La nueva dictadura

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 Cuando en la década del noventa el fujimorismo hacía con el país lo que le daba literalmente su puta gana, y las principales instituciones del Estado habían caído, inexorables, en las sucias garras del tirano y compañía, los peruanos que tuvimos el infortunio de experimentar en carne propia las bellaquerías que cometía a diario la dictadura, a vista y paciencia de cuantos tuvieran dos dedos de frente para notarlo, fuimos testigos “privilegiados” de una de las etapas más repelentes, más repugnantes, más repulsivas, por las que haya podido atravesar jamás la prensa en el Perú.

Una etapa en la que la casi totalidad de medios de prensa escrita, radial y televisiva existente en el país no tenía ningún reparo en atacar al unísono, y con uñas y dientes si así lo establecía la consigna, a cuantos hubiesen hecho algún tipo de “mérito” para convertirse en los enemigos de turno de la dictadura. Individuos, estos, que por lo general solían dividirse en dos grandes grupos, según el ángulo desde donde lanzaran el ataque: los que por su ideología de izquierda eran sindicados en el acto como terroristas (casi siempre sin serlo); y los que por su ideología de derecha eran señalados sin mayor trámite como poco menos que traidores a la patria (léase, por ejemplo, Vargas Llosa).

Así, viniesen de donde viniesen, los cuestionamientos a lo que hacía o dejaba de hacer la dictadura fujimorista no solo eran silenciados en el acto por esa prensa servil y corrupta que en circunstancias normales debería haber sido la primera en denunciarlo, pero que contrariamente a ello prefería dedicar sus titulares a vampiros que resucitan, a vírgenes que lloran y a cuantas sandeces de ese jaez uno se pudiera imaginar, sino que además, en los casos en que alguna denuncia lograba salir finalmente a la luz gracias al coraje de aquellos pocos medios que jamás permitieron la compra de sus conciencias, procedían a la descalificación inmediata de quien osaba poner en tela de juicio el accionar del tirano, para lo que, naturalmente, no escatimaban esfuerzos al momento de enmierdar el buen nombre del arrojado.

Era así cómo se conducía un amplio sector de la prensa a lo largo de la década del noventa. Por lo que no ha de extrañar a nadie que, durante las elecciones de 2000, en las que como se recuerda Alberto Fujimori buscaba seguir perpetrándose en el poder, aquella que a los ojos del mundo lo presentaría, sin embargo, como un verdadero tirano, como el dictador irrespetuoso de la independencia de poderes y del estado de derecho que en verdad era, los niveles de infamia a que llegó gran parte de la prensa peruana hayan sido de total y completo vértigo. Lo supo mejor que nadie, por ejemplo, el exalcalde de Lima Alberto Andrade, que tuvo que soportar la, a todas luces injusta, andanada de improperios, calumnias y vejámenes con que la prensa fujimontesinista buscó mellar su candidatura a la presidencia en favor de la del dictador de marras.

Lo preocupante del caso no es, con todo, el que lo antedicho haya sucedido en el contexto de dictadura del que se habla, que como se sabe se caracterizó por la instauración de un clima de corrupción generalizada que llegó a afectar a la casi totalidad de instituciones del Estado. Lo preocupante del caso es, sobre todo, el hecho de que aquello que en la década del noventa era, como se dijo, el pan de cada día en lo que concierne a la manera de actuar de un gran sector de nuestra prensa, eso que de ninguna manera debería volver a ocurrir si los peruanos tuviéramos realmente memoria, estuviese, no obstante, volviendo a suceder, y esto sin que nadie, o casi nadie, se atreviera a denunciar públicamente las prácticas mafiosas en que claramente ha incurrido dicha prensa durante la pasada campaña presidencial.

Pues, acaudillados bajo el mando del diario más poderoso del país, los principales medios de prensa del Perú no han tenido inconveniente alguno en inclinarse descaradamente por la candidatura de la señora Keiko Fujimori, en perjuicio, desde luego, de la del señor Pedro Castillo (que podrá ser todo lo impresentable que se quiera, pero que de ninguna manera tuvo un trato justo de parte de los medios). Llegando a extremos deleznables en lo que concierne a desinformar a la población respecto de lo que en verdad acontecía en las calles; en lo que toca a coaccionar a los periodistas para que se parcialicen por la candidata de Fuerza Popular; en lo que implica el querer vernos la cara de imbéciles a todos los peruanos.

¿Estaremos, acaso, ante el retorno de la prensa basura, de esa prensa inmunda que durante la dictadura fujimorista hizo tanto daño al país como el que es capaz de causar el periodismo cuando se somete al poder político? Todo hace indicar que sí. Solo que ahora la tiranía proviene no ya del poder político sino del poder económico: la nueva dictadura. La renuncia masiva de periodistas, cansados de las presiones por coaccionar su independencia, es una clara alerta de lo que se estaría gestando. ¿Tendremos el buen juicio de no permitir que nos pase nuevamente?