
Escrito por: Jacobo Ramírez Mayz
Mi amigo Luis Mozombite, imitando al doctor Chapatín, o quizá imitando la imitación que el doctor Chapatín solía hacer de él, suele decir «¡Qué coshitas!», cada vez que sucede algo. Hoy les contaré una coshita que experimenté y otra que mis ojos, que no se comerán los gusanos, vio.
PRIMERO: tuve que hacer un pago en el Banco de la Nación, y cuando llegué a eso de las 10 y 30 de la mañana, vi una pequeña cola. Me emocioné pensando que ese suplicio de estar parado iba a terminar rápido, y me ubiqué al final, detrás de una señora bajita, que parecía una astronauta por todo el equipo de seguridad que llevaba puesto. El tiempo comenzó a pasar y, para no aburrirme, saqué mi celular y me puse a chatear y wasapear con algunos amigos y amigas. Daba el paso de metro y medio cada 20 minutos, aproximadamente; pero, como la conversación estaba muy amena, no me di cuenta del tiempo. El caso es que, cuando un amigo me dijo que ya se iba a almorzar, observé el reloj y eran ya las 12 y 30, y todavía no llegaba ni a la puerta del cajero. Estiré mi pescuezo queriendo contar cuántos faltaban para llegar a la puerta, y solo había seis personas. Di la vuelta y la cola llegaba hasta la esquina de Dámaso Beraún. Entonces me puse a revisar los muros e historiales de las personas que conozco y, después de poner deditos, corazoncitos, caritas renegonas o sonrientes, llegué hasta la puerta de ingreso. El guachimán, con cara de Keiko Fujimori después de haber perdido las elecciones por tercera vez, me pide que me saque la gorrita, me echa alcohol en las manos e ingreso. Hay cuatro personas delante de mí, me paro detrás de la astronauta o extraterrestre y observo las ventanillas. Las cuento: hay doce. Pero solo en una hay una señorita que atiende. La astronauta da la vuelta y me dice: «Eso es la razón por la cual no avanza la cola, tantas ventanillas y una sola persona atendiendo, tenía que ser una entidad de la nación».
«Debe de ser por la hora del almuerzo», le respondo, «¡Qué almuerzo ni qué ocho cuartos! Estos son unos vagos y creen que nosotros tenemos todo el tiempo». Pido paciencia al destino, saco mi celular: son las 13 horas. Mi barriga comienza a sonar, tenía hambre. Finalmente, a las 13:40 me atiende la señorita, después de tres horas con diez minutos de estar parado echo un wevas, sólo por cumplir con el pago que debía de hacer. Mientras camino a mi casa, me pregunto: ¿Alguna vez cambiará este sistema de atención en muchas entidades del Estado?
SEGUNDO: vi en las redes sociales que el alcalde de Huánuco, que por fin dio signos de existencia, está parado delante de un camión, al cual un poco más y lo convertían en carro alegórico; carro que tiene en su carga la tan esperada planta de oxígeno que ayudará a menguar en algo el problema de la pandemia que estamos viviendo. Una persona comentó por las redes sociales que aquello él lo había sugerido hace un año aproximadamente a uno de los tantos integrantes que tiene el gobierno municipal, y que después de ese tiempo, por fin lo estaban haciendo realidad. Ahora que ya está bien bendecido, y que están tocando bombos y platillos por su adquisición, me pongo a pensar, como siempre mal, si funcionará cuando comience la tan mentada tercera ola de esta pandemia, o si tendremos que esperar la cuarta o quinta ola para verla funcionando, o quizá cuando ya todos estemos vacunados. Porque, si para hacer un pago en una entidad nacional nos demoramos tres horas; y, para la adquisición de esa planta de oxígeno, un año; ¿Cuánto tiempo esperaremos para ver funcionando el susodicho armatoste?
Después de ver esto, y mientras me voy a mi casa de Las Pampas, me digo a mí mismo: «Te quejas de haber hecho cola tres horas, y hay tanta gente que está esperando más de un año la instalación de esta planta de oxígeno, y hasta algunos que ya no pueden ni quejarse, porque partieron a la gloria del Señor. ¡Apóstata tenías que ser!».
Las Pampas, 17 de junio de 2021




