
Por William Cachay Ojeda
Una de aquellas mañanas en las que el sol se asoma antes de que cante el gallo, el calor te invita a buscar una de esas cosas que ha roto más hogares que una amante; y, aunque amarga, siempre te salva de las peores situaciones. Sí, una cerveza bien fría. Sobre todo si vives en los adentros de la selva.
Recuerdo ese día que, para mala suerte, el repartidor de las cervezas no había pasado por el sector de los olvidados de Dios y yo caminaba por el borde de la carretera esperado un milagro o que un camión se descarrile y haga lo suyo. Entonces llegué hasta el lugar llamado “EL PEZ CUEZON”. Me senté en un lugar con sombra. No hubo necesidad de decir que era lo que quería, mi cara tenía ya el letrero marcado en la frente. Y, ¡zas!: puesta en la mesa, la mejor cerveza que pude tomar.
El dueño del lugar me preguntó de dónde era, por qué nunca me había visto por esos lares y no tenía pinta de ser de por ahí. En efecto, le atinó. Así que empezamos una plática que se volvía más interesante cada vez.
Además del nombre del mismo claro, hubo algo que llamó poderosamente mi atención desde que ingrese: un altar con la foto de un mono, sí, un mono araña con velas y unas especies de ofrendas. Así que le hice la pregunta, entonces el hombre cambió de semblante y una lágrima furtiva se escapaba por el borde de sus ojos.
Pacheco, así fue bautizado aquel simpático animal. Era casi como un hijo para mí, continuó el señor Raúl, lo tuve desde que mis perros mataron a su madre, asé que tuve que criarlo a punta de biberón. Se adaptó rápido y creció como uno más de la familia, aunque por ser muy travieso mi hermano Ricardo lo detestaba y no perdía la oportunidad de deshacerse de él. Un día Salí a comprar al mercado que quedaba en el centro y, antes de llegar a la ciudad, nos detuvo un policía y me pidió los documentos de la moto. Todo estaba en regla. ¿Y el mono?, me preguntó. No se pídeselos a él pues, le contesté y arranque la moto alejándome lo más rápido que pude.
Luego tuve que volver porque se me había olvidado algo. Le dije a Pacheco que se quedara y se porte bien. No lo podía llevar porque seguían esos molestos policías haciendo su operativo. Entonces Ricardo espero a que yo me fuera para intentar deshacerse de él. Lo tomo de la cola y empezó a revolearlo como lazo de jinete, para lanzarlo a la piscigranja y así muera ahogado. “Ahora si te jodiste mono cabrón, no hay nadie que te vaya a defender”, le dijo y lo lanzó al centro de la piscigranja. Pacheco se hundió y mi hermano se retiró frotándose las manos, con una sonrisa de felicidad por lo acontecido. En ese momento Ricardo, escuchó unos sonidos provenientes del agua y al dar la vuelta quedó sorprendido. Era Pacheco cual nadador profesional, estilo espalda y largando chorros de agua por la boca de lo más fresco.
En otra oportunidad, tuve que viajar a la capital por salud e hice prometer a mi hermano que cuidaría bien de Pacheco, pero no fue así, con engaños subió a Pacheco al auto y lo llevó a una reserva nacional, le dejó provisiones y le dijo: “Pachequito, este es tu habitad natural, aquí estarás con los tuyos y serás feliz con alguna mona”. Mientras el animalito comía sus plátanos, aprovechó en subirse al auto, lo prendió y se alejó mientras revisaba de rato en rato el espejo retrovisor. Luego, en la ciudad se detuvo a tomar un refresco mientras se imaginaba los días de paz que venían sin aquel molesto mono. Tal vez eran los celos de la atención paternal que le daba su hermano a tan singular animal, pensé yo. En el camino, Ricardo se encontró con unos amigos y luego llegó a su casa y no podía creer lo que veían sus ojos, era Pacheco recostado sobre la hamaca, mirándolo de manera cachacienta. Ricardo dio un suspiro de resignación. Mientras se acercaba con dirección a la barra, Pacheco notó algo extraño y saltó de la hamaca agitando sus largos brazos de un lado hacia el otro de manera desesperada como advirtiendo algo, pero Ricardo pensó que eran burlas. Entonces el animal no pudo más y sin pensarlo corrió presuroso y se lanzó hacia el árbol por donde iba a pasar mi hermano y de un tirón jalo contra el suelo a una serpiente y lo hizo con tanta fuera que el reptil murió en el acto. Ricardo sorprendido por el gesto de Pacheco lo abrazó y, entre lágrimas, le pidió disculpas. No podía creer que después de todo ese mal trato que le dio, el animalito podría retribuirle de la manera más noble el arriesgar su propia vida, para salvar la suya.
Entonces llegué de viaje, continuó Raúl, y encontré a pacheco comiendo unas uvas en el regazo de mi hermano. Era algo sorprendente, pero ya luego me contó toda la historia y entendí el porqué. Para celebrar mi recuperación y el lazo afectivo que se formó entre Rodrigo y Pacheco en mi ausencia, invité a los amigos más cercanos a una reunión íntima y entre bebida y bebida, mi hermano me confesó que había enviado a Pacheco a comprar un “paquito” de coca a un vecino que vivía en frente de mi casa. Era mi dealer y ya conocía la tranza, asé que le di el dinero a mi mono y él fue a comprar el “paquito”. Cuando cruzaba la calle para regresar donde estábamos, mi vecino le grita a Pacheco que se había olvidado de darle el vuelto, sin percatarse ninguno de los dos que se acercaba un auto de esos comités que parece que quisieran romper marcas a la velocidad que manejan¾Raúl continúa su relato con la voz entrecortada¾Pacheco gira y vuelve sobre sus pasos y el auto ya no pudo frenar, golpea a mi mono con violencia y se da a la fuga. El golpe fue tan fuerte que se escuchó hasta la reunión. Salí corriendo y vi a mi Pacheco tirado en la carretera aún con vida. Me acerqué a él con lágrimas en los ojos. Me maldije y mi culpe, culpé a mi vicio. Pachequito, antes de dar su último aliento de vida, estiró su pequeña mano y yo le extendí la mía solo para abrir su pequeño puño. Me entregó con todo el amor del mundo, antes de morir, aquel “paquito” que le encargué comprarme. Y, desde aquel día, dejé de consumir y Ricardo, sí, mi hermano, le hizo este altar en agradecimiento por haberle salvado la vida y haberme dado felicidad.
Aquel día puse una vela en el altar de Pacheco y pedí más cervezas para brindar con don Raúl en honor de aquel animalito que fue más humano que cualquier persona que pude conocer hasta ahora, que supo perdonar y que será siempre recordado mientras su historia se siga contando.




