Todavía estamos a tiempo

       Jorge Farid Gabino González

 Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La designación de Rosendo Serna Román como nuevo ministro de Educación nos devuelve, aunque es todavía demasiado pronto para vislumbrar en toda su magnitud las posibilidades de concreción de nuestra esperanza, la certidumbre de que el 2022 será un año en el que la educación de los niños y jóvenes del país estará por encima de las posturas ideologizadas y los intereses subalternos y mezquinos a los que ya nos tienen acostumbrados quienes para desgracia nuestra conducen hoy las riendas del país. Ello porque quien tiene en este momento la responsabilidad de dirigir una de las carteras más sensibles y complicadas de cuantas conforman el Ejecutivo posee, y no es poco decir, dadas las características de los que lo antecedieron en el cargo en lo que va de este mediocre gobierno, dos de las principales condiciones que debe tener, a nuestro juicio, todo ministro de Educación: una reconocida trayectoria profesional (independientemente de cuál sea el ámbito en que se desempeñe) y la necesaria capacidad de gestión y concertación, que le permitan, naturalmente, conducir con acierto un despacho de las dimensiones, particularidades y trascendencia del referido.

Requisitos estos, que por muy obvios que pudieran ser, y que de hecho lo son, no han sido algo por lo que se caracterizaran sus inmediatos predecesores. Porque aún cuando las comparaciones son odiosas, y las más de las veces ayudan en escasa medida a poner las cosas en claro, resulta necesario, sin embargo, recordar cuáles fueron las constantes durante las gestiones de los exministros Juan Cadillo y Carlos Gallardo, a fin de tratar de entender, por lo menos en alguna medida, por qué pasaron sin pena ni gloria por el Minedu; y esto, asimismo, a efectos de establecer por qué es que las buenas intenciones jamás bastan, cuando de lo que se trata es de llevar adelante una gestión eficiente en el sector público, una gestión en la que, se la mire por donde se la mire, pueda advertirse diligencia en lo que concierne al logro de sus objetivos.

Así, en lo que al exministro Cadillo se refiere, si hay una palabra que parece resumir como ninguna otra su breve paso por el ministerio de Educación, esta tendría que ser la siguiente: nulidad. Que no de otra manera se puede catalogar la gestión del internacionalmente premiado maestro. Lo que no deja de sorprendernos, hay que decirlo, habida cuenta de que uno sería dado a suponer que teniendo el aludido las credenciales técnicas por las que se lo reconoce incluso fuera del país, todo indicaría que estaría en condiciones de gerenciar con eficiencia el importante cargo a él confiado. Pero no. Sabemos que no fue así. Y no lo fue porque en él se confirma eso que venimos sosteniendo aquí, y en un buen número de columnas anteriores desde hace ya cierto tiempo, que es que para dedicarse a la gestión pública no basta con poseer reconocidas credenciales académicas o técnicas, sino que es imperioso, además y sobre todo, poseer también las necesarias competencias en gestión y liderazgo, imprescindibles para afrontar con éxito la enorme responsabilidad de dirigir una cartera como la de Educación. Y queda claro que no eran estos aspectos por los que destacase con especialidad el señor Cadillo.

Por otro lado, en lo que toca al exministro Gallardo, el problema es todavía mayor. Porque aún cuando Cadillo parecía tener serias limitaciones en lo que a gestión pública y liderazgo se refiere, tenía, sin embargo, indiscutibles competencias técnicas que lo facultaban, por lo menos en teoría, para hacer un buen papel en el Minedu. Lo que no sucedía con el señor Gallardo, claro está. Porque más allá de haber sido dirigente sindical durante buena parte de su vida, quehacer para el que, como se sabe, no se precisa de grandes dotes académicas o técnicas, son escasas las cosas por las que se podría decir que existiesen motivos suficientes para presumir que su gestión fuese efectiva. ¡Y vaya que no lo fue! Pues además de haber estado empañada por la “filtración” de la evaluación de nombramiento docente, tuvo encima que lidiar con los cuestionamientos justos y legítimos surgidos a consecuencia de su negativa a defender los avances en la educación superior logrados por la Sunedu.

Comparado, como decíamos, con los antedichos, el ministro Serna tiene todas las de ganar, esto es, de hacer en el ministerio de Educación lo que ninguno de sus predecesores en la gestión de Pedro Castillo pudo lograr: gerenciar con eficiencia la cartera más complicada, después, claro está, de la de Salud. Su éxito será el de todos los peruanos. Que en las circunstancias que vivimos, casi sobra decir que, si no se toman cartas en el asunto, y lo más pronto posible, corremos el riesgo de que además de estar sufriendo ya los estragos de una economía seriamente afectada, de un sistema de Salud colapsado a causa de la pandemia, tengamos que vérnoslas también con un sector Educación insalvable. Porque, al paso que vamos, no habrá de pasar mucho tiempo para que lleguemos a un punto en el que no haya nada que hacer. Todavía estamos a tiempo.