañón tratando de escribir lo mejor que puedo.
Llegué a su casa luego de 45 minutos de viaje en combi y con la mascarilla correctamente puesta. Charlamos largo y tendido sin interrupción ni impertinencia. En un ángulo de su sala están tres pilas de cajas (siento el olor a tinta fresca y me angustia no tener aún el libro en mis manos) que le acaba de enviar la editorial Ámbar de Lima. “Me ha llegado hoy Poesía reunida”, me dice mientras veo el contento en su rostro con barba rubia y entrecana. Soy el primero en ver el libro de tapa dura con una imagen serena y mirada al horizonte del poeta mayor de Huánuco. Es hijo de un funcionario público a quien solo vio dos veces en su vida desde lejos, a quien jamás le echó maldiciones ni abrigó resentimiento. “Estoy escribiendo un poemario, que aún no tiene título, donde está presente mi padre”, me comenta. Hablamos de poesía en la sala de su casa en Paucarbambilla, cerca al río Huallaga que pasa apacible por debajo del puente San Sebastián. El viernes 11 de marzo, en el paraninfo de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, se presentó Poesía reunida.
“En tu poesía están presentes tres mujeres vitales en tu vida que te han marcado fuertemente”, le advierto. “Son más”, me responde serio, pero de inmediato ríe. “No, son solo tres: mi tía María Arteta Falcón, mi madre Arsenia Ampudia Falcón y mi esposa Georgina Carrasco. Mi poesía está impregnada de sus atenciones y generosidades inmerecidas”, concluye. Veo que se encharcan sus ojos. Ha quedado viudo hace poco. “¿Puedes presentar mi novela Náufragos de la noche? En la quincena de marzo llega”. Lo miro y le agradezco la designación. Son las 6 de la tarde. “Antes de que te vayas, Lalo, quiero agradecerte por tu conversación, tu visita y tus generosas opiniones sobre lo que escribo”. Me dice que no hay peor castigo que tenerlo todo, pero sin alguien con quien conversar. Yo tampoco tengo con quién hablar en la casa. Solo la poesía y Chopin me acompañan.
Me despido. Tengo a buen recaudo el libro de Samuel. Llegó al paradero, tomó el colectivo y regresó a casa ansioso por leer como si tuviera hambre o sed. El viernes 18 de marzo presentamos su tercera novela. Sigo pensando que los homenajes deben darse en vida porque los muertos no oyen, ni sienten, no ven; no sonríen ni se emocionan. Soy lector contumaz de Samuel Cárdich hasta parece que quiero escribir como él. No hay mayor contento mío que escucharlo reír con ganas y aceptar que es un poeta de trascendencia.




