EL TOTORAL Y TUCUHUAGANAN

Acabo de confirmar que el gran totoral de Huachog es más antiguo que yo, más antiguo que mi padre, más antiguo que mi tío Demetrio (colpino nato y neto que vivió y murió por esos parajes), más antiguo que don Clodomiro Benedetti (verdadero huanuqueño quien donó su terreno para que se abriera el flamante aeropuerto huanuqueño); e incluso, más antiguo que doña Luzmila Templo y Jorge y Espinoza juntos, pues esa hermosa formación natural supera la barrera de los tiempos y su antigüedad se pierde en la noche de los siglos cuando Huánuco, tal vez, era una simple referencia de los viejos pillcos
Y sobre todo, el totoral de Huachog, está comprobado, es más antiguo que toda esa sarta de “funcionarios” arribistas, corruptos y oportunistas que desde el Ministerio de Agricultura, el Gobierno Regional y otras instancias, están avalando con su silencio, su pasividad o maquiavelismo burocrático la leguleyada para que el gran totoral desaparezca prontamente bajo la impunidad cómplice de la ambicia.
La referencia más vieja que guarda mi memoria sobre el gran totoral se remonta a mis lejanos seis o siete años cuando, en mi condición de hijo varón único, tuve que acompañar a mi padre en lo que debió ser un largo viaje hacia Pagshag, pueblito perdido en las altas estribaciones al norte de la ciudad, siguiendo una carreterita de cabras que partiendo de la última cuadra de Huallayco, se extendía entre curvas y vaivenes polvorientos hacia Colpa Baja, Huachog, Conchumayo, Jecca, Cascay, Tambogán, y más allá, trepando siempre esas montañas cubiertas de nubes grises anunciando el aguacero.
Pasando nomás el aeropuerto, la carreterita seguía su ruta que imponía (impone aún) la base del gran cerro Padregaga, y a unos cuantos minutos, al borde derecho de la vía, se levantaba una pequeña y muy humilde capilla (cuyos vestigios todavía pueden verse ahora), y unos cientos de metros más allá comenzaba ese territorio enigmático que los viejos pobladores de la zona lo conocían simplemente con el nombre de El Totoral.
Era (es) una enorme área inundable de varias hectáreas, impenetrable y fangosa para los humanos, pero hábitat único e incomparable para muchos mamíferos, aves y serpientes de toda laya (mi primo Nicolás Garay, muy a su estilo, exageraba cuando nos contaba que allí vivía una enrome boa que devoraba a todos los colpinos y huachocinos que, borrachos de tanto aguardiente, se perdían entre esos juncos) y que, de desaparecer el totoral, desaparecerían también para siempre esos animales que allí viven desde que el mundo abrió la luz de sus ojos.
Y más allá, donde termina ese territorio incógnito lleno de totoras; donde el río Huallaga dibuja una curva pronunciada y se estrella con la base del cerro, allí nomás está Tucuhuaganan (donde canta o llora la lechuza), estrecho y temible recodo, territorio de pishtacos, donde los viajeros, antes de pasar, tenían que murmurar sus oraciones secretas para conjurar al enemigo silencioso e invisible que les esperaba, presto, para degollarlos y convertirlos en fino y carísimo aceite.
En mi memoria, entonces, están íntimamente relacionados esos dos espacios: el misterio de el gran totoral, enclave eternamente fangoso e inundado, como antesala de otro espacio tan misterioso como temible: el estrecho Tucuhuaganan, donde cualquiera y sin previo aviso ni merecimiento podía morir degollado por la filuda e invisible daga del imaginario pishtaco.
Pero el que va a morir ahora, si no hacemos nada, es el incomparable paisaje y hábitat de animales únicos y eternos del gran totoral.
Porque resulta que ahora, ese enorme espacio verde que formó pacientemente la madre naturaleza a través de los siglos tiene un dueño (con papeles firmados y sellados, seguramente). Y porque a ese supuesto dueño y a otros indolentes se les ha ocurrido la genial idea de rellenar con desmonte citadino la hondonada inundable y enterrar para siempre esos totorales que superan en años a todos los apáticos y blandengues de Huachog, Colpa Baja y Huánuco en general.
Porque resulta que ahora a nadie (menos a los ignaros y negligentes del Ministerio de Agricultura y otras instancias) les importa un maldito totoral, si de por medio puede estar la coima y el enriquecimiento ilícitos.
Cuánto daría para que esos gárrulos y cínicos que firmaron papeles cediendo los totorales se convirtieran en lechuzas, tucus, mucas, zorros, patos salvajes, zorzales, garzas o ratones, para que sintieran en carne viva cuánta falta puede hacerles ese indomable territorio que es su casa. Así es, los auténticos dueños del totoral son esos animales inocentes que convirtieron a esos parajes en su verdadera y única patria. Nosotros somos los invasores, los hijos de nuestra madre que estamos rellenando con desmonte luego de apropiarnos con triquiñuelas de tinterillo uno de los más bellos enclaves naturales de este valle que deberíamos conservarlo para que también puedan contemplarlos, con sus propios ojos, los hijos de nuestros hijos.