Pedro Castillo tras primeros resultados de ONPE: “Hay que tener fe en el pueblo”

Cuando es peor el remedio que la enfermedad

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 Seamos objetivos. Pedro Castillo está ya a un paso de convertirse en el nuevo presidente del Perú, y lo está por culpa de nadie más y nadie menos que de la arrogante derecha peruana. Esa anquilosada y recalcitrante derecha limeña que durante los últimos treinta años ha tenido a su cargo la conducción de los destinos del país, y a la que en esencia le ha preocupado básicamente atender sus propios intereses económicos, esto es, los de los grupos de poder a que de ordinario representa, importándole poco o nada las deplorables condiciones en las que malvivían millones de personas en los distritos más pobres de la capital y en las provincias más olvidadas del interior del país, individuos, estos, de los llamados de “tercera clase” por el sector más deleznable de la derecha, para los que, naturalmente, el tan mentado crecimiento económico jamás pasó de ser un mero espejismo, una burda y grosera quimera.

Esa derecha prepotente, a la que habrá de considerar de ahora en adelante como la primera y fundamental responsable de lo que pueda suceder con el país en los próximos meses, no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, y ese es un hecho. Lo que se ha traducido, lo que viene traduciéndose, en el desmesurado respaldo ofrecido por la población a la candidatura del señor Pedro Castillo en las elecciones del pasado domingo. Pues ya sea que se deba a que la gente haya estado convencida de que el candidato de Perú Libre era el más indicado para asumir la difícil tarea de gobernar este país; que votara por él porque le resultaba el menos malo en comparación con la impresentable de Keiko Fujimori; o que, simple y llanamente, le diera su confianza movida por el muy peruano gusto de joder; lo cierto es que la altísima votación obtenida por Castillo no hace más que reflejar el enorme grado de desazón, de frustración, de desasosiego, que durante décadas se había ido acumulando en ese sector de la población que finalmente encontró la manera de hacerse escuchar.

Lástima que esa voz que ahora dice ser la suya, la dizque voz del pueblo, en el fondo se perfile como cualquier cosa menos como lo que afirma ser. Ello habida cuenta de que salta a la vista que la comitiva de granujas que en un alto número se escudan detrás de la figura del señor Pedro Castillo, y que son los que a fin de cuentas llevan las riendas del partido Perú Libre, tienen en realidad el único y fundamental objetivo de llevar a efecto ese rosario de necedades en materia económica que vienen empeñados en echar a andar apenas asuman el gobierno, importándoles realmente poco lo que la gente, cuya representación ahora se arrogan pudiera desear.

De modo que si quienes confiaron su voto al señor Castillo creen que lo que se nos viene es poco menos que el paraíso en la Tierra, pues engañados están. ¡Y en qué medida! Porque en el supuesto muy probable de que el candidato de Perú Libre acabe finalmente convirtiéndose en nuestro “flamante” presidente del Bicentenario, existen altísimas probabilidades de que cumpla con muchas de las insensateces que prometió hacer durante la campaña, con lo que lejos de pasar a vivir en esa sociedad idílica en la que ya no existan los pobres, y que dicen que será la nuestra a partir del 28 de julio, lo que sucederá más bien es que nos convertiremos en un país mucho peor del que ya somos, en un país en el que la pobreza, lejos de desaparecer, lo que hará por el contrario será incrementarse. Lo que en el contexto de pandemia que actualmente vivimos será, ¿hace falta decirlo?, lo peor que nos podría haber pasado.

Pero qué se le hace, si nuestra suerte parece estar ya echada. Y es que todo apunta a que el tiro nos saldrá, como quien dice, por la culata. Le diremos un “hasta aquí nomás” a la derecha, sí, pero a quienes pondremos en su reemplazo nos dejarán peor de lo que ya estábamos. Y no, claro, porque uno lo diga, que a fin de cuentas nuestra opinión es lo que menos importa, sino sobre todo porque cuantas cosas han pregonado desde el primer día en que iniciaron su campaña, nos llevan a tener la seguridad de que se nos avecinan tiempos verdaderamente difíciles. Cambiaremos mocos por babas, y seremos, contra lo que jamás hubiéramos querido desear, un país todavía más polarizado, un país en el que en lugar de que se reparta la riqueza, que sería lo normal, lo que se repartirá será la pobreza. Y de esta, como sabemos, tenemos en nuestro país para dar y tomar.

Qué es lo que pasa cuando es peor el remedio que la enfermedad. Cuando por querer que las cosas cambien para mejor, lo que terminamos haciendo más bien es hundirnos aún más en nuestras propias miserias. Queda en nosotros, en todos nosotros, luchar porque los estragos que ya se avizoran nos hagan el menor daño posible.