¡NAVIDAD, FELIZ NAVIDAD!

Por Arlindo Luciano Guillermo

La Navidad ha sido feliz para unos, triste para otros, para algunos frialdad total o indiferencia consciente o, simplemente, un día cualquiera. La Navidad es fiesta familiar, regalos a manos llenas, cena opípara (infaltable pavo o lechón), reunión de presentes y la llegada desde lejos de los ausentes. También hay gente que pasará esta efemérides cristiana afligido hasta el tobillo y en soledad hasta la orfandad por la pobreza o la ingratitud. La Navidad es un imán para congregar familias y amigos. La Navidad ablanda poderosamente el corazón, afloja la billetera y se imita la actitud del buen samaritano. Días previos al 24 de diciembre se materializa la proyección social para compartir la Navidad con niños y familias con escasez económica. 

Mis recuerdos de la Navidad no son significativos, pero sí de reunión familiar en la casa del Jr. Abancay o en la de unos tíos generosos y pudientes. La modestia consistía en esperar las 12 de la noche. Nunca hicimos un pesebre, ni armamos un árbol con adornos, sino sentir simbólicamente el nacimiento de Jesús, no había regalos, pero sí espera angustiante del chocolate caliente y un trozo de panetón. Era una delicia en el paladar de mi niñez.  Eso sí, después de la misa de gallo, a la que se tenía que asistir sin murmurara. Mi madre era muy religiosa. Yo solo tuve un regalo de Navidad en mi vida: un Volkswagen verde a pilas que me obsequió mi padre. Lo cuidaba como un tesoro. Mi sapito verde (como lo llamaba) me acompañó unos meses. Un día desapareció y nunca más volví a verlo. Lo tengo en la memoria impreso como un tatuaje. Con mi sapito verde viajé por todo el Perú en un mapa político extendido sobre la mesa del comedor.

Las redes sociales han visibilizado notablemente la desbordante felicidad, algarabía y alegría de la Navidad. Basta ver las fotos donde el personaje central no es el Niño Jesús, sino la familia que festeja la Navidad. Los mensajes abundan con válida razón. Yo posteé lo siguiente: “¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!! Nacimiento de Jesús. Júbilo por la venida del Salvador. La Navidad significa unión familiar, reunión de quienes están presentes y los que llegan de lejos. Que en esta Navidad haga su reino permanente la hermandad, la amistad, la reconciliación sincera y el deseo de vivir juntos sin observar las diferencias. Nadie debe estar solo en Navidad. ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!”; además se lo envié a los amigos y familiares. Así que no desaproveché la oportunidad. Existe como una necesidad imperiosa de hacer saber (como si fuera una notificación pública) a los demás (o sea a los contactos) que estamos a full “en modo Navidad”, entonces aparecen comentarios recíprocos, buenos augurios y likes según la simpatía. Me imagino a Jesús con Facebook, Instagram o Twitter. En el muro de Valentín Sánchez Daza encontré el siguiente cartel: “Solo atendemos con doble mascarilla. No importa si eres inmune, mutante, marciano o superhumano. Hazlo por respeto a los demás”.     

La amistad también se fortalece en Navidad. Son, precisamente, a los amigos a quienes saludamos con afecto y merecida memoria. Familia y amistad son actores fundamentales en la Navidad; también hay grato recuerdo y sentida nostalgia. Muchos celebramos la Navidad, a otros solo los hemos nombrado porque ya no están entre nosotros. La COVID-19 arrebató a amigos, parientes, compañeros de trabajo, familiares cercanos y distantes. Para ellos queda la memoria. A algunos amigos nunca los volveremos a ver, otros se quedan con nosotros para abrazarnos, echarnos de menos y saludarnos. No hay que esperar el velorio para el elogio y la despedida. Acostumbro saludar a los amigos y les digo con humor: “Yo tengo memoria para los amigos, aunque ellos no tengan memoria para mí”. Se les arranca una risa cómplice y un compromiso recíproco. No importa si responden, lo relevante es haberlos saludado.          

Es la segunda Navidad conviviendo con la COVID-19, con más de 202 mil muertos, con doble mascarilla obligatoriamente, con dosis de vacuna para defendernos del virus y sus variantes, con “ciudadanos antivacunas” (su legítimo derecho) que conspiran, a veces de modo intolerante y absurdo, las estrategias sanitarias de la OMS y del Minsa, un gobierno de izquierda que se dispara a los pies y no levanta cabeza para darle un norte fijo y de reactivación al Perú. Eso no ha impedido las celebraciones por el nacimiento de Jesús, el festejo y congregación familiares ni el ritual de apertura de regalos. Nada ha sido óbice para vivenciar la Navidad como siempre. La fe es una montaña inmarcesible. No habrá cuadrillas de Negritos congestionando las calles de la ciudad, pero ahí está el nacimiento en casa. En Navidad aflora el “niño interior”; en Año Nuevo aparece el desquite y las ganas de jaranear con desenfreno. Si bien, la Navidad es consumo obsesivo, regalo ostentoso y campaña comercial, aún se mantiene la esencia: celebrar el nacimiento de Cristo, nadie se queda solo y “pasarla bien juntos”. Para los niños, Papá Noel trae regalos; para los adultos es solo un personaje gordinflón. Gabriel García Márquez decía, en Estas navidades siniestras, publicado en El País (23-12-1980): “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad”.