CRÓNICA DE UN VIAJE A REAL PLAZA

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

Sábado 16 de octubre. En Studio 5, el ingeniero agrónomo Alejandro Mendoza, desde el distrito de Yacus, habla sobre el Día Mundial de la Alimentación. Estoy seguro que él es un Juan Bautista predicando en el desierto contra el consumismo gastronómico y el fast food, pero vale gastar saliva por una causa justa. Para llegar a Real Plaza, desde donde vivo, viajo en combi durante 45 minutos, si en la carretera central no hay endiablada congestión. Mis ojos inspeccionan el paisaje de la ciudad, anoto algunos datos en una hoja de papel bond: paraderos informales para Cerro de Pasco, La Oroya o Huancayo (una dama y su hijo son rodeados por jaladores de pasajeros como si fueran a asaltarlos), transeúntes apresurados, saltimbanquis y faquires en los semáforos, un par de deportistas corren el perímetro de la laguna Viña del Río, carretillas de desayuno al paso, ambulantes que se han apoderado de las veredas (la autoridad municipal está totalmente ausente, ¿hasta cuándo?), un pugilato entre choferes y cobradores por un choque que nadie quiere reconocer. Desde Huancachupa hasta el puente San Sebastián no hay policías de tránsito ni serenazgo. Tiene razón Pedrucha Valdizán: “Si manejas en Huánuco, manejas en cualquier parte del mundo”. Así llego al centro comercial de marras. Disimulo actoralmente mi fastidio y frustración por el modo cómo he viajado. Tengo las dos mascarillas, procuro no acercarme a la gente, me inocularon las dos dosis de Pfizer.  Nada de eso importa cuando viajas en combi. Si tomo un trimóvil me cobra 7 u 8 soles; en colectivo gastaría dos pasajes de 2 soles. 

Cuando subo en el paradero solo somos 3 pasajeros. Al llegar a la altura del municipio de Pillco Marca ya somos la mitad. Al cruzar el puente Huallaga me doy cuenta que no hay asiento para uno más, pero el cobrador y el chofer llaman a más pasajeros y estos aparecen, suben y buscan su acomodo. Estamos con mascarillas, pero pegados unos a otros. El que va parado me respira en la cabeza; lo siento sensiblemente. Entonces le digo al cobrador que ya no recoja más gente; me mira, no me responde. (Seguro que me mandó a la mierda o, metafóricamente, “por un tubo”). Hubiera querido verle los gestos, pero tiene cubierto el 80% del rosto con una mascarilla que ha perdido su color original. Antes de llegar al paradero 3 de Paucarbamba, el pasadizo de la combi está repleto. Le insisto que deje de recoger más pasajeros. Una dama me apoya, pero los demás solo miran y se hacen al sueco. Escucho, detrás de la mascarilla, la frase célebre del transporte urbano: “No joda; si quiere bájese y tome otro carro”. Contengo heroicamente la respuesta como un monje budista. Un caballero, que supongo me debe conocer, me dice: “Tranquilo, compañero, a Real Plaza llega vacío”. Efectivamente, en la intersección del Jr. Independencia y la Alameda de la República somos 3 sobrevivientes del viaje. Respiro. He llegado a mi destino. Esa combi al regresar hará lo mismo, nadie le dirá nada.  Solo no vas a mover una montaña, pensé. Me pregunto quién es el responsable: ¿el chofer y el cobrador que quieren más pasajeros para tener más ganancias? o ¿los pasajeros que, sabiendo que la combi está llena, suben y se acomodan?

Luego de hacer las compras, de haberme encontrado y conversado brevemente con algunos amigos y compañeros de trabajo, emprendo caminata hasta la Plaza de Armas. Veo que el Galeón ya no se llama así, sino el Córner; igual: ahí me reuniré con los amigos pronto. Tomo un colectivo. Demoraré unos otros 40 minutos porque es hora punta. Estoy sereno, solo vamos 4: el chofer y 3 pasajeros. Las combis seguirán repletas. ¿Alguien controla el aforo en los vehículos de transporte urbano? Al bajar pisé el borde liso de la cuneta y, en un abrir y cerrar de ojos, me sumergí, como una piedra en el agua, al fondo fangoso. El chofer se ríe, lo constato en sus ojos achinados. Con esfuerzo personal logró salir. No hay un buen samaritano que me dé la mano. Tengo la rodilla izquierda rasmillada y morada., Ahora viene el ascenso (mismo viacrucis de Cristo al Gólgota) de una calle empinada (45 grados de pendiente), que causa fatiga y sudoración; más arriba, en la Avenida Juan Velasco, una excavadora remueve tierra para ejecutar la pavimentación. Sin duda, por ahí pronto circulará una línea de colectivos y caminaré menos; además, descongestionará la carretera central. Ahora falta echarle una mirada de impacto vehicular al malecón Walker Soberón, a orillas del río Huallaga, que empieza en Huancachupa y llega hasta el puente Huallaga, abierta durante la gestión del ingeniero Rubén Alva, el desprendimiento de los vecinos y la abogacía de John Apolinario.

Llegó a casa al fin. Ingresó exhausto y me dirijo al breve patio donde me espera una hilera de plantas ornamentales donde respiro aire impoluto. Dejo las almohadas esponjosas y los víveres para la semana sobre la mesa; los desinfecto con una llovizna de alcohol. Estoy con las dos dosis, pero no bajo la guardia. Me desvisto como un estríper amateur: la ropa al cesto y directamente a la ducha. Antes de acomodar las compras tengo tres hallazgos notables: la plancha que creí perdida en la última mudanza (espero que no haya más) de hace unos meses, un cuarto de papel bond (eso que convertimos en fichas de estudio) donde había esbozado unos versos: “Por la ventana de tu locura /  al amanecer  /  volaron tus sueños  / detrás de una rosa”) y un  billete de 100 soles que seguramente dejé entre los libros de la biblioteca familiar. El dolor y el ardor de la rodilla han desaparecido. Son casi las 13 horas. Hora de preparar el almuerzo. Es el Día Mundial  de la Alimentación: una porción moderada de frejol canario, aceite de oliva, pepinillo, dos tomates, limón y medio litro de agua.